sábado, 23 marzo 2019

Guardianes del vino

El guardián del vino era un personaje muy presente en la Edad Media, cuya tarea era proteger las viñas. Javier Ochoa suele hablar de él cuando muestra orgulloso su bodega en Olite. Ahora ya está jubilado, pero tanto él como su esposa Mariví han dejado su sueño en buenas manos, las de sus hijas, Adriana y Beatriz, que muestran el mismo entusiasmo que sus padres al recorrer las amplias extensiones donde nacen sus vinos y aceites.

Miguel Suárez del Cerro
Olite (Navarra) - 2 marzo, 2019

En las Bodegas Ochoa tradición e innovación se unen para continuar con el legado de la familia.

En las Bodegas Ochoa tradición e innovación se unen para continuar con el legado de la familia.

Para que un negocio se mantenga en el tiempo requiere una evolución constante que solo se puede conseguir con amor por el trabajo y apostando de forma clara por la innovación. En Bodegas Ochoa descubrimos una extraordinaria capacidad para adaptarse al cambio a lo largo de generaciones, como bien lo explican sus actuales responsables, Beatriz y Adriana Ochoa: “Somos una bodega familiar, la tradición nos viene de lejos, pero también la innovación”. Su padre fue el autor del “primer I+D de España en una bodega, en 1994”, añaden, y desde entonces no han parado.

Cuando estas hermanas se hicieron cargo de la bodega, uno de sus principales retos fue ser capaces de “transmitir el cambio de generación” en una empresa con “mucha gente joven” y también “joven de espíritu”. Parte de este reto es la necesidad de conocer lo mejor posible el viñedo para cuidarlo y al mismo tiempo obtener lo mejor de él. Por eso sembraron sus propuestas de cambio en la bodega para que germinaran hasta conseguir “un viñedo en cultivo ecológico”. Todas sus uvas tintas y olivos cuentan ya con la certificación, y esperan que pronto lleguen las uvas blancas. Este será “un cambio muy grande e ilusionante”.

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Las hermanas Adriana y Beatriz Ochoa gestionan la bodega con una compenetración total.

La apuesta por lo ecológico se entiende en la expresión emocionada de Adriana, enólogo de la bodega, mientras relata cómo han conseguido llegar hasta este punto: “Se trata de tratar menos y tratar mejor”. Es un “movimiento necesario” que pone el foco en la “calidad” en vez de en la cantidad. En este camino hacia el objetivo ecológico ha jugado un papel muy importante el conocimiento del suelo, “buscar las peculiaridades de cada parcela”, y el respeto por la biodiversidad, velando por un equilibrio de todas las especies, abejas, otros insectos, plantas y hasta cernícalos.

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Todo esto puede comprobar, disfrutar y respirar al pasear por sus terrenos en Traibuenas, donde se ubican 125 de las 145 hectáreas que forman el total de sus tierras. “Son suelos muy pedregosos, muy filtrantes, que no se encharcan”, características presentes en “todas las partes del viñedo, ya sea en una altura o en otra”, describe Adriana. Allí las viñas no están solas. Hace años tenían ‘un terreno’ y no necesitaban “plantar más viña” por lo que optaron por plantar “un cultivo de olivo en intensivo”, y “los resultados fueron maravillosos”. En 2018 han plantado 25 hectáreas más.

Al llegar a su bodega en Olite, tras disfrutar del incomparable paisaje que la familia Ochoa ha construido, nos encontramos con la otra parte de todo este trabajo, donde creatividad y conocimiento se dan la mano para que Adriana pueda crear con libertad esos nuevos vinos que degustar y distribuir por todo el mundo.

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Siempre han tenido puesta la mirada en la internacionalización, un aspecto esencial en un mundo globalizado, que gestiona Beatriz día a día acudiendo a ferias y “realizando misiones inversas”, en las que invitan a clientes profesionales a visitar sus instalaciones. “Esta última es la mejor de las inversiones”, reconoce Beatriz. Además, también han sabido aprovechar las oportunidades que ofrecen las redes sociales, utilizando esta herramienta para “estar más y mejor conectado, mostrar productos, resolver dudas y dar a conocer nuestro día a día en directo, generando confianza en el consumidor”, señala.

Pero sus bodegas no solo están abiertas a clientes internacionales, cualquier persona con interés por el mundo del vino y por comprender el complejo proceso que supone su creación está invitado a descubrir Ochoa y sus sabores. Gracias al enoturismo, cualquiera “puede conocernos de primera mano”, y esto pasa por abrir “las bodegas para visitas guiadas todos los días de la semana” y organizar “tres eventos al año, enfocados a los amantes del vino, a las familias y a todo aquel que quiera acercarse”.

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Quien se anime a visitarles en su casa podrán encontrarse con la propuesta más personal: desde un vino blanco elaborado con las variedades viognier y viura inspirado en ellas mismas, hasta un tinto crianza amable, directo y positivo para compartir con los amigos. Rodeada de los depósitos en los que reposa el vino, Adriana cuenta cómo creo este vino inspirándose en una fotografía de 1938, en la que su abuelo Adriano y su tío Javier posan acompañados de su cuadrilla. En realidad, en cada espacio de la bodega Adriana tiene una historia que contar de cada vino, especialmente cuando está rodeada de“más de 200.000 botellas que esperan a estar listas para ser consumidas” y de fotografías realizadas por su padre que inmortalizan los rincones más especiales de Olite.

“Ser profeta en tu tierra es complicado pero no imposible”. Con esta idea describen las hermanas al unísono una de las metas más complejas a las que se enfrentan ahora mismo, un reto que sin duda conseguirán gracias a su optimismo y trabajo. El reciente reconocimiento por su Ochoa Moscatel 2017 como mejor vino de Navarra blanco dulce, recibido de mano de la D.O. de Vinos de Navarra, les impulsa para continuar con el legado de la familia.

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