Hay bodegas que se explican desde una botella. Otras, desde una etiqueta. Bodega Inurrieta se entiende mejor desde el paisaje. Desde ese paraje de Falces donde la viña rodea la bodega, donde el río Arga atraviesa el valle y donde la familia Antoñana decidió levantar un proyecto que mira al futuro sin perder de vista sus raíces.
Inurrieta no nació como una idea improvisada. Antes de construir la bodega, se plantó la viña. Antes de hablar de vinos, se pensó en el suelo, en las alturas, en las orientaciones y en las variedades que mejor podían expresar este rincón de la Ribera Alta de Navarra. Esa decisión inicial sigue explicando hoy buena parte de su personalidad.
UNA HISTORIA QUE NACE DE LA FAMILIA
El nombre de Inurrieta remite a unas tierras vinculadas a la familia Antoñana desde hace generaciones. Un paraje donde sus antepasados ya cultivaban viña casi un siglo atrás y que hoy da nombre a una bodega moderna, familiar y profundamente unida a su origen.

La familia Antoñana ha construido un proyecto vitivinícola basado en la viña propia.
Esa memoria familiar no se presenta como un gesto nostálgico, sino como una forma de continuidad. Inurrieta nace de una historia heredada, pero también de una voluntad muy clara de construir algo nuevo: «una bodega preparada para competir, exportar y elaborar vinos con personalidad propia».
EL VALOR DE LA VIÑA PROPIA
Uno de los grandes rasgos diferenciales de Bodega Inurrieta es su apuesta por el viñedo propio. Sus 275 hectáreas rodean las instalaciones y «permiten trabajar con un control muy directo de la uva, desde la poda hasta la vendimia». «Ese modelo da coherencia al proyecto. Cada vino nace de parcelas conocidas, de suelos concretos y de una observación constante del campo. La cercanía entre viña y bodega permite vendimiar en el momento adecuado y preservar la calidad de la uva desde el primer instante. En Inurrieta, la viña no es un complemento del discurso. Es el centro. Todo parte de ahí», apuntan desde la firma.
UN PARAJE NAVARRO CON PERSONALIDAD
La bodega se encuentra en un microvalle atravesado por el río Arga, en plena Ribera Alta de Navarra. Allí conviven diferentes alturas, orientaciones y tipos de suelo, una diversidad que «permite cultivar variedades muy distintas y elaborar vinos de perfiles variados».

La bodega posee 275 hectáreas de viñedos, que «permiten trabajar con un control muy directo de la uva».
Sauvignon Blanc, Garnacha Blanca, Garnacha Tinta, Graciano, Syrah, Cabernet Sauvignon o Merlot forman parte de un paisaje vitícola amplio, trabajado con una idea común: que cada vino tenga carácter, equilibrio y una identidad reconocible: «La finca ofrece frescura, amplitud térmica y una gran riqueza de matices. Y eso se percibe en vinos que van desde blancos aromáticos y precisos hasta tintos de mayor estructura, pasando por rosados luminosos y referencias más singulares».
VINOS CON NOMBRE PROPIO
La gama de Bodega Inurrieta refleja esa diversidad del viñedo. Orchídea muestra la expresión más fresca y aromática del Sauvignon Blanc. Orchídea Cuvée lleva esa misma variedad hacia una interpretación más compleja y elegante. E Intacta propone «un perfil más ligero, fresco y amable, pensado para disfrutar en momentos desenfadados».

La gama de Inurrieta combina blancos, rosados y tintos con perfiles muy distintos, pero nacidos de una misma filosofía.
En rosados, Mediodía conecta con la tradición del rosado navarro, mientras que Coral propone una versión más delicada, actual y seductora. Y, entre los tintos, Cuatrocientos, Norte, Sur, Puro Vicio, Laderas, Mimao y Altos de Inurrieta componen una familia de vinos con estilos muy distintos, pero unidos por una misma forma de trabajar: «precisión en la elaboración, respeto por la uva y búsqueda de personalidad».
Mimao, por ejemplo, resume muy bien esa filosofía. «Es el vino más mimado de la bodega, trabajado con bâtonnage manual, una técnica que aporta textura, volumen y complejidad. Altos de Inurrieta, por su parte, se ha consolidado como uno de los grandes emblemas de la casa», detallan desde la bodega.
MODERNIDAD SIN PERDER RAÍZ
Bodega Inurrieta es «moderna, pero no fría». Sus instalaciones responden «a una forma actual de entender la elaboración, con tecnología, control y capacidad para trabajar cada vino con precisión». Pero detrás de esa estructura permanece una idea sencilla: cuidar la uva, respetar el origen y elaborar vinos que puedan hablar por sí mismos.

La bodega de Falces se ha consolidado «como uno de los proyectos más reconocibles del vino navarro».
«La bodega ha sabido crecer sin perder cercanía, mantener una imagen cuidada y adaptada a los tiempos, y proyectarse más allá de Navarra con una clara vocación exportadora. Ese equilibrio entre raíz familiar y mirada internacional es una de las claves del proyecto. Inurrieta no se limita a elaborar vinos de Navarra; quiere que esos vinos viajen, compitan y se entiendan en distintos mercados, sin renunciar a aquello que los hace reconocibles», agrega la empresa.
UNA BODEGA QUE MIRA AL FUTURO

Mimao se trabaja con ‘bâtonnage’ manual, una técnica que aporta textura, volumen y complejidad.
Más de dos décadas después de sus primeros pasos, Bodega Inurrieta se ha consolidado «como uno de los proyectos más reconocibles del vino navarro». Lo ha hecho desde la viña propia, desde la constancia y «desde una identidad muy definida»: «Su historia habla de familia, de tierra y de una forma de trabajar que no busca atajos. Habla también de Navarra, de un paraje concreto y de una bodega que ha sabido encontrar su lugar sin necesidad de imitar a nadie».
Quizá por eso, Inurrieta resulta tan fácil de entender. Porque todo está cerca: la viña, la bodega, el origen y la copa. Y porque, al final, sus vinos cuentan una historia que empieza mucho antes de servirse.
Cada vino de Inurrieta nace de una misma idea: viña propia, origen familiar y vocación de futuro.










