Luis Moya acaba de hacerse con dos nuevas parcelas en Valdizarbe y San Martín de Unx. «Son superbonitas e interesantes. La idea es sacar un vino parcelario desde cada una de ellas. Muy poquitas botellas, entre 300 y 400», explica a Navarra Capital este ingeniero agrónomo de 42 años, que con sus nuevas adquisiciones ya posee 6 hectáreas en toda Comunidad foral. Y es que, al carecer de tradición familiar en el sector, el suyo no fue un viaje profesional típico. Dado que elabora vinos en instalaciones alquiladas y viñas prestadas o propias en multitud de sitios, Moya se autodefine como enólogo «nómada», una forma de trabajar que le ha permitido exportar sus botellas a tres continentes.
Su primera relación con el vino surgió casi por accidente: una asignatura optativa de análisis sensorial durante sus años de estudio en la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Y lo que comenzó como una excusa social -«unas copas los jueves por la tarde»- se convirtió en un primer paso hacia el mundo de las bebidas. «Fui propietario del Bar Presley en Burlada, donde empecé a tener contacto con comerciales de vino. Allí, más que copas, descubrí un mercado y una vocación», rememora.
Fue ese el momento en el que Moya decidió empezar a trabajar en una bodega cooperativa de Cárcar y cursar un máster de Enología y Viticultura en la Universidad Politécnica de Madrid. Su vida se volvió una danza entre tres mundos: estudiante, hostelero y aprendiz de viticultor. Cuando vendió el bar, lo hizo con el objetivo de desarrollar el proyecto que había comenzado en 2012 con su primera botella, Masusta (‘mora’ en euskera), procedente de las viñas que cuidaba en la localidad de Tierra Estella.
Ese fue el germen de LMT Wines, la marca bajo la que cultiva sus viñas a mano y sin mecanización y elabora nueve tintos, dos blancos, dos espumosos y un clarete de forma artesanal. «No uso herbicidas ni productos sintéticos. Por su parte, el trabajo en bodega depende del tiempo y del frío de los inviernos. Necesitamos el paso de dos inviernos para que los vinos limpien de forma natural porque no clarificamos. Y las uvas se pisan dos veces. El resultado son vinos con textura, frescura y carácter, que muestran su origen», detalla.

El enólogo pamplonés posee seis hectáreas de viñedos en la Comunidad foral.
En 2021, tras años de peregrinación vinícola, se estableció en una bodega de Cizur Menor. El espacio, antes gestionado por el asador y sidrería Martintxo, le llegó «casi por azar». Desde allí dirige un proyecto maduro y estable de 20.000 a 25.000 botellas anuales, sin intención de crecer en volumen. «Prefiero crecer en calidad y precio, no en litros», afirma. Además de su bodega, colabora en el proyecto Kimera -vinos en tinaja y espumosos- con Gonzalo Zelayeta, y elabora La Tapada, un vino de la DOCa Rioja con viñas de Azagra.
PLANES DE FUTURO
Seis de cada diez vinos producidos por este enólogo navarro ya están presentes en mercados extranjeros como Canadá (Quebec), Estados Unidos (Nueva York y California), México, Inglaterra, Suiza, República Checa y Dinamarca, entre los que su mayor mercado esta en Norteamérica. «De hecho, mi primer vino se vendió en Nueva York antes que en Pamplona», recuerda con humor. Así mismo, sueña con desembarcar en Asia, especialmente en Japón y Corea del Sur.
Aunque las granizadas recientes y los efectos del cambio climático han afectado a la cosecha de 2025, Moya avanza ilusionado que lanzará un blanco de alta gama con crianza en barrica y los nuevos vinos parcelarios de Valdizarbe y San Martín de Unx, así como producir junto a Celayeta una edición especial para celebrar los diez años de Kimera. «Cuando tu familia ve que haces lo que amas, y te va bien, no se puede pedir más», concluye ilusionado.










