Un esbelto milano traza círculos lentos sobre Eugui. Desde abajo, su vuelo parece una coreografía hipnótica suspendida en el aire, una danza antigua sobre el silencio del verde valle de Esteribar. Sus alas se reflejan como una estela ondulante en el embalse del pueblo, un gran represamiento de 227 kilómetros cuadrados construido entre 1968 y 1973 en la cabecera del río Arga. En la orilla, casi fundido con el paisaje, el Hostal Etxeberri vuelve a bullir. Y es que los pamploneses Gonzalo Barricarte y Pablo López, de 33 años, han tomado las riendas del negocio con el fin de devolver el pulso a uno de los rincones «más bonitos y olvidados» de Navarra.
Amigos desde su etapa en el colegio San Cernin, comparten una misma manera de entender el territorio. Les unen la naturaleza, la pesca, el monte, la tradición navarra y una pasión casi sentimental por el mundo micológico. «Nuestra generación está un poco alejada de eso y nosotros seguimos ligados a la cultura de hacer pimientos caseros en familia y embotarlos, dar paseos, recoger setas…», explica Pablo a Navarra Capital mientras señala las montañas que rodean el hostal.
La idea llevaba tiempo rondándoles. López había pasado quince años viviendo en Madrid y, cuando regresó a Pamplona, sintió que faltaban propuestas distintas, espacios donde la naturaleza, la gastronomía y el descanso convivieran lejos del ritmo acelerado de la ciudad: «Gonzalo y yo siempre habíamos visto posibilidades de hacer cosas que se escaparan de la rutina. En Navarra cada vez hay más actividad cultural y deportiva, pero muchas veces parece que el único plan es ir de bares o de fiesta».
El destino apareció en forma de traspaso. Lo vieron por primera vez el pasado septiembre, aunque entonces otro emprendedor se les adelantó. Parecía una oportunidad perdida. Pero, en febrero, el anuncio reapareció. «Si salió un lunes, esa misma tarde estábamos viéndolo. Y el martes ya anunciamos que nos lo quedábamos», recuerda Gonzalo, que junto a su socio empezó a gestionar el establecimiento en abril.
EL HOSTAL
A ojos de estos emprendedores, el edificio ofrece un potencial enorme. Cada planta ronda los 300 metros cuadrados y el restaurante interior suma unos 350 metros dedicados a comedor y bar. Cuando el tiempo acompaña, la terraza exterior multiplica la capacidad hasta los 225 comensales. Arriba, el hostal cuenta con seis habitaciones dobles, preparadas para doce huéspedes, y todas tienen baño individual.

El hostal, ubicado en la calle San Gil de Eugui, tiene capacidad para 225 comensales entre el salón interior y la terraza.
Desde abril han renovado suelos, pintado paredes, cambiado la iluminación, reforzado la acústica y añadido televisores en las habitaciones. Pero solo es el principio. El objetivo es convertir el lugar en un pequeño «hotel boutique» especializado en naturaleza, gastronomía y desconexión. Las reformas de mayor calado comenzarán tras el verano.
«A este lugar siempre le ha faltado un brillo, que la gente lo conozca, pero sobre todo que sea un oasis en mitad de Navarra», afirma Pablo. Y reconoce que el salto tiene algo de locura: «La gente nos dice que estamos locos. Gonzalo tiene su farmacia y yo he venido a relevar generacionalmente a mi padre en Hierros Landaben… Pero creemos que hemos montado un gran equipo».
La plantilla es precisamente una de sus mayores apuestas. Ocho personas trabajan ya en el hostal con una filosofía poco habitual en el sector hostelero: horarios continuos, estabilidad y un entorno laboral tranquilo. «Queremos que quien venga aquí pueda disfrutar de la mejor cena posible, del mejor desayuno posible y de una atención integral las veinticuatro horas del día», detalla Gonzalo.
El hostal volvió a abrir el 1 de abril y, durante Semana Santa, sirvieron cerca de cien menús en comidas y unos sesenta en cenas, además de desayunos, almuerzos y meriendas: «Hubo días en los que pasaron cerca de mil personas. Familias, grupos de amigos, senderistas, ciclistas y viajeros de la ruta transpirenaica llenaron la terraza aprovechando el buen tiempo».
La zona de Eugui, históricamente ligada a la fábrica de armas y a la actividad industrial del valle de Esteribar, busca revitalizarse. «Es una localidad un poco olvidada, pero con muchísima historia y queremos evitar que se pierda», señala Gonzalo. Por allí pasan peregrinos que se desvían del Camino de Santiago, ciclistas y cada vez más turistas extranjeros: «El 60 % de nuestros clientes son internacionales y el 40 % nacionales. Hay mucho visitante catalán porque la montaña navarra está muy de moda».

La planta superior alberga seis habitaciones dobles con baño privado, que seguirán reformándose tras la temporada de verano.
Su público ideal, sin embargo, va más allá del turismo de fin de semana. Aspiran a atraer a esa generación del baby boom que empieza a jubilarse y busca una vida activa. «Queremos que los días fuertes no sean solo los sábados y domingos. Hay mucha gente que busca naturaleza, deporte, buena gastronomía y descanso entre semana», anhela Pablo. También quieren convertirse en punto de encuentro para los trabajadores del valle, donde empresas como Magnesitas, Einsa o Seinsa mantienen actividad diaria.
NUEVA CARTA
La gastronomía es una de las grandes señas de identidad del proyecto. La propuesta gira alrededor del producto navarro y de una obsesión compartida: las setas. «Nuestro hilo conductor es el producto de aquí, pero con un añadido que nos distingue: el universo micológico», resume Gonzalo.
En la cocina aparecen guiños constantes al monte que rodea el hostal. Una crema casera de marisco termina con polvo de hongo seco, las albóndigas de corzo se acompañan con una salsa elaborada a base de setas y jabalí… Incluso el alioli de las rabas incorpora sabores micológicos. Además, parte de la verdura llega ya del huerto que han recuperado junto al edificio: «Queremos volver a los orígenes, a la cocina casera y al producto local».

Gonzalo Barricarte (izda.) tiene su propia farmacia en Pamplona, y Pablo López (dcha.) relevará a su padre al frente de Hierros Landaben.
Pero el Hostal Etxeberri no quiere limitarse a ofrecer camas y comidas. Los dos socios imaginan un espacio vivo, un punto de encuentro cultural y social en mitad del valle. Para otoño preparan salidas micológicas, rutas históricas y actividades de team building para empresas. También quieren organizar conciertos, cine de verano y propuestas para todas las edades. «Sabemos el potencial que tiene este lugar. Tiene las raíces para convertirse en la mejor terraza de Navarra. Y vamos a trabajar para conseguirlo», concluyen mientras contemplan el bosque.













