domingo, 16 diciembre 2018

Javier Lázaro no se rinde, nunca

Ha conseguido hacer de un pequeño negocio familiar con tres trabajadores, una chatarrería, una empresa líder en Europa en un sector muy concreto, el de los contrapesos para ascensores y maquinaria de obras públicas y transporte: SIC Lázaro

Miguel Bidegain
Pamplona - 1 diciembre, 2018

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“Soy una persona de acción, impetuosa, muy apasionado en todo lo que hago, y además, cada vez que emprendo algo me gusta llegar al máximo, llevarlo hasta el final. Si decido leer un libro tengo que terminarlo, aunque vea por la mitad que no me engancha. Si decido aprender a tocar el clarinete seguiré hasta aprender todo lo que pueda”. Vamos, que no se rinde: “No, no, hasta el final, siempre, siempre”.

08Quien así se define es nuestro entrevistado de hoy, Javier Lázaro, un empresario que tiene sangre guipuzcoana, por parte de su madre, y navarra, por su padre, quien emigró a San Sebastián donde conoció a su madre, “y a pesar de que ya habían dado la entrada para un piso en Amara vinieron a vivir a Corella”. Su madre apenas hablaba español, peluquera, tuvo “un gran éxito porque trajo un estilo de peinar que en los años 60, en la Ribera, pues… fue algo novedoso”. Su padre, Fernando, que encontró trabajo en una fábrica de conservas en la que ganaba menos dinero que su madre, les inculcó “el respeto a la mujer, a pesar de que éramos seis hijos, todos chicos, ayudábamos a la mamá, no por ser mujer sino porque había que ser solidarios con una persona que trabajaba. Los tres primeros hermanos nos llevamos un año de diferencia con lo cual uno estaba a gatas, otro en el pecho y  el tercero estaría, en gestación y además atendía la peluquería todos los días”.

Fernando Lázaro, “yo supongo que a regañadientes, porque mi madre le habría puesto en su sitio en algún momento”, le ayudaba a hacer las labores domésticas y nuestro padre nos lo transmitió a nosotros, “y nos hizo entender la igualdad y el respeto a la mujer en una familia muy masculina. Eso de la conciliación y las labores caseras para mí y la mayoría de hermanos es lo más natural del mundo, y evidentemente se lo hemos transmitido a nuestros hijos”.

“Mi padre nos hizo entender la igualdad y el respeto a la mujer en una familia muy masculina. Eso de la conciliación para mí es lo más natural del mundo”.

EL PRINCIPIO DE TODO

El caso es que la familia acabó teniendo su propia empresa: “Mi padre digamos que emprendía  después del trabajo en la fábrica, vendió piensos y cualquier cosa que aportara más ingresos a la familia, y se le ocurrió poner una chatarrería con la que pudo aportar lo suficiente, además empezó a comprar y vender antigüedades. A los hijos nos daba una paguica si el fin de semana o en vacaciones le ayudábamos, sacábamos el cobre de unos cables, y motores,  quitábamos el latón separándolo del hierro de algún cacharro… Vamos, que atendíamos el negocio los sábados,  y algunos domingos ¡y nos parecía estupendo! A mí en particular me gustaba la mecánica, con dos o tres bicicletas hacíamos una, arreglábamos alguna moto vieja…”

Fue un buen aprendizaje laboral que marcó a Javier Lázaro. Por eso ahora, cuando entrevista a alguien para incorporarlo a SIC Lázaro, le pregunta “¿en tu casa qué se hacía? ¿Ayudabas, aportabas algo durante las vacaciones? Es que a mí me parece que eso de transmitir mensajes como la necesidad de esforzarse, colaborar y aportar a la familia o ayudar en los negocios son valores importantes”.

Los ‘Lázaros’ empezaron a hacer contrapesos de hormigón para los ascensores que se fabricaban  en una empresa de Corella, IENSA, y entonces llegó un gigante americano del sector, Elevadores OTIS, que se interesó por el suministrador de los contrapesos de Corella. “Le propusieron que hiciera 75.000 al año  cuando en el mejor de los casos hacia 6.000 y mi padre se asustó, pero le propuso al director de la fábrica de Corella IENSA que le ayudara como socio, se lanzó y estuvieron trabajando muy bien un par de años o tres”. Fernando Lázaro se ocupaba de la producción y el socio de la administración, aunque la gerencia y la garantía era cosa del empresario corellano. Cuando el socio cerró su fábrica “le quitaba pedidos a mi padre y de repente se encontraron con un montón de deudas, a trabajadores, proveedores,  hacienda, etc., las tierras de los abuelos hipotecadas, el piso familiar embargado…”

“En una empresa como SIC Lázaro el que haya alguien que aúne los intereses familiares con los del negocio es muy importante”.

Javier Lázaro había dejado los estudios pronto y empezó con 14 años, a trabajar, mientras hizo un curso de mecánico tornero y de ajustador, por correspondencia. Entonces su horario de trabajo era de las 6 de la mañana a las 8 de la tarde, ya cuando se incorporó al negocio familiar con 17 años amplió su formación en una academia de Tudela, donde acudía entre las 7 y las 11 de la noche para estudiar contabilidad y administración de empresas. Quizás pensando que un día debería ser él quien gestionaría la empresa. Así durante tres años duros, “pero aquello me sirvió de mucho”. Cuando se produjo el desastre del negocio estaba en la mili, en Algeciras, “y al volver en 1981 me encontré la empresa sin gestión, a la familia sin ingresos, debíamos dinero a los trabajadores, teníamos varios préstamos bancos, que teníamos que devolver casi de inmediato, también nos habían prestado dinero familiares, mi padre cayó enfermo… un panorama que…mejor olvidar…”

FLANES EN LA PLAYA

IMG_3766La empresa prosperó. “Al principio hacíamos contrapesos con un sistema tan sencillo como hacer flanes en la playa: llenas el cubo de arena, le das la vuelta y se queda ahí el flan. Pues lo mismo, solo que con hormigón”. Fueron perfeccionando la técnica, del hormigón fluido pasaron al seco, después utilizaron residuos siderúrgicos de las acerías y más tarde desechos de hierro, siempre para lograr una mayor densidad. Además introdujeron cambios tecnológicos, “pasamos de hacer los contrapesos manualmente, como los flanes en la playa, a tener una máquina de segunda mano que modificamos y adaptamos, y que nos dio la capacidad de producir muchísimas unidades, y en muy poco tiempo nos hicimos líderes del mercado nacional, los contrapesos del 80 o el 90% de los ascensores que se hacían en España salían de nuestra fabrica, ¡de Corella!”.

También innovaron, investigaron con el Laboratorio de Edificación de la Universidad de Navarra y con la Oficina de Transferencia Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Pública, donde entonces trabajaba el actual rector, Alfonso Carlosena: “Ingenieros no éramos, pero ingeniosos sí y mucho”. Después compraron otra máquina de oxicorte, también de segunda mano “porque seguíamos cortos de dinero”, e incluso se atrevieron con el plomo. Así ampliaron su oferta “y nos quedamos con todo el mercado nacional”, lo que les planteó un problema: “¿Qué hacemos ahora…? ¿A dónde podemos ir…?” Estaban separados de todos los demás productos del mundo de los ascensores por una gran distancia tecnológica, “y entonces decidimos diversificar el negocio geográficamente, se nos ocurrió ir a México en el 1995 con una expedición de la Cámara de Comercio, que por cierto siempre nos han ayudado muchísimo, tuve tres entrevistas con empresas mejicanas que no cuajaron porque el país estaba en plena crisis del “tequilazo”. Dos años después, en 1997, lo intenté de nuevo en Brasil”. Recuérdenlo, Javier Lázaro no se rinde nunca.

“Ahora soy presidente de SIC Lázaro y no añoro el día a día, ¡en absoluto! Porque me he perdido muchas cosas, no me enteré de la juventud, eso es lo que más me duele“.

Allí compraron un pequeño negocio de contrapesos y comenzaron a fabricar. “Eso nos vino muy bien porque cuando vas al exterior, a la exportación, además de vender o fabricar  aprendes y te formas, no solo tú, sino todo tu equipo y eso es un gran valor en la compañía. Te examinas todos los días porque te enfrentas a retos e interrogantes  nuevos, y la gente joven y ambiciosa, como lo éramos entonces, quiere retos y responsabilidades nuevas”. Comenzaron el siglo inaugurando una planta en Francia, al norte de Lyon, y después otra en Italia. Pero Javier Lázaro también es previsor y se preguntó qué haría “si mañana, al paso que va la tecnología, inventan un ascensor sin contrapesos, o surge la competencia.  ¡Porque toda la familia nos íbamos al garete!”. La solución pasaba por diversificar el producto. Pasaron a hacer contrapesos para fabricantes franceses y alemanes de excavadoras y grúas de puerto, dragadoras marinas, pero no fue fácil “porque cambiar de actividad siempre es complicado y muy caro, y eso que no era una actividad  tan diferente de lo que hacíamos. Clientes nuevos, manera de operar diferente, contratos distintos… fabricar la pieza casi es lo de menos”. Logísticamente les convenía acercarse a la clientela y se instalaron en Polonia, donde SIC Lázaro tiene ahora más de 200 trabajadores, 30.000 metros cuadrados de terreno y más de 7.000 construidos.

ALGUNOS FRACASOS

No todo han sido alegrías. Empezaron a fabricar en otra planta que levantaron en Buñuel, para una marca francesa de plataformas elevadoras, el chasis metálico  donde va alojado el contrapeso, “pero el cliente hizo un ERE un año después y de los 70 trabajadores que teníamos en Buñuel nos quedamos con cuatro. La broma nos costó muchísimo dinero que pudimos reponer y tirar para adelante”. Fiel a su carácter convenció a sus hermanos de que, pese al fracaso, allí había posibilidades de negocio, con mayor valor añadido y mayores barreras de entrada. Captaron nuevos clientes en el exterior, invirtieron en tecnología puntera y hoy exporta el 90% de su producción con 120 trabajadores. En total, SIC Lázaro tiene más de 450 empleados en sus plantas de 2 en Navarra, Polonia, Italia, EEUU y Brasil. También lo intentaron en China, donde tras cinco años y hastiados de la inseguridad legal, de  la forma de actuar de la burocracia china, de los proveedores y de algunos clientes, cerraron la fábrica. “Me parece un mercado muy interesante que se puede atacar en el futuro” –estamos hablando con Javier Lázaro, insistimos- “pero yendo de la mano de un socio local y en otras condiciones”.

Durante todo este tiempo ha sido el director general del grupo “y también el líder de la familia, en una empresa como SIC Lázaro el que haya alguien que aúne los intereses familiares con los del negocio es muy importante, nosotros somos mucha familia, 18, y al cabo de 40 años puesss… hay tensiones, roces, es inevitable, pero anteponiendo siempre la unidad de la familia la vida es así. Ojo, con el acuerdo de mis hermanos, que han confiado en mí siempre, siempre”.

Aun así, “el día a día quema muchísimo y el negocio es grande y disperso, casi todas las semanas, hasta abril, salía una vez a la semana al extranjero, o dos.  Además es una vida muy intensa, tienes momentos de alegría y desesperación, de encuentros y desencuentros…” ¿Qué pasó en abril? “Pues que yo tenía muchas ganas de pasar a una segunda línea, y decidimos que Javier pasara a ser presidente y buscar una persona para la gerencia, a la que seguiría desde muy cerca como profesional y propietario. Y así estamos ahora, en esa transición”.  No es una retirada total, seguirá ahí, orientando la trayectoria del grupo, “pero no añoro el día a día, ¡en absoluto! Porque me he perdido muchas cosas, no me enteré de la juventud, eso es lo que más me duele“.

Y además de iniciar el día paseando una hora por los campos de Corella, podrá cumplir algunos de los sueños que quedaron relegados, por ejemplo, la música: “Estoy aprendiendo a tocar el clarinete, me gusta muchísimo. Y leo, voy a nadar, y estaría encantado de transmitir mis experiencias, me pasaría horas hablando yo qué sé…, del tema internacional, ayudando a empresas con dificultades, me encantaría.  Todo eso lo puedo hacer ahora desde mi nueva situación en la empresa”.

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