Hubo un tiempo en que bastaba seguir el sonido de unos cascos sobre el asfalto o el canto inesperado de un gallo para saber que Joxe Mari Gorritiberea, más conocido como ‘Gorriti‘, andaba cerca. Llegaba acompañado de sus animales. Ponis, becerros y jabatos caminaban con él como si compartieran un mismo lenguaje. A su paso, el campo dejaba de ser un simple paisaje para convertirse en un refugio donde hombres y animales recordaban que, en el fondo, todos pertenecemos a la misma tierra.
Ganadero de oficio, este guipuzcoano convirtió su pasión en una forma de acercar la naturaleza a quienes apenas la conocían. Allí donde aparecía, los niños descubrían que un poni podía ser el mejor compañero de aventuras, que un gallo podía cantar posado sobre un brazo firme y tranquilo, y que detrás de cada animal hay un carácter y una historia. Sus espectáculos no buscaban el asombro fácil. Eran encuentros. Mientras los más pequeños acariciaban el lomo de un burro, ‘Gorriti’ les enseñaba que los animales son seres vivos que merecen atención, respeto y cariño.
CUATRO DESCONOCIDOS Y UNA PASIÓN
Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre que parecía sentirse en casa entre plumas, pezuñas y relinchos. Recorría Navarra y el País Vasco sembrando curiosidad y despertando vocaciones. Entre los cientos de niños que crecieron fascinados con sus exhibiciones, hubo cuatro especialmente afortunados. Iban Arregui, Ibon Egaña, Rubén Martínez y Julen Lertxundi no se conformaron con observar desde el otro lado. Anhelaban ser algo más que meros espectadores. «Poco a poco comenzamos a ayudarle en las actividades. No nos conocíamos de nada, fue ‘Gorriti’ quien nos presentó. Todos son de Gipuzkoa excepto yo, que soy navarro. De Larraga, concretamente. Poco a poco nos fuimos haciendo mayores y él nos animaba cada vez más a seguir con su proyecto», detalla Rubén a Navarra Capital.
Su padre era ganadero de reses bravas, y desde muy pequeño le tocó echar una mano en el campo. Creció entre corrales, aprendiendo a leer el comportamiento del ganado. Quizá por eso ‘Gorriti’ pronto detectó algo especial en aquel chaval. «De críos, todos soñábamos con ver su espectáculo. Era la ilusión del verano, esperábamos muy ilusionados a que llegara el momento», sonríe Rubén.

Rubén, Ibon, Iban y Julen han heredado los ponis de ‘Gorriti’ y viajan por Navarra, La Rioja y Cantabria.
Y así, casi sin proponérselo, cuatro muchachos que hasta entonces no se conocían acabaron encontrándose alrededor de una misma pasión. «‘Gorriti’ solía decirnos que, cuando él muriera, quería que nosotros cogiéramos el testigo. Falleció el año pasado y ahora hemos decidido dar el paso», explica para acto seguido matizar que los animales residen en Larraga, donde han acondicionado un establo.
PARA TODOS LOS PÚBLICOS
De hecho, han heredado los ponis que durante tantos años habían acompañado a su maestro por plazas, colegios y ferias. Siguen siendo los mismos que hicieron soñar a varias generaciones de niños y continúan respondiendo a los nombres con los que él los llamaba: ‘Pinto’, ‘Pako’, ‘Apalusa’, ‘Beltza’… «Cuidamos a los animales, queremos lo mejor para ellos, por delante incluso de nosotros. Nuestra intención es transmitir nuestra pasión a pequeños y mayores, educar y concienciar», apostilla.
Viana, Gallipienzo, Legarda, Mendigorría, Oteiza, Elizondo… Lo cierto es que Rubén, Ibon, Iban y Julen, que tienen entre 23 y 30 años, han recorrido toda Navarra y parte de La Rioja y Cantabria. Compaginan este hobby con sus respectivas profesiones, que van desde la agricultura hasta el sector de la metalurgia: «Yo soy tractorista, Julen e Iban ejercen de torneros y fresadores, e Ibon es autónomo».
Pero, cuando llega el fin de semana y cargan el remolque, las diferencias entre unos y otros desaparecen. Entonces vuelven a ser aquellos chavales que esperaban con impaciencia la llegada de ‘Gorriti’ a las fiestas de sus respectivos pueblos. Solo que ahora son ellos quienes llevan las riendas del espectáculo.

Una de las partes del espectáculo consiste en soltar vaquillas enfrente del público y pasear en ponis.
Su espectáculo dura alrededor de una hora y comienza con un paseo con los ponis. «Les ponemos la cabezada y los críos pueden subirse, se lo pasan fenomenal. Luego hacemos una suelta de vaquillas, de una a una. Es una actividad para todos los públicos», concreta.
Al terminar, quedan las risas del público, las fotografías en familia y esa curiosidad que despierta el contacto con unos animales a los que muchos solo habían visto a través de una pantalla. Es, en el fondo, la misma semilla que ‘Gorriti’ sembró durante décadas. Ellos no pretenden ocupar su lugar porque saben que es un personaje irrepetible.
Así que su propósito es otro: conservar vivo el espíritu de quien les enseñó que el campo también puede emocionar, educar y unir a las personas. Y mientras los ponis sigan caminando entre los más pequeños y haya cuatro amigos dispuestos a cargar el remolque cada fin de semana para compartir esa pasión, habrá una parte de ‘Gorriti’ que seguirá recorriendo los pueblos. Viéndolos desde algún lugar, cuesta imaginar que no se sienta profundamente orgulloso de su legado.












