En un tiempo en que la arquitectura se enfrenta al desafío mayúsculo de reconciliar calidad de vida, sostenibilidad y justicia social, la vivienda protegida se ha convertido en uno de los campos de batalla más exigentes y, a la vez, más esperanzadores de la disciplina. Por eso, «soñar un poco también forma parte del trabajo del arquitecto», como dijo este sábado Patxi Mangado, impulsor del Campus Ultzama, en el cierre de dicho encuentro. Y es precisamente ese gesto de insubordinación creativa —soñar dentro o a pesar de los límites— el que ha marcado esta IX edición, promovida por la Fundación Arquitectura ySociedad y patrocinado por Nasuvinsa, sociedad pública de suelo y vivienda, que este sábado culminó con la exposición de tres propuestas de vivienda social ideadas para otras tantas parcelas en Barañáin, Arrosadia y Sarriguren propuestas por esta última entidad.
La sede del campus, el Centro Ecuestre Los Robledales, se convirtió en un laboratorio de pensamiento y diseño, en el que los debates sobre densidad, modularidad, privacidad, orientación o flexibilidad convivieron con preguntas más filosóficas: ¿hasta qué punto puede —o debe— la experimentación arquitectónica transgredir o expandir los límites de la normativa vigente? ¿Qué significa hoy, realmente, «hacer más con menos»? ¿Es posible hablar de belleza y confort sin incurrir en sobrecostes o elitismos?
En ese contexto fértil y provocador, la cita fue mucho más que una muestra de resultados: se convirtió en una puesta en común de visiones, lenguajes y compromisos. El propio Mangado recordó a los estudiantes que «lo más valioso de una experiencia como esta no son solo los proyectos que se terminan, sino las ideas que se cruzan» y que en su época de estudiante aprendió «tanto o más» de sus compañeros que de sus maestros.
PRIMER SOLAR: BARAÑÁIN
El primero de los grupos, coordinado por Andrea Deplazes, se enfrentó al reto de proyectar viviendas sociales para una parcela rectangular situada en Barañáin, con topografía variable y flanqueada por espacios verdes. El resultado fue una tríada de propuestas que abordaron el encargo desde ópticas muy distintas, todas ellas densas en contenido conceptual.
Bajo el título ‘Living, not Housing’ el primer subgrupo presentó una estructura modular basada en una malla de volúmenes cilíndricos que atraviesan transversalmente el edificio a modo de chimeneas. Más allá de su estética singular, estos elementos funcionaban como microespacios habitables en cada planta. Con unidades de una a cuatro habitaciones, todas ventiladas de manera natural, el proyecto apostaba por la prefabricación industrial como vía para equilibrar coste, eficiencia y calidad.

El debate sobre vivienda social ha incluido referencias en torno a la densidad, modularidad, privacidad, orientación o flexibilidad de dichos inmuebles.
La segunda propuesta abordó el solar desde un enfoque más radical, inspirada en la tipología de la veranda, entendida como galería abierta al entorno. El objetivo: garantizar dobles orientaciones y maximizar la ventilación cruzada. Cada módulo de vivienda se abría hacia dos fachadas, generando zonas flexibles que diluyen los límites entre lo privado y lo público.
El tercer proyecto para Barañáin reforzaba esa misma dialéctica entre espacio íntimo y colectivo, pero introduciendo una clara zonificación entre áreas diurnas y nocturnas en las propias viviendas. Las viviendas, de tipología compacta pero diversa (de dos a cuatro habitaciones), se estructuraban en torno a un eje central que articulaba zonas comunes amplias y permeables. La consigna: generar comunidad sin sacrificar privacidad.
Patxi Mangado: «Hacer vivienda social no es sinónimo de hacer mala arquitectura».
Durante el turno de comentarios, Patxi Mangado elogió la primera de las propuestas por su equilibrio entre innovación formal y viabilidad técnica, subrayando que «la buena arquitectura también consiste en saber cumplir con las reglas del juego». En cambio, fue más escéptico con las dos siguientes, por obviar —según sus palabras— «requisitos básicos», como la ventilación o la eficiencia de costes en el aprovechamiento del espacio.
Carlos Jiménez, por su parte, puso el acento en el peligro de «confundir experimentación con multiplicación o complejidad innecesaria», mientras que Deplazes defendió la necesidad de pensar más allá de la norma: «A veces, las regulaciones son un disparo a la creatividad«.
ARROSADIA: EXPANDIR LOS LÍMITES DE LA VIVIENDA
El segundo de los proyectos fue desarrollado por el grupo tutorizado por Carlos Jiménez y João Pedro Serôdio. La propuesta se situaba en Arrosadia, en una parcela que, como señalaron los propios estudiantes, sufre actualmente «una cierta desconexión funcional y espacial con las zonas públicas». Su respuesta fue un proyecto modular y fragmentado que aspiraba a tejer vínculos con el entorno. Mediante una articulación cuidadosa de volúmenes, pasarelas y corredores abiertos, el edificio proponía una diferenciación orgánica entre zonas privadas y colectivas, con espacios comunitarios visibles desde el exterior, zonas verdes y áreas de descanso concebidas como extensiones del habitar doméstico.
El propio Patxi Mangado lo resumió con agudeza: «Es un proyecto excelente, pero no es un proyecto de vivienda social». Y matizó: «Hacer vivienda social no es sinónimo de hacer mala arquitectura, pero sí implica responder a una necesidad muy concreta: ofrecer el máximo número de viviendas al menor coste posible, sin renunciar a calidad ni habitabilidad».
SARRIGUREN: FLEXIBILIDAD COMO PRINCIPIO
El último proyecto fue presentado por el grupo coordinado por Patxi Mangado y Franc Fernández, y se centró en una parcela ubicada en Sarriguren. Inspirados por las investigaciones del arquitecto portugués Fernando Távora, el grupo planteó una reflexión crítica sobre el modelo actual de vivienda protegida y propusieron una alternativa basada en la flexibilidad, la adaptabilidad y la eficiencia constructiva.
Su propuesta partía de una lógica de integración urbana: mantener la continuidad de fachada con los edificios preexistentes en la calle principal. Pero lo más característico del proyecto era su estructura interior: una suerte de «edificio vaciado» con un gran patio o calle central cubierta por una techumbre translúcida, atravesado por corredores, escaleras y espacios comunes que conectaban vertical y horizontalmente las distintas plantas. Este esquema no solo garantiza ventilación cruzada e iluminación natural, sino que también genera una espacialidad abierta, casi escenográfica, dentro del volumen construido.
Franc Fernández: «Tenemos la obligación de ofrecer a los inquilinos de vivienda social algo que pueda acompañarlas dignamente en cada etapa de su vida».
Las viviendas, de dos a cuatro habitaciones, contaban con terrazas cubiertas amplias y una distribución, que permitía adaptar los espacios a las distintas etapas vitales de sus ocupantes. «No se propone una única forma de vivir», explicaron los estudiantes, «sino un marco habitable que evoluciona con quien lo habita».
Desde el punto de vista constructivo, el proyecto apostaba por la prefabricación como herramienta para contener costes, destinar más recursos a los elementos de mayor impacto —como las fachadas— y asegurar una ejecución rápida y eficiente. Una arquitectura sencilla, pero no simplista; austera, pero con voluntad de permanencia.
Franc Fernández lo sintetizó con contundencia: «Es una propuesta baratísima que da respuesta a las necesidades de personas que probablemente solo puedan adquirir una vivienda en toda su vida. Tenemos la obligación de ofrecerles algo que pueda acompañarlas dignamente en cada etapa».
La jornada concluyó con la intervención de Javier Burón, director general de Nasuvinsa, entidad pública de suelo y vivienda del Gobierno de Navarra, que ha colaborado activamente en el desarrollo del Campus desde su inicio. Su intervención no solo cerró formalmente el acto, sino que introdujo con honestidad los dilemas estructurales a los que se enfrenta hoy la promoción pública de vivienda.

La Campus Ultzama ha reunido este año a veinte estudiantes de excelencia internacional en el campo de la arquitectura.
Burón fue directo: «No sabemos exactamente cuántas viviendas hacen falta en Navarra. Es un tema multifactorial que depende del crecimiento de la población, la evolución demográfica o la natalidad. Pero lo que sí sabemos es que necesitamos construir sin descanso”. Más que en la cantidad absoluta de unidades, insistió, hay que poner el foco en la diversidad tipológica, en la adaptabilidad y en la evolución futura del parque residencial. «La vivienda protegida ya no es barata de construir. En este momento, es extremadamente cara. Por eso, necesitamos nuevas ideas que piensen fuera de la caja. Y, si es necesario, cambiar la caja«.
Burón celebró la libertad intelectual y la potencia propositiva que había marcado esta edición del Campus Ultzama, al tiempo que subrayó el valor práctico de los ejercicios realizados. «Esta experimentación es muy interesante para nosotros. En los próximos seis a nueve meses vamos a cambiar la legislación sobre vivienda en Navarra. Y mucho de lo que hoy hemos visto aquí puede ayudarnos a decidir hacia dónde orientar ese cambio».
Javier Burón: «No sabemos exactamente cuántas viviendas hacen falta en Navarra pero sí sabemos que necesitamos construir sin descanso»:
La IX edición del Campus Ultzama ha juntado durante una semana a veinte estudiantes de excelencia internacional han convivido, debatido, diseñado y soñado formas posibles de habitar socialmente. Lo han hecho arropados por un equipo de arquitectos comprometidos con la dimensión ética y cultural de su disciplina, y en el marco de un programa que ha sabido equilibrar el trabajo de taller con el intercambio de ideas.













