domingo, 28 mayo 2017

Así, y más fuerte aún, es el grito que muchos pegan cuando saben que deben hablar en público. Sienten pánico y ganas de que la tierra les trague. Pero, ¿por qué ocurre esto? En cierta manera, es un miedo difícil de entender.  No duele, como el dentista,  y no es repugnante, como las serpientes (que me perdonen las culebras, víboras y demás familiares… y también los odóntologos). En cambio, hablar en público es un miedo que paraliza porque, en realidad, sí duele. No físicamente, sino más arriba. Más, más arriba. Ahí, sí, ahí: en el pundonor.

El sentido del ridículo está menospreciado. No figura entre los 5 sentidos principales y muchos lo tenemos más desarrollado que el olfato. Saltan todas las alarmas si nos caemos indecorosamente y nos sentimos humillados. Y el subirse a un escenario o hablar ante un auditorio da vértigo a muchas personas. Se sienten indefensos, desvalidos, expuestos.

Ochoa

Fotos de Eduardo Buxens

Pero… no quiero seguir profundizando en esa sensación, porque en el peor de los casos voy a lograr que tengan miedo a volar quienes no lo tienen. ¿Qué se puede hacer para sentirse cómodo? Porque hay algo de inevitable en todo esto: tocarnos hablar delante de los demás, tarde o temprano, nos va a tocar. Así que, manos a la obra:

Prepáralo bien: cuanto más claro tengas qué quieres decir, mejor te saldrá todo. Y una vez que lo tengas claro, redúcelo a la mitad, o mejor, a una quinta parte. Procura ser breve. Los demás lo agradecerán y, además, ¿no decías que no querías hablar?
Resume en tres o cuatro puntos los mensajes clave que deseas trasladar a tu auditorio. Y asegúrate de expresarlos con claridad y sencillez.
Trata de conocer el mayor número de detalles del lugar en el que harás tu exposición: hay escenario, atril, cuánta gente se prevé que irá, después de quién hablarás, cómo es el evento en su conjunto… Todos estos datos te ayudarán a visualizar el lugar y a familiarizarte con el entorno.
Sonríe, sonríe, sonríe. La sonrisa es contagiosa. La transmites a los demás y te da fuerzas a ti mismo.
Empieza con fuerza y decisión. Coge aire y arranca. Y ni se te ocurra empezar con excusas y debilidades “bueno, espero no aburrirles, no tengo nada que contar, pero bueno, me han dicho que hable…” Así aburrirás y darás pena por partes iguales.
Diálogos¿Leo o no leo? La respuesta para 10 es “No leas”. Hablar, expresarte con tus palabras, dirigirte al público y conversar con él es la mejor de las fórmulas para comunicar de verdad. Pero al principio, esto da un miedo atroz y conviene empezar poco a poco. Tener un papel escrito da una gran seguridad: tienes ahí las palabras y puedes leerlas. Eso sí, trata de hacerlo con naturalidad y evita el tono de lectura. Y un par de consejos, utiliza un tamaño grande de letra que te permita leer con facilidad y “mancha” tu documentocon colores, subrayados, marcas,… lo que sea, pero que te permita ver de un vistazo qué es lo importante y dónde estás.
Ensaya: búscate alguien de confianza que te aprecie y que sepa animarte a la vez que sea sincero. Cuanto más lo practiques, más conocerás aquello que quieres decir y te resultará más sencillo. Si no tienes a nadie a mano que te pueda ayudar, tienes el espejo: obsérvate y sé benevolente.
– Cultiva tu ánimo: te conoces mejor que nadie, así que antes de hablar, haz algo que te guste, que te dé energía o que te recuerde lo bueno que eres (salta, recuerda aquel gran día, piensa en los tuyos o échate colonia!!!) Lo que sea, pero sal con toda tu fuerza. Vas a hacerlo bien.
– Y una vez en el escenario, contacta con tu público. Trata de que tu mirada recorra todo el auditorio poco a poco, centra unos segundos la mirada en algunas de las personas más sonrientes y amables, pero tampoco dilates en exceso ese contacto ya que puedes intimidarles.
– Y el más difícil todavía: sé tú mismo. No hay nadie igual a ti. Y yo quiero verte a ti y no a otro. Que se note tu personalidad.

Hablar en público es como conducir. Al principio se nos amontona el acelerador, la palanca de cambios y el retrovisor. Luego, todo fluye y casi ni somos conscientes de qué pie es el que pisa el freno. El reto es encontrar el modo en el que puedas sentirte seguro y tranquilo. En realidad, no hay tanta diferencia entre hablarle a una persona que a 10. O a 50. O a 300. Lo juro.

 

Cristina Ochoa

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