Algunos viajes se planean con mapas. Otros empiezan mucho antes, en un lugar invisible: la intuición. El de Kate Benetis comenzó en un despacho de abogados del norte de Inglaterra, rodeada de expedientes, sentencias y jornadas interminables. Natural de Halifax, había estudiado Derecho en la Universidad de Cardiff y durante cinco años ejerció como abogada. Desde fuera, su vida parecía encajar perfectamente en el molde del éxito. Pero, poco a poco, comenzó a sentir que le faltaba algo: una voz suave y persistente le repetía que el mundo era mucho más grande que las paredes de aquella oficina. «Quería aprender idiomas, conocer otras formas de vivir y descubrir quién era yo fuera de mi trabajo», rememora.
Así comenzó una aventura que la llevaría al otro lado del océano. Recorrió Sudamérica con una mochila cargada de curiosidad y una libreta llena de palabras nuevas. Allí estudió español y escuchó diferentes acentos. Cuando sintió que era el momento de dar el siguiente paso, puso rumbo a España. No buscaba las grandes avenidas de Madrid ni el ritmo vertiginoso de Barcelona. Quería algo diferente. Un lugar donde pudiera respirar despacio, escuchar el silencio y sentirse parte del paisaje: «Alquilé un coche y recorrí toda Navarra. Me enamoré de ella».

Kate, con uno de los sensores que ayudan a captar información sobre los terrenos.
Condujo por carreteras que serpenteaban montañas, atravesó bosques que parecían salidos de un cuento y contempló viñedos que se extendían hasta el horizonte. Cada curva le ofrecía una sorpresa. «Me mudé al Casco Viejo de Pamplona y ahí conocí a mi pareja. Él y su hermano se habían dedicado siempre a la agricultura, y me sorprendió ver que la automatización no había dado pasos muy grandes todavía», relata para acto seguido resaltar que la explotación ecológica que los hermanos regentan se llama Artotxiki y se ubica en Igúzquiza. Allí cultivan legumbres y cereales sin gluten como quinoa, lenteja roja, trigo sarraceno, sorgo o garbanzo.
AUTOMATIZAR LA AGRICULTURA
«Veía que muchas veces se preguntaban qué cultivos podrían plantar, cuándo era el mejor momento para sembrar o cómo podían optimizar la producción», recuerda Kate. Aquellas conversaciones, que al principio escuchaba como una observadora más, despertaron su curiosidad emprendedora.
Detrás de cada cosecha hay una enorme cantidad de decisiones tomadas casi a ciegas. El agricultor debe interpretar el clima, analizar el suelo, anticipar plagas, calcular costes y prever la demanda del mercado. Todo ello apoyándose en años de experiencia, intuición y muchas horas de trabajo. Fue entonces cuando nuestra protagonista se planteó una pregunta: ¿Y si la tecnología pudiera convertirse en una aliada para quienes trabajan la tierra?

Robotika analiza variables como el tipo de suelo, las condiciones climáticas o la disponibilidad de agua.
Descubrió que muchos agricultores comparten las mismas preocupaciones: la incertidumbre climática, el aumento de los costes, la falta de relevo generacional y una carga de trabajo administrativa cada vez mayor. Lejos de imaginar robots sustituyendo a las personas, visualizó una tecnología capaz de devolverles tiempo. Una herramienta que analizara datos complejos en cuestión de segundos y ayudara a tomar decisiones más informadas sobre qué cultivar, cuándo hacerlo o cómo aprovechar mejor los recursos disponibles. «He recopilado unos 30.000 ensayos y estudios científicos de toda Europa para desarrollar una tecnología que ayude a descifrar los mejores cultivos para cada finca. También se pueden realizar simulacros, por ejemplo, para saber si en este suelo sería bueno poner garbanzos, y calcular las mejores rutas para el tractor. El proyecto se llama Robotika«, revela a sus 42 años.
La plataforma analiza variables como el tipo de suelo, las condiciones climáticas o la disponibilidad de agua. A partir de esa información, compara los datos con miles de estudios y ensayos agronómicos recopilados por Kate. El resultado es algo similar a un asesor digital capaz de sugerir qué variedades tienen más posibilidades de éxito en cada parcela concreta.
Actualmente, Robotika participa en un proyecto piloto junto al Centro Nacional de Energías Renovables (CENER) y la Asociación de la Industria Navarra (AIN). En concreto, se trata de una instalación agrovoltaica en Allo: «Estamos instalando el hardware de los sensores y calculando la orientación que deben tener las placas solares para que los olivos que hay debajo tengan mejores condiciones de crecimiento y a la vez se produzca energía».

Nuestra protagonista construyó esta casa en el árbol con su padre hace un par de años aproximadamente.
Enamorada del campo, nuestra protagonista asegura que su vínculo con Navarra va mucho más allá del trabajo. Lo que comenzó como una estancia temporal acabó convirtiéndose en un proyecto de vida. Tanto es así que ha convencido a toda su familia para instalarse cerca de ella. Sus padres y su hermano también han dejado Inglaterra para comenzar una nueva etapa en esta tierra que la cautivó desde el primer viaje.
«De hecho, mi padre y yo construimos juntos una casita del árbol. Justo ahí, encima de ese encino…», sonríe mientras estira el brazo para señalar una estructura de madera que asoma entre las ramas. Desde allí arriba, explica, le gusta sentarse a contemplar el paisaje. Los campos cultivados, las suaves lomas que rodean la finca y el lento discurrir de las estaciones forman una panorámica que todavía hoy la sigue sorprendiendo.












