A lo largo de los cuarenta años que han permanecido al frente del gimnasio Forma de Barañáin, Begoña Yerro y Martín Montoya han visto crecer a familias enteras. Han conocido a hijos y nietos de algunos de sus primeros clientes. Hace unos años, la familia de un usuario les llamó para comunicarles que este había fallecido. Antes de morir, había dejado escrita una carta en la que les agradecía el acompañamiento y el cariño recibidos. Un episodio que explica mejor que cualquier cifra por qué este gimnasio ha sobrevivido cuatro décadas.
Begoña, natural de Lerín, y Martín, nacido en Mendavia, llevan cuarenta años casados. Ella lo define como «un encanto», y él responde calificándola como «un cielo». Se miran con ternura. Entre ambos se percibe esa complicidad tranquila que solo da la confianza construida después de toda una vida juntos. Se casaron en mayo de 1986 y apenas habían comenzado su vida en común cuando dieron el paso de comprar la bajera donde todavía hoy se encuentra el centro deportivo. Se habían conocido cinco años antes, durante una noche de fiesta en Pamplona. Hoy siguen celebrando juntos los aniversarios y presumiendo de sus dos hijos, Javier y Fermín, profesor y matemático respectivamente. «Siempre están con nosotros y nos apoyan mucho», agradecen.
Solo hace falta cruzar la puerta del gimnasio para entender que se trata de un lugar único. Los usuarios no solo buscan ganar músculo o mejorar su aspecto físico. También quieren salud, compañía y una rutina que les ayude a sentirse mejor. «Hay ejercicio físico y un toque emocional. El ambiente siempre es bueno, y eso no es fácil porque vienen diferentes generaciones. Aquí cabe todo el mundo», remarca Begoña mientras despide con cariño a una usuaria de 18 años. «¡Adiós, bonita!», le dice.
La relación de ambos con el deporte comenzó mucho antes de emprender. Martín estudió Peritaje Industrial y compaginaba las clases en El Sario con los entrenamientos de taekwondo en el Gimnasio Lee, ubicado en la calle Monasterio de Fitero. Begoña, por su parte, estudió Informática, aunque de niña soñaba con los camiones. «Antes de casarnos, Martín ya daba clases de artes marciales y, aunque yo no tenía muchos conocimientos sobre deporte y salud, decidimos montar este pequeño centro deportivo», recuerda.
Cuando abrieron sus puertas, el panorama era muy diferente. «Además de sociedades deportivas como San Juan o Anaitasuna, había cuatro o cinco gimnasios de mil metros cuadrados que poco a poco desaparecieron, pero nosotros aquí seguimos», celebra Begoña.
La explicación de esa longevidad no está en las instalaciones ni en las modas deportivas, sino en la cercanía. Buena parte de los usuarios llevan décadas acudiendo al gimnasio, aunque no todo ha sido sencillo durante estos cuarenta años. La pandemia supuso uno de los momentos más complicados. «Fue difícil, aunque todo el mundo confió en nosotros. Organizamos muy bien la planificación de las clases para poder rastrear posibles contagios. Nadie enfermó», sostiene Begoña.
SIN RELEVO
Ahora, por primera vez, contemplan la posibilidad de pasar el testigo. Pero no se trata de una decisión inmediata ni precipitada. De hecho, ambos tienen energía y ganas de trabajar. «Estamos con ganas y fuerzas para seguir. Pero la jubilación está tocando nuestra puerta y ha llegado el momento de dar un cambio al gimnasio», señala Martín, también conocido como el sensei.
Por eso han comenzado a planear la venta del negocio. Lo hacen sin prisa y con una idea muy clara: encontrar a la persona adecuada. «Queremos conocer bien al próximo propietario y, si lo considera necesario, ayudarle en la transición para que coja confianza con los usuarios», subraya Begoña.
De hecho, no buscan simplemente al mejor postor. Aspiran a encontrar a alguien que entienda la filosofía que ha guiado al gimnasio durante cuatro décadas. «Esto va mucho más allá de un simple entrenamiento. Los usuarios necesitan acompañamiento. Nos gustaría que la nueva gerencia siguiera una línea continuista», incide.
Quien tome las riendas encontrará «un negocio consolidado». En la actualidad, el gimnasio cuenta con alrededor de 150 clientes. La mayoría son personas fieles que llevan años vinculadas al centro. «El 60 % son hombres y mujeres de 60 años. Es una base muy estable y acuden con mucha regularidad. Suelen venir más por la mañana, mientras que por la tarde vienen más los jóvenes. Durante siete años han venido cinco chicas que estaban preparando el MIR», detalla Begoña.
Cuando hablan de estos cuarenta años, las cifras quedan rápidamente en un segundo plano. Prefieren recordar las conversaciones, las amistades y los momentos compartidos. «Hemos dado alma, corazón y vida por el gimnasio Forma. Nuestros hijos nos han visto dedicar muchas horas cada día, y la gente nos ha devuelto ese esfuerzo con muchísimo cariño», resume el matrimonio. De cara al futuro sueñan con algo sencillo: disponer de más tiempo para estar juntos y acompañar a los padres de Begoña, Emérita y José Luis, ambos de 94 años. «Aún salen todos los días a tomar un Martini», cuentan entre risas.












