Chema Olazábal estuvo a punto de dejar el golf en 1995. Apenas podía caminar debido a un intenso dolor en los pies. Pasaba la mayor parte del tiempo en casa y se sentía cada vez más alejado del campo. Lo más desconcertante era que, apenas unos meses, antes se había enfundado la chaqueta verde del Masters de Augusta.
Durante meses buscó respuestas en consultas médicas de distintos puntos de Europa y Estados Unidos. Sin embargo, los tratamientos no lograban frenar el deterioro físico que amenazaba con poner fin a su carrera. Pero la situación cambió cuando se puso en manos de un especialista que trabajaba con deportistas de élite, como jugadores del Bayern de Múnich y pilotos de Fórmula 1. «Le visité varias veces y empecé a encontrarme mejor. No había garantías de volver al 100 %, pero había que dar pasos poco a poco, ponerse a prueba y evaluar la progresión», recuerda. Aquel proceso le brindó una lección que hoy aplica dentro y fuera del deporte: confiar en el trabajo diario incluso cuando los resultados no son inmediatos.
Cuatro años después de tocar fondo, Olazábal volvió a vestirse la famosa prenda verde de Augusta. «La victoria de 1999 siempre tendrá un significado especial para mí», confiesa a Navarra Capital. Esa confianza en el proceso, la capacidad de sobreponerse a la adversidad y la importancia de rodearse de un buen equipo fueron algunas de las reflexiones que compartió este lunes ante un nutrido grupo de directivos y empresarios en un encuentro organizado por Fundación Industrial Navarra (FIN) en La Fiinca.
Además, concedió una entrevista a Navarra Capital para trazar una serie de paralelismos y elementos comunes entre el golf, que sigue practicando de forma profesional a sus 60 años, y el mundo de la empresa. «Un buen empresario tiene que saber escuchar, motivar y tocar los hilos justos para sacar lo mejor de cada trabajador y persona. Nadie nace sabiendo ser líder. Es un proceso largo que se construye gracias a las experiencias que vivimos. Y se aprende más de las malas que de las buenas. Los errores que cometemos nos preparan mejor para el futuro», defiende Olazábal.
Se define como «modesto y humilde», aunque admite que de joven era «inconsciente». «Quería las cosas para ayer y no aceptaba que se puede fallar y no conseguir el objetivo. El golf te enseña muchas cosas. Por ejemplo, que no hay atajos en la vida. Tampoco en el mundo de la empresa. Existen normas y pautas que debemos seguir para llegar a lo más alto», sostiene.
LA RECETA DEL ÉXITO
De cara a alcanzar los objetivos, Olazábal incide en la importancia de rodearse de un equipo competente. «Hay muchas similitudes entre un equipo de golf y una empresa. En ambas tienes personalidades diferentes. Y el error más común que puede cometer un líder es imponer su criterio propio. Hay que saber escuchar y estudiar diferentes posibilidades. El éxito es la consecuencia de tener un buen equipo que te apoye», señala para evocar acto seguido su experiencia como capitán del equipo europeo que logró una remontada histórica en la Ryder Cup de 2012 en Medinah (Chicago).
La presión era gigante, similar a la que sienten muchos profesionales en su día a día. «Es importante tener sangre fría y paciencia en los momentos de máxima tensión. Aun haciendo un buen trabajo, no siempre se consigue el objetivo. Y hay que estar preparados para asimilar esa situación», aconseja..

El golfista cree que el ejemplo de Ballesteros puede ser un buen espejo para los empresarios navarros.
En aquel torneo, Olazábal también gestionó el ego de jugadores importantes, que no tuvieron el protagonismo que hubieran deseado. «Me tocó dialogar para llegar a acuerdos. Es fundamental conocer a la gente que te rodea, qué necesita, cómo puedes sacar lo mejor de cada persona… Saber escuchar es el mejor aliado del empresario exitoso», destaca.
No obstante, advierte de que el liderazgo también conlleva una maldición: la soledad. Un golfista cuenta con la ayuda de un cadi, dietista, psicólogo, preparador físico, mientras que los empresarios disponen de diferentes consejeros o departamentos. «Pero la decisión final es tuya. Y esa responsabilidad pesa, sobre todo cuando las cosas no salen», atestigua.
En esa línea, Olazábal deja entrever que el ejemplo de Severiano Ballesteros puede ser un buen espejo para los empresarios navarros. «Claro que es frustrante cuando trabajas duro y los objetivos no llegan. Hay que tener paciencia, aceptar los errores, aprender de ellos y tener seguridad y confianza para creer en uno mismo. De Seve aprendí que la falta de resultados no te puede hacer desfallecer. Hay que sacar lo mejor de uno mismo para que los momentos de duda duren solo diez segundos», ilustra.












