Las chistorras cuelgan como pequeños laberintos rojos y brillantes suspendidos en el aire. Permanecen inmóviles, entregadas a la paciencia del secadero. Mientras tanto, unos metros más abajo, la vida bulle alrededor de los recipientes donde se preparan el relleno y la morcilla. El vapor borra por momentos los perfiles de la nave y convierte el acero en una sucesión de destellos, mientras Haritz Arrieta recorre la fábrica con una mirada tranquila.
Desde hace unos diez años, comparte las riendas de la empresa familiar con su primo Iñigo. Ambos custodian un oficio en el que han aprendido a mirar, esperar y repetir los mismos gestos hasta convertirlos en memoria. Pero toda memoria tiene un origen. La de Embutidos Arrieta comenzó hace más de un siglo, cuando el bisabuelo de Haritz, Alberto Arrieta, abrió en Zubiri una modesta tienda donde vendía «un poco de todo». El verdadero punto de inflexión llegó con la segunda generación. Nieves Artaiz y Valentín Arrieta decidieron, además de vender, elaborar sus propios productos cárnicos. Lo que nació como una forma de enriquecer el mostrador supuso el primer paso hacia la empresa que hoy mantiene vivo el apellido de la familia.
«Mi padre y tercera generación, Mikel, detectó que venía mucha gente de Pamplona y otros pueblos de alrededor a comprar nuestros embutidos. Y se le ocurrió ser nosotros quienes se los llevásemos a casa. Así, poco a poco, nos fuimos profesionalizando», detalla nuestro protagonista para acto seguido recalcar que él creció entre aquellos repartos. A menudo acompañaba a su progenitor en el camión, recorriendo carreteras que entonces le parecían interminables, mientras aprendía a poner nombre a los clientes que aguardaban cada semana la llegada de sus pedidos. «También le seguía cuando tocaba ir a comprar corderos. De hecho, en la planta baja de nuestra vivienda teníamos una cuadra con animales. Aquella fue mi primera escuela. Era una vida muy de pueblo», agrega.
UN CRECIMIENTO SOSTENIDO
En casa siempre había chistorra. Formaba parte del paisaje cotidiano de los Arrieta mucho antes de convertirse en el emblema de la empresa. Hoy sigue ocupando un lugar privilegiado en la fábrica y es, «con diferencia», el producto estrella de la firma. Cada año salen de sus instalaciones unas 75 toneladas de una elaboración que ha acompañado a la familia durante generaciones y que ha terminado por convertirse en su mejor carta de presentación. «Tenemos los sellos de Reyno Gourmet y Artesanos de Navarra. Apostamos por seguir haciendo de forma tradicional todos nuestros productos», apunta segundos antes de recalcar que, en un inicio, la producción se realizaba en una marmita. «Nos hemos ido modernizando y ahora trabajamos con un horno, pero la esencia sigue siendo la misma», apostilla a sus 41 años.
Lo cierto es que el crecimiento de Embutidos Arrieta no se entiende sin las entidades y personas que, con el paso de los años, han confiado en sus embutidos. Entre ellas ha desempeñado un papel decisivo Eroski, que apostó por la empresa cuando todavía era un pequeño productor y le abrió la puerta a nuevos mercados. Aquella colaboración permitió dar un gran salto sin renunciar a la forma de operar que siempre había distinguido a la casa. «Colaboramos con ellos desde mucho antes de que llegara yo, que ya llevo más de una década. Trabajar con Eroski supone llegar a toda Navarra con un solo cliente. Tenemos una relación muy buena y muy provechosa para ambas partes», especifica Haritz.

Embutidos Arrieta elabora chistorra, morcilla, relleno, chorizo y salchichas, entre otros productos.
Para un negocio familiar como Embutidos Arrieta, contar con un distribuidor que apoye al producto local ha sido determinante: «Nos sentimos valorados. Al final, para una empresa como la nuestra es importante que apuesten por lo que hacemos aquí. Nos permite seguir trabajando desde Zubiri y mantener nuestra manera de elaborar los productos».
INVERSIONES Y NOVEDADES
Con nueve empleados en plantilla y una facturación anual que ronda los 2,4 millones de euros, la firma distribuye su embutido por toda Navarra. «Vamos creciendo poco a poco y de forma sostenida. Nuestro principal terreno de juego es la Comunidad foral. Además, siempre estamos abiertos a cualquier inversión que nos permita trabajar mejor. Ahora hemos invertido unos 100.000 euros en una nueva línea de envasado a medida. La incorporaremos este mes», anuncia.
Hasta el año pasado, además de la fábrica, la familia mantenía una pequeña carnicería justo enfrente de las instalaciones. Era el negocio que regentaba el padre de Haritz, un pequeño comercio que durante décadas sirvió de punto de encuentro para muchos vecinos. Con su jubilación se cerró una etapa, aunque el local no ha perdido la actividad: una vecina del pueblo lo ha alquilado y sigue ofreciendo, entre otros productos, los embutidos de Arrieta.
Quizá por eso nuestro protagonista tenga la sensación de formar parte de una cadena que viene de lejos. Las máquinas cambian, llegan nuevas inversiones y las generaciones se suceden, pero hay algo que permanece. Mientras las chistorras siguen colgadas del secadero, pacientes e inmóviles, la historia de la familia continúa escribiéndose en Zubiri con la misma vocación artesanal que la vio nacer hace más de un siglo.












