"De mayor quiero crear mi propia empresa", suspiraba el pequeño Álvaro Aguas. Por aquel entonces, su mundo podía resumirse en el olor a serrín que desprendían sus manos cuando trataba de fabricar algún cachivache, el crujido del pan recién horneado o la aventura de convertir cualquier cosa en algo útil o delicioso. No sabía dónde deseaba enfocar su punto de mira, pero le apasionaban la comida y la carpintería. Lo que todavía no adivinaba era que, al cumplir los 26, fundaría su propia lavandería. "Es un sector que, de primeras, no tiene nada que ver con mis gustos de la infancia… ¿O quizá sí?", se aventura a cuestionar hoy tras detallar que trabaja para hoteles y restaurantes.

Su trayectoria profesional comenzó a desarrollarse en empresas como el Grupo IAN o General Mills hasta que la oportunidad de emprender se presentó ante él como una tabla en blanco, lista para ser lijada, barnizada y transformada en algo propio. Fue entonces cuando nuestro protagonista, sin dejar del todo atrás su amor por la cocina ni el placer de crear con las manos, decidió lanzarse al agua -como su propio apellido indica- y tomar las riendas de una pequeña lavandería que acababa de cerrar sus puertas en su Peralta natal.

DE PERALTA A VILLAFRANCA

"Pasé de no haber puesto una lavadora en mi vida a ponerla a todas horas", expresa entre carcajadas. El local apenas sumaba veinte metros cuadrados y un par de equipos de lavado. Y comenzó a dar vueltas (nunca mejor dicho) al nombre con el que bautizaría a la empresa: "En latín, 'limpidum' significa limpio. Por eso llamé a la compañía Limpalium", detalla para acto seguido recordar que la mayoría de clientes, casi todos ellos vecinos de la zona, acudían a las instalaciones con un edredón, sábanas o toallas que su maquinaria doméstica no podía amansar.

Pero aquel primer establecimiento pronto se le quedó pequeño. Las máquinas rugían sin descanso y los cestos se apilaban como si tuvieran vida propia, así que se mudó a otro local, ubicado en el mismo municipio. Allí, poco a poco comenzó a asumir pedidos de empresas. Pequeños comercios, hoteles, restaurantes… Necesitaban mantener limpias su ropa de cama y mantelería. Y Álvaro se convirtió en su guardián textil.

Este último año, Limpalium ha aumentado un 30 % su facturación y plantilla, conformada por veintidós personas.

"Entonces, fue momento de crear un proyecto mayor y opté por mudarme a una nave de unos 800 metros cuadrados en el polígono industrial Alesves de Villafranca", relata. Desde entonces, la compañía ha experimentado un "crecimiento sostenido". De hecho, a lo largo de este año ha aumentado su plantilla y su facturación en un 30 %: "Actualmente somos veintidós los profesionales que conformamos la plantilla".

UN "CRECIMIENTO SOSTENIDO"

La compañía fundada por Álvaro presta sus servicios a unas 80 empresas de Navarra y La Rioja. Entre ellas se encuentra el Grupo Tagliatella, que suma seis restaurantes en ambas comunidades. "El 90 % de la ropa que lavamos es nuestra y se la alquilamos a las entidades", puntualiza.

Lavadoras, secadoras, planchas, plegadoras… Cada paso del proceso está perfectamente orquestado para garantizar que la ropa vuelva impecable, lista para una nueva jornada de trabajo. Además, la compañía navarra cuenta con cuatro furgonetas que recorren cada semana las carreteras, como mensajeras silenciosas de una cadena que no se detiene. Recolectan las prendas usadas para devolverlas perfumadas con aroma a limpio. 

A sus 34 años, Álvaro todavía recuerda con cierto vértigo los primeros días de esta gran aventura. Hoy recorre con paso firme la nave industrial, donde la maquinaria zumba a un ritmo veloz. Pero más allá de cifras y mecanismos industriales, le sigue moviendo lo mismo que el primer día: las ganas de hacer bien las cosas, con los pies en la tierra… y las manos siempre tan limpias como la ropa que entrega.