La tarde cae despacio sobre San Martín de Unx. El viento tibio recorre las laderas donde la garnacha hunde sus raíces en un paisaje antiguo, modelado por generaciones de viticultores. Desde lo alto de la viña, Sara Valencia contempla las cepas que se extienden hasta el horizonte como un mar ordenado de verdes y ocres. La luz dorada del sol acaricia los racimos y dibuja sombras alargadas sobre el suelo pedregoso. En su mirada se mezclan el orgullo, la paciencia y el respeto por una tierra que conoce bien.
Parece que fue ayer cuando recorría estos mismos caminos de la mano de su abuelo Ángel, viticultor de toda la vida. Entonces, la vendimia era una aventura que comenzaba al amanecer y terminaba cuando el sol ya se escondía tras los montes. Nuestra protagonista observaba fascinada el ir y venir de los tractores y los remolques rebosantes de uva, que se cargaban y descargaban sin descanso. «Todo el mundo estaba coordinado. Era el evento del año», rememora.
Creció escuchando conversaciones sobre cosechas, acompañando a su abuelo por las viñas y aprendiendo a interpretar los ritmos del campo. No sorprende, por tanto, que al llegar el momento de elegir su futuro optara por estudiar Ingeniería Agrónoma en la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Más tarde complementó su formación con un Máster en Enología y otro en Dirección de Empresas Vitivinícolas. «En un inicio me planteé ser veterinaria porque me encantan los animales pero, viéndolo con perspectiva, mi vida siempre ha estado vinculada al vino. Creo que estoy donde debo estar», agrega.
EL NEXO CON EL CAMPO
Al finalizar sus estudios, fichó por INTIA como técnica agrícola de una finca de hortalizas ubicada en Cadreita. Después ejerció como enóloga en las Bodegas Máximo Abete, donde permaneció dos años. Con esta experiencia ya cosechada, se lanzó a emprender: «Los abuelos son ese nexo que aún nos queda con el campo,. Por eso se me ocurrió hacer un homenaje al mío. Me planteé elaborar mi propio vino bajo la marca Casa Genara. En los pueblos siempre se pregunta ‘¿y tú de qué casa eres, de la de menganito o la de fulanito?’. Mi bisabuelo se llamaba Genaro y mi familia siempre ha sido de casa Genaro. Yo soy la Genara. Y de ahí el nombre de mi proyecto».
«Ya he elaborado tres campañas, pero solamente he comercializado una. He vendido 1.200 botellas», detalla para acto seguido recalcar que, en esa campaña, utilizó 0,3 hectáreas de viñas. Actualmente gestiona dos y media y, en un futuro no muy lejano, esa cifra aumentará. «Mi idea es gestionar todas las viñas de mi familia, estamos ahora en pleno relevo generacional. También planté alguna el año pasado, pero plantar supone entrenar mucho la paciencia. El primer vino de ese viñedo puede salir en 2030», apostilla.
Su apuesta por el emprendimiento, la recuperación del vínculo con el territorio y la defensa de una viticultura arraigada al paisaje no ha pasado desapercibida. Recientemente, ha sido incluida por el Basque Culinary Center en la lista de los 100 Jóvenes Talentos de la Gastronomía. Un reconocimiento que recibe con ilusión y que la impulsa a «seguir creando». De hecho, ya está pensando en desarrollar nuevas referencias: «El reto siempre va a ser hacer nuevos vinos y gestionar más viñedos, pero estoy muy contenta. Mi vino ha llegado hasta Barcelona y La Rioja. Este sector me emociona. Soy una romántica del vino».
RESURGIR DE LAS CENIZAS
Pero el camino hasta llegar aquí no ha sido sencillo. Si hay un episodio que Sara recuerda con especial angustia es el de los incendios que arrasaron buena parte de la localidad en el verano de 2022. De hecho, el fuego también dejó su huella en los viñedos.
Su voz se torna más seria al evocar aquellos días. «Fue horrible. Veíamos cómo las llamas lo engullían todo a su paso. Había mucho miedo e incertidumbre porque no sabíamos hasta dónde iban a llegar, y ahora que hace mucho calor es inevitable estar en estado de alarma. El fuego es un monstruo», expresa.
Las consecuencias se dejaron sentir incluso después de que se apagaran las últimas brasas. El humo impregnó los viñedos y acabó afectando también a la calidad de la uva. Cuando llegó el momento de elaborar el vino, el resultado no fue el esperado. «Tenía sabor a humo. Era imposible sacarlo al mercado», recuerda.

Sara Valencia ya ha vendido 1.200 botellas de su marca Casa Genara, con la que quiere homenajear a su abuelo.
Lejos de desanimarla, aquella experiencia reforzó su compromiso con el sector. Aprendió que las viñas están expuestas a factores que escapan al control del viticultor y que, en ocasiones, la única opción es aceptar las pérdidas y volver a empezar: «El campo te enseña humildad todos los días. Hay años buenos y años muy duros. Lo importante es seguir adelante. A esta profesión tienes que dedicarle tiempo y mimo».
Con 30 años, ha encontrado el difícil equilibrio entre la tradición y el futuro. Compagina el cuidado de sus viñedos y el crecimiento de Casa Genara con su labor como técnica de proyectos vitivinícolas en la Fundación Emplea, donde trabaja impulsando iniciativas ligadas al desarrollo rural, convencida de que el porvenir de los pueblos pasa por generar oportunidades sin perder de vista sus raíces. Porque, para ella, el vino no es solo un producto: es paisaje, memoria y comunidad. Mientras el sol termina de esconderse tras las colinas de San Martín de Unx, las cepas permanecen en silencio, esperando una nueva estación. Y Sara las observa con la serenidad de quien sabe que la tierra devuelve, tarde o temprano, todo el cariño que se le entrega.












