
Jon Ander Crespo. (Foto: cedida)
Hace 1.800 años, el sirio Luciano de Samósata (121-181 d.C) se divertía en su Historia Verdadera describiendo un viaje a la Luna. Siglos más tarde, a través de obras monumentales como La Divina Comedia y Orlando Furioso primero, y pasando después por Kepler o Cyrano de Bergerac, entre otros, el viaje terminó de «materializarse» literariamente gracias a otra mente universal: Julio Verne. Un viaje al espacio que ha continuado por medio de múltiples referentes culturales -sería imperdonable no mencionar aquí a Asimov– que, con mayor o menor rigor científico, nos han ayudado a proyectar nuestra imaginación y han llevado a juntar las letras (inspiración) con las ciencias (materialización).
Hoy, pisando ya el primer cuarto del siglo XXI, somos protagonistas y/o espectadores de una convergencia tecnológica que está siendo capaz de transformar la fantasía en realidad, y de acercar a nuestra imaginación nuevos retos como el de pisar Marte, apuntado recientemente por Donald Trump en su discurso de toma de posesión, o abordar la minería espacial, entre otros.
El caso es que, a pesar de lo peregrinas que podamos ver estas ideas, o del vértigo que pueda suponer pensar en los recursos y el esfuerzo necesario para acometerlas, no todo son ensoñaciones. De hecho, ya es posible aterrizar la industria aeroespacial en una pista más tangible, cercana y compatible con las capacidades existentes en una región como Navarra.
Uno de los atributos que se le han asignado tradicionalmente a la industria aeroespacial -y a la de defensa- es que las innovaciones que desarrollan tienen aplicación posterior en innumerables industrias. Viendo la ecuación a la inversa, el sector aeroespacial, cuyo crecimiento en los últimos años comienza a hacer guiños a la industrialización, se encuentra en un momento de apertura -y necesidad- en el que está dispuesto a beber del conocimiento y las buenas prácticas de otros sectores industriales exigentes, como el energético o la automoción, tan profundamente arraigados en nuestra comunidad.
Pero no queda ahí la cosa, cuando alguien aborda el estudio del sector aeroespacial, enseguida se da cuenta de que las necesidades que hay que cubrir no se centran exclusivamente en la parte dura del diseño y construcción de satélites o aeronaves, sino que se expanden hacia otros nichos de mercado que difícilmente nos vienen a la mente cuando asistimos a la retransmisión del lanzamiento de un cohete espacial.
«Diversificar en el espacio es una opción para empresas dispuestas a competir en un entorno exigente, tecnológico, internacional y colaborativo»
Y es que, efectivamente, antes de lanzar nada al espacio alguien tiene que haber calibrado y mecanizado piezas, fabricado componentes de plástico, desarrollado y fabricado compuestos químicos, combustibles, financiado los programas, construido infraestructuras, organizado la fabricación, desarrollado los métodos de comunicación y control… Por no hablar de todos aquellos asuntos relativos a los pasajeros, si los hubiera (biotecnología, medicina personalizada, alimentación, elementos textiles, acústicos, confort…) o, incluso (yendo más allá del afán exploratorio y científico tan característico de la aventura espacial), de otros asuntos como la explotación de la propia industria y los nuevos modelos de negocio que esta está generando (analítica de datos con distintos fines, servicios de imagen y comunicaciones, turismo, formación, etc.).
Insistiendo en el aterrizaje, y hablando esta vez en términos económicos y de estrategia de negocio, nos encontramos con un sector todavía reducido en comparación con otras industrias globales. Un sector que hasta el momento pilotaban (y financiaban) las grandes administraciones públicas, que lleva años creciendo a doble dígito y en el que han comenzado a asomar con fuerza las entidades privadas, permitiendo a estas organizaciones vislumbrar y materializar nuevos modelos de negocio. Iniciativas y modelos que suponen también oportunidades para unos cuantos sectores económicos, pues cuando surgen nuevas actividades, generalmente vienen acompañadas de distintas necesidades de apoyo.
Diversificar en el espacio es una opción para empresas dispuestas a competir en un entorno exigente, tecnológico, internacional y colaborativo, en el que no siempre es sencillo encontrar proveedores locales y en el que el poder está en manos de un pequeño grupo de clientes potenciales. Ante este reto, también es cierto que se están multiplicando las sinergias y oportunidades con otros sectores, además de las que ya existían con sus primos hermanos, defensa y aeronáutico.
Certificaciones específicas, personal cualificado y quizás también inversiones especiales figuran entre los requisitos. En contrapartida, se presenta un escenario de largo recorrido y con márgenes menos ajustados que en otros sectores más curtidos.
Una apuesta que puede ser interesante para algunas empresas y que se presenta en primer término más como una oportunidad de diversificación que como una reorientación estratégica, dado que hablamos de un mercado en crecimiento, pero todavía inmaduro, que trabaja con series únicas o bastante limitadas en comparación con otros sectores y donde existen muy pocas compañías, salvo las altamente especializadas, con dedicación exclusiva.
La industria espacial supone una alternativa de diversificación estrechamente vinculada a los recursos y capacidades de las empresas, tanto presentes como futuras. No todo el mundo puede participar, está claro, pero sería un buen ejercicio preguntarse sobre lo lejos que se está de poder hacerlo porque, seguramente, algunas compañías estén más cerca de lo que piensan.
Jon Ander Crespo Ferrer
Responsable de Consultoría en la Asociación de la Industria Navarra (AIN)