El sol cae sobre el río Ega y la terraza de Casa Carmen se llena de una calma especial. Miguel Vidal y Carmen Sancho contemplan la escena sin prisa. Se abrazan. Saben que pocas cosas explican mejor lo que han construido juntos en este rincón de Estella, junto al puente picudo, donde su proyecto ha terminado echando raíces. Aquí el mundo parece permanecer exactamente donde debe. Y eso colma de paz su corazón.
Se conocieron hace más de una década en el bar Gurú del Casco Viejo de Pamplona. La música sonaba demasiado alta pero, aun así, todo lo importante pareció comunicarse en silencio. «Fue un flechazo en toda regla. Y desde entonces estamos juntos», sonríe ella mientras observa de reojo a su marido, como si en esa mirada todavía pudiera encontrarse, intacta, la misma chispa de aquella primera noche.
Abrieron las puertas de Casa Carmen en 2021, convencidos de que podían aportar a Estella un «toque diferente». Entre fogones, mesas y días largos, construyeron algo que va más allá de un restaurante: un lugar con alma, donde cada detalle parece guardar un eco de ellos mismos, como si el amor también se sirviera en cada plato. «Un comercial nuestro de Estella nos avisó de que este local estaba cerrado y podría ser interesante, así que decidimos apostar por el proyecto. Ahora, mirando hacia atrás, sabemos que fue una buena decisión», sostiene Miguel segundos antes de recalcar que no fue la primera vez que emprendían juntos…
DE ZUBIRI A ESTELLA
De alguna manera, la hostelería siempre había estado ahí, latiendo en su historia como una herencia silenciosa. En la familia de Miguel, cocinar era mucho más que una profesión: su abuela, su madre, su tía… Todas habían pasado por los fogones como guisanderas asturianas y, durante un tiempo, incluso regentaron un pequeño restaurante donde el olor a guiso formaba parte de la vida cotidiana. Más tarde, su madre cambió las ollas por una pescadería, y allí empezó también una etapa en la que nuestro protagonista creció entre cajas de hielo, manos saladas y conversaciones sobre el mejor punto del pescado. «Solía ir con mi padre a pescar. Centollos, pulpos… De todo. Desde niño, el pescado ha estado muy presente en mi vida», relata para acto seguido remarcar que, de hecho, se trata de una de las especialidades de Casa Carmen.

En el restaurante Casa Carmen, Carmen ejerce como jefa de sala y Miguel como ‘chef’.
Ella, nacida en Pamplona, heredó de su familia la pasión por «estar en contacto con la gente». «Teníamos un negocio de alimentación y me recuerdo constantemente detrás de un mostrador. Soy muy extrovertida, mi madre me contaba que de niña no se podía andar conmigo por la calle porque siempre iba saludando a todo el mundo», rememora entre risas.
Fue precisamente esa mezcla de naturalezas (el mar y el mostrador, la cocina y la conversación) la que terminó uniendo a la pareja. Con el paso del tiempo, esa unión se consolidó también en el ámbito profesional. Antes de aterrizar en Estella, sus caminos ya habían encontrado un punto de encuentro en Zubiri, donde dieron uno de sus primeros pasos juntos en la hostelería. Allí apostaron por abrir una cafetería: «Empezó como una panadería y sirviendo algunos bocadillos, pero terminó siendo una especie de restaurante porque vendíamos y preparábamos comida. En todo el pueblo no había casi nadie que diera desayunos, y a las puertas del local se formaban colas eternas. Abríamos todos los días a las cinco de la mañana».
EN ALEMANIA Y EEUU
Aquel establecimiento estuvo diez años abierto y, entre medias, levantaron otro proyecto hostelero. En esta ocasión en Alemania. La hija de Carmen se había marchado a vivir a Fráncfort y la distancia empezó a pesar más de lo esperado. «Queríamos estar cerca, echarle una mano, acompañarla en esa etapa», explican. Y así, convirtieron aquella necesidad familiar en una nueva aventura profesional. Abrieron un restaurante con capacidad para 200 comensales, un espacio enorme que incluso contaba con una bolera. Era otro ritmo, otra escala, otra manera de trabajar. Miguel se instaló allí para sacar adelante el negocio en el día a día, mientras Carmen permanecía en Zubiri, sosteniendo lo que ya habían construido.
Aquella etapa les sirvió para seguir aprendiendo y valorar nuevos caminos. Incluso viajaron a Estados Unidos con la idea de estudiar la posibilidad de abrir un local: «Fue una experiencia muy interesante. Allí también se puede encontrar producto navarro, pero entendimos que nuestro proyecto necesita cercanía, control del género y una manera de trabajar muy personal», explican. Por eso decidieron centrar de nuevo su energía en la Comunidad foral, donde podían desarrollar mejor su cocina y su forma de entender la hostelería.
Así, optaron por centrarse en el negocio de Zubiri. Hasta que llegó la pandemia… «Nuestro negocio funcionaba a toda máquina, pero el Covid-19 paralizó todo. Fue una etapa muy dura. Siempre estaremos muy agradecidos al equipo que nos acompañó en esos momentos, nos veíamos como una gran familia. Aunque tuvimos que cerrar, seguimos recordando el proyecto con nostalgia», suspira Carmen.
La oportunidad de levantar un restaurante en Estella surgió casi como un milagro. Con vistas al río Ega y situada justo al lado del emblemático puente picudo, la terraza del establecimiento ofrecía una estampa difícil de superar. «Era precioso, con una ubicación inmejorable, en el número 33 de la calle Rua Kalea. Le pusimos mi nombre y, cinco años después, aquí seguimos», añade Carmen.
LAS ESPECIALIDADES DE LA CASA
Con capacidad para 50 comensales, Casa Carmen se ha consolidado como un restaurante abierto a una clientela muy diversa: vecinos de Estella-Lizarra, clientes de Navarra y visitantes de distintos puntos de España que llegan atraídos por el producto, el arroz, el pescado salvaje y una forma de entender la cocina basada en el trato cercano y el respeto por la materia prima. «Vienen personas de muchos lugares, de Madrid, Cataluña, País Vasco y otras comunidades, pero para nosotros tiene un valor especial que la gente de Estella sienta Casa Carmen como un sitio propio. Un lugar al que volver, recomendar y disfrutar con tranquilidad», aclaran.
Con Miguel a los fogones y Carmen en sala, «todo fluye a la perfección». En la cocina, hay dos señas de identidad que definen su propuesta: el arroz y el pescado. El primero, trabajado con paciencia y precisión, se ha convertido en uno de los platos más reconocibles del establecimiento. «Le hemos dedicado muchas horas hasta encontrar el punto exacto. Además, trabajamos con productos de Ekoalde y con el sello de Reyno Gourmet«, concreta Miguel, que no esconde cierto orgullo al hablar de ello.
Fiel a sus orígenes, selecciona pescado salvaje que procede de Asturias y Galicia. «Para nosotros es clave. Hemos crecido con ese producto y sabemos reconocer cuándo es bueno de verdad», apostilla. Esa conexión con el mar, presente desde su infancia, sigue siendo hoy uno de los pilares sobre los que se sostiene la carta.

Las especialidades de Casa Carmen son el arroz y el pescado salvaje, procedente de Asturias y Galicia.
Además del restaurante, la pareja gestiona una pensión justo al lado de este. «La abrimos un año después de inaugurar Casa Carmen. Cuenta con dos habitaciones», agregan. El mismo mimo que ponen en la cocina se traslada aquí en cada detalle: la calma, ese trato cercano que hace que el huésped se sienta acogido… Hoy, la pareja ha aprendido que el tiempo se mide en instantes compartidos. «Este es nuestro proyecto y estamos muy orgullosos de él. Aquí hemos volcado todo lo que somos», concluyen mientras se funden en un abrazo.













