Hay quien sostiene que las hortalizas y las frutas cultivadas en invernaderos no poseen la misma calidad que aquellas que brotan en el exterior y beben directamente del sol. Iñaki Larrea, sin embargo, contempla satisfecho el color y el tamaño de sus tomates, que nacen bajo techo en Artajona. «Todo depende del cariño con el que trabajes», sonríe a sus compañeros, que transportan cajas de aquí para allá a toda velocidad. Las plantas se extienden hacia el infinito, como si tejieran con sus tallos un tapiz verde capaz de envolver el mundo con un abrazo. Lejos de parecer una jaula de cristal, aquí dentro cada hoja respira una promesa: la de llegar al plato con una calidad exquisita.
Bajo la bóveda traslúcida, la luz se filtra suave, templada y dorada. «Producimos tomates en épocas en las que no existe mucha oferta en el mercado», relata segundos antes de alzar el brazo y señalar unas amplias instalaciones industriales que se vislumbran a pocos metros del invernadero. «Eso de ahí es Neolectra, una empresa que se dedica a la depuración de purines de cerdo. Aprovechamos el agua caliente que la compañía genera para cultivar nuestros tomates», explica. De esta manera, el terreno funciona como un «circuito cerrado» que utiliza tubos para conducir el agua y el calor a lo largo y ancho de toda la tierra, como un enorme «suelo radiante».

Cultivos de Navarra suma siete empleados en plantilla y una hectárea que destina íntegramente a los tomates.
Fue el ingeniero agrónomo Alberto Lizarraga quien se aventuró a «probar suerte» con este sistema hace más de dos décadas y quien bautizó la firma como Cultivos de Navarra. Poco tiempo después, Iñaki aterrizó en la compañía, donde hoy ejerce como responsable de personal: «Tenemos una hectárea cultivada, y somos siete los trabajadores que conformamos la plantilla, aunque solemos ampliar la cifra en función de la campaña».
CARNOSOS Y DE PIEL FINA
Un zumbido leve recorre los pasillos. El aire, que huele a tierra tibia, derrocha una humedad espesa. Al inicio de cada hilera, varios abejorros bailan alrededor de sus colmenas, preparados para polinizar las flores. Planta tras planta, vibran en una coreografía sutil, pero indispensable. Nuestro protagonista los observa con la misma admiración con la que contempla sus tomates. «Sin ellos, esto no funcionaría», murmura. Aquí todos cooperan: la luz, el agua, los insectos, el calor dosificado… Nada sobra. Nada falta. En esta sinfonía vegetal, cada elemento parece saber con exactitud cuál es su papel.
«Cada año, Eroski apuesta más por el producto local, y se lo agradecemos infinitamente»
La variedad que planta Cultivos de Navarra se denomina «tomate feo de Artajona». Entre risas, Iñaki desvela que ha sido víctima de numerosos chistes a causa de este nombre. «Las ocurrencias de los vecinos siempre provocan alguna que otra carcajada en el equipo», reconoce al tiempo que sostiene el género entre las manos y puntualiza que se trata de un tomate carnoso y de piel fina.
En concreto, el tomate se cultiva sobre sustrato de fibra de coco y, a través de un sistema de riego, se introducen diferentes nutrientes. «El invernadero está monitorizado para que, segundo a segundo, la planta tenga lo que necesita. Nunca regamos de más, y tampoco de menos. Aquí está todo medido al milímetro», matiza.
La compañía artajonesa lleva a cabo dos campañas al año, y cada una de ellas tiene una duración de seis meses. De enero a junio, produce unas 120 toneladas de tomate fresco, mientras que de julio a diciembre alcanza las 90. «La producción se ralentiza un poco cuando llega el frío. En general, podemos producir alrededor de nueve kilogramos por metro cuadrado», detalla.
Con una facturación anual que oscila entre los 400.000 y los 500.000 euros, Cultivos de Navarra se ha expandido a distintas regiones como Madrid, Barcelona o Vitoria. «El hecho de estar en diferentes puntos de la geografía española se lo debemos a Eroski. Cada año apuesta más por el producto local, y se lo agradecemos infinitamente. En esta campaña, está comercializando una cuarta parte de nuestra producción. Nos está ayudando mucho a crecer», valora tras remarcar que la firma artajonesa lleva quince años colaborando con la cooperativa.
PASIÓN POR LA TIERRA
Uno de los temores más persistentes entre quienes se dedican al cultivo son las plagas. Inicialmente invisibles y silenciosas, son capaces de arruinar en cuestión de días el trabajo minucioso de meses. Iñaki lo sabe bien: basta una colonia de pulgones escondida bajo una hoja o un hongo que se extienda con la humedad para comprometer a toda una hilera. Por eso, combate las plagas con otras plagas. «Por ejemplo, para luchar contra la mosca blanca, que es uno de nuestros mayores problemas, soltamos una chinche que se llama ‘nesidiocoris’. De esta forma, logramos un ecosistema en el que los insectos conviven entre ellos y mantenemos un equilibrio», apunta.

El tomate, cultivado sobre sustrato de fibra de coco, está presente en comercios de Madrid, Barcelona o Vitoria.
Hijo y nieto de agricultores, nuestro protagonista se acuerda de su padre y de su abuelo cada día que acude a trabajar. Y no puede evitar sonreír: «Ellos me transmitieron la pasión por la tierra. Antes tenían un huerto, pero solían decir que el tomate no salía con la calidad que debería, así que tomaron la decisión de dejar de cultivarlo. Y, por eso, en mi familia ya no se planta tomate exterior… ¡Ahora solamente se come el de aquí!».













