El primer día de universidad, Marcos Fernández aterrizó en el aula con una mochila, un par de libros y una idea bastante clara en la cabeza: si quería destacar, no bastaba con sentarse en el aula y tomar apuntes. «Para ser periodista tienes que moverte», le habían aconsejado a la hora de escoger la carrera. Y así, antes incluso de aprender a escribir una entradilla perfecta, ya estaba narrando una historia: la suya. Sin filtros excesivos ni grandes discursos, abrió una cuenta de TikTok e Instagram y comenzó a publicar vídeos.
«Al principio subía curiosidades de todo tipo, luego me centré en contar mi día a día como estudiante universitario. Poco a poco, los vídeos cogieron tirón y decidí crear mi propia marca», relata para acto seguido remarcar que comenzó a operar bajo el nombre The Markusss.
Su primera idea fue diseñar pegatinas. Lo que empezó como algo anecdótico pronto se convirtió en una escena habitual en los pasillos de la facultad. Marcos ya no caminaba solo entre clase y clase: compañeros de aquí y de allá le paraban para saludarle, pedirle una pegatina o sacarse una foto. Ese reconocimiento dentro de la universidad le confirmó que iba por el buen camino, y optó por dar el siguiente paso: ofrecer sudaderas.
AYUDAR A LOS DEMÁS
Hizo una pequeña tirada y enseguida comenzó a mostrar resultados en redes y entre su círculo más cercano. La respuesta volvió a sorprenderle: mensajes preguntando precios, tallas y cómo conseguir una. Fue entonces cuando entró en juego una idea que cambiaría el sentido del proyecto. Una amiga de su madre, que trabajaba en el Banco de Alimentos de Navarra, le propuso que el dinero recaudado con la venta de las sudaderas se destinara a la entidad. Marcos no lo dudó demasiado: «Tenía claro que, si esto estaba creciendo, quería que sirviera para algo más».
La iniciativa le dio un nuevo impulso a la marca. Las sudaderas no solo representaban a The Markusss, sino también una forma de colaborar con quienes más lo necesitaban. Así, entre clases, grabaciones y pedidos, nuestro protagonista ha aprendido a sus 18 años que contar historias implica tomar decisiones. Y que, a veces, una prenda de ropa puede convertirse en un pequeño gesto con un impacto mucho más grande de lo que uno imagina.













