lunes, 29 mayo 2017

El paro, la precariedad, la emigración… la desesperación en muchos casos está marcando a una generación que tiene ante sí un futuro con un adjetivo inseparable: incierto.

LAS CAUSAS

Javier OngaySi analizamos las razones por las que los años venideros aparecen ahora, como nunca en las últimas décadas, tan llenos de interrogantes la conclusión parece clara: porque aquellos pilares que tradicionalmente suponían los anclajes seguros sobre los que construir un porvenir están tambaleándose.

Hoy la única certeza es la incertidumbre, como lo único permanente parece ser el cambio. Y éste es el campo de juego de nuestros jóvenes. Veamos los ejemplos más significativos.

EL TRABAJO

Sobre la aportación de los conocimientos y habilidades personales a la producción de bienes y servicios, a cambio de una remuneración (eso que se llama “trabajar”) el ser humano ha construido desde siempre su proyecto personal. Vivir es mucho más, por supuesto, pero nuestra forma de vida se apoya en parte en la satisfacción de necesidades y deseos que exigen una cierta capacidad económica…, que, salvo excepciones, construimos a partir de un trabajo remunerado.

Pues bien, los jóvenes se encuentran con que el acceso al trabajo, y todo lo que ello significa, se ha complicado. Poder elegir es ya una utopía, la proporcionalidad entre oferta y demanda ha saltado por los aires, la correspondencia entre preparación académica/profesional y funciones a ejercer es más excepcional que habitual, y, en fin, el concepto de “puesto de trabajo”, como luego veremos, responde ahora a un qué, cómo y dónde distintos a lo que era costumbre.

RELACIONES SOCIALES

El Grant Study emprendido por William T. Grant y el Genetic Studies of Genius de Lewis Terman son dos de las importantes investigaciones que se han hecho sobre la felicidad, ambas con la particularidad de apoyarse en los datos obtenidos durante más de 70 años sobre una muestra permanente de población. Ello supone que las conclusiones no reflejan un momento determinado de la existencia sino prácticamente toda la vida de una persona.

Ambos estudios coinciden en afirmar que la felicidad personal se sostiene, más que en ninguna otra causa, en el amor, entendido no solo como circunscrito a la pareja sino representado en el intercambio afectivo con un prójimo amplio.

¿Y qué está ocurriendo hoy con las relaciones personales? Que Internet ha hecho saltar por los aires el escenario y las formas en las que, desde el origen de la vida humana en sociedad, se habían establecido tales relaciones.

Éstas se habían construido hasta ahora de manera concéntrica: alrededor de uno mismo, como núcleo invariable, iban tejiéndose estructuras de contactos con un grado diferente de vinculación conforme se iban alejando del centro. Hoy las relaciones personales se asemejan más un Cubo de Rubic, dicho con un símil más cercano, a una red. Cada uno, merced a las redes sociales sobre todo, nos hemos convertido en seres poliédricos, de difícil identificación y no digamos conocimiento.

Además de personas, somos también personajes. La privacidad ya no es accesible tan sólo a los círculos más próximos como antes, sino que queda expuesta a propios y extraños; es más, la capacidad de juzgar, aconsejar opinar sobre nuestra vida y decisiones ya no se hace previa selección personal de los interlocutores que nos merecen más crédito sino que se transforman en un like, un comentario, un retuit o una conversación con un desconocido cuyo único aval es, quizá, su cantidad de followers. Las relaciones ya no se sustentan solo sobre la persona con su nombre y apellido, sus miserias y grandezas, su inteligencia e ignorancia…, todas ellas ciertas, de carne y hueso, sino sobre un “perfil” construido a medida (un personaje) al que adjudicamos la responsabilidad de nuestras relaciones, basadas a veces más en la cantidad que en la calidad.

DEMOCRACIA

Nos enseñaron que la democracia era el sistema político más perfecto y adecuado para organizar nuestra convivencia sobre la justicia y la libertad. Por ellas se ha peleado y son hasta hoy nuestro gran argumento “democrático”. Pero, ante los ojos de nuestros jóvenes, incluso esto ha dejado de funcionar.

Los responsables de actuar como referencia y ejercer de modelos de la democracia, la justicia y la libertad han sido desenmascarados en su hipocresía en más casos de los que el cuerpo social puede soportar. La decepción con la política se generaliza. Por eso los nuevos movimientos, liderados por jóvenes, dicen buscar la devolución de la política al pueblo (como si hasta ahora los Parlamentos hubiesen estado ocupados por extraterrestres). Y de ahí surgen las dudas: ¿es el sistema o son las personas? y, sobre todo, ¿cuáles son las alternativas?

Sobre estos mimbres de inseguridad, de cambio y de decepción pedimos a nuestros jóvenes que construyan su vida, con el agravante, por otra parte, de haberles privado en su educación del principal antìdoto para estas situaciones: el esfuerzo y su valor. Así, el panorama que ven desde la ventana de sus 18-20 años no es precisamente alentador.

FUTURO ¿IMPERFECTO?

A pesar de todo, este dibujo un tanto tenebroso, de inevitable trazo grueso, tiene al lado esperando un lienzo aún en blanco. Bueno será, por tanto, avanzar un posible boceto.

En primer lugar, consuela saber que tampoco lo que hoy ocurre y tanto nos preocupa es totalmente nuevo. Nuestros abuelos o padres, los que nacieron en el primer cuarto del siglo pasado, recibieron en herencia un país torturado a sí mismo, arrasado y censurado. Y salieron adelante desde la plataforma más difícil, la de la mera supervivencia.

La segunda consideración cae de su peso y quizá por obvia los jóvenes tienden a olvidarla. Su futuro no está escrito porque es sencillamente suyo. Quizá la herencia que les dejamos no sea la más apetecible, quizá los reproches a todo y a todos estén más que justificados, pero el lienzo sigue aún en blanco y su contenido, sus colores, su estilo…, el resultado está en sus manos.

Y, por último, en esta jungla civilizada, como en la otra, la subsistencia y el crecimiento se han demostrado alcanzables en la medida en que se posea capacidad de adaptación. Y no confundir adaptarse con conformarse, ni mucho menos con rendirse. Pero de esta época en la que los cambios parecen acorralarnos saldremos airosos, por una parte, si entendemos que el cambio es ya la norma y no la excepción; y, por otra, si asumimos que hay que acomodarse al nuevo escenario como actores y no como espectadores.

Javier Ongay

Consultor de Comunicación y MarketingFormador

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