lunes, 4 julio 2022

Carlos Cánovas, el Príncipe de la fotografía

Es el primer fotógrafo que logra el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Un galardón que recibe este sábado en Olite y que distingue no solo su trayectoria artística y profesional, sino también su labor formativa y de divulgación en torno a una actividad en la que ha conseguido el reconocimiento unánime. Carlos Cánovas acepta los halagos con la misma naturalidad que parece marcar su carácter.

Miguel Bidegain
Pamplona - 19 septiembre, 2020

Entrada patrocinada por Banco Sabadell

Carlos Cánovas, en el estudio donde aún conserva su antigua cámara. (Fotos: Maite H. Mateo)

Al llegar a su casa de Zizur, nos encontramos en el exterior a la esposa del fotógrafo, Juana Beorlegui. Como si fuéramos familiares o amigos de toda la vida, nos indica que subamos por la escalera hasta la planta de arriba, que allí encontraremos a Carlos Cánovas. Halagados por tal muestra de confianza, accedemos a un desván lleno de fotos de todos los tamaños, libros, cámaras y aparatos varios, donde el galardonado posa para nuestra fotógrafa, un tanto nerviosa porque está retratando a uno de los grandes de la profesión. Nos solidarizamos con ella porque nos pasa lo mismo cuando tenemos que hablar con periodistas de renombre. Pero Cánovas elimina cualquier posible distancia y, mientras obedece dócilmente las indicaciones de cada posado, le dice que si él tuviera que hacer esas fotos le saldrían peor, que no sabe hacer las que le piden en las reuniones de allegados. “Cada uno vale para lo que vale”, remata con un gesto que podría equivaler a un “qué le vamos a hacer”.

También resta importancia a su talento cuando le felicitamos por haber obtenido el premio más importante de la cultura de Navarra: el Príncipe de Viana“Bueno, ha ocurrido y estoy muy contento. Pero no va a cambiar ni mínimamente mi trayectoria. Me dieron el premio y eso me hizo feliz, pero al día siguiente estaba haciendo lo mismo que el anterior”. Eso sí, deja claro que le satisface el galardón. “Que a uno lo reconozcan en su propia comunidad es una suerte que mucha gente merece, pero no tiene la fortuna de conseguirla. ¿Te dan un premio? Fenomenal. ¿No te lo dan? Fenomenal también. ¡Sin premio he estado 45 años y no me ha pasado nada!”, añade.

Carlos Cánovas está convencido de que jamás dejará de hacer fotos.

Carlos Cánovas está convencido de que jamás dejará de hacer fotos.

Tiene 69 años, que no aparenta a pesar de que ha superado un cáncer y el Covid-19. Cuenta que su padre era de Totana y su madre, de Ollo. “Por eso mis apellidos son Cánovas y Ciáurriz, Moreno y Armendáriz. Soy una mezcla, que es lo bueno. Ja, ja, ja. Se conocieron porque, en aquellos años convulsos de la posguerra, él era empleado de banca; estuvo seis años movilizado, con el uniforme de aquí para allá; y la última etapa la pasó en Pamplona”. Se casaron, vivieron un tiempo en la provincia de Albacete, en Hellín, y volvieron a Navarra cuando Carlos tenía seis meses tras conseguir su padre el traslado laboral. Estudió bachillerato con los Maristas y le ilusionaba convertirse en periodista. “Pero hice Comercio porque era lo que mi padre quería. Tenía una enfermedad que hoy tendría cura, pero entonces no. Y un poco por atender sus deseos acepté, pero cuando el hombre murió cerré los libros y no terminé”, rememora.

“Me hacía ilusión ser periodista, pero hice Comercio por complacer a mi padre, que estaba enfermo. Cuando murió, lo dejé”.

Pasó al peritaje mercantil, que tampoco acabó. “Y debía haberlo hecho, más que nada por no dejar todo a medias. Pero la verdad es que nunca pensé en vivir de eso”.

Después le resultó útil porque creó, junto a su mujer, una pequeña empresa relacionada con la fotografía. “Me vino bien tener unos mínimos conocimientos de esto porque si no… Es que los artistas somos gente como muy loca y eso de las cuentas y tal como que no. También ahí soy una mezcla”.

Al igual que su padre, comenzó a trabajar en un banco, aunque pronto probó con la imagen. “Comencé haciendo cine, manejaba la cámara e hicimos un par de películas semiprofesionales con unos equipos muy modestos. Aquello no me hizo feliz porque soy muy individualista y el cine es una labor de equipo. Yo quería hacer las cosas de una forma, el director de otra…”. La fotografía, que ya practicaba, se ajustaba más a su perfil porque le permitía controlar todo el proceso. La conoció gracias a su padre, que al estar enfermo tenía que pasar muchas horas en casa y, para distraerse, compró una ampliadora y revelaba las fotos familiares que hacía: “Yo tendría cinco o seis años y me enseñó a procesar, revelar los rollos. Aquello de ver cómo iba saliendo la imagen en el papel sumergido en la cubeta de ácido me parecía magia, me dejó tocado definitivamente. En la adolescencia estás a otras cosas, pero después de las películas, cuando vi que tenía que hacer algo yo solo, volví a las fotos”.

“Comencé haciendo cine, pero soy muy individualista y me pasé a la fotografía porque ahí puedo controlar todo el proceso”.

Tenía 21 o 22 años cuando se compró su primera cámara profesional. Compaginó su trabajo como administrativo con la fotografía, “dos actividades que son la antítesis”, hasta que llegó el momento de optar. “Elegí ser fotógrafo, me gustaba mucho más, a sabiendas de que era un mundo económicamente más incierto. Pero era lo que me pedía el cuerpo”. Reconoce que, al principio, le parecía imposible vivir de la fotografía. “Es que tampoco me apetecía nada poner un estudio para hacer BBC (bodas, bautizos y comuniones). Pero, por otra parte, no era factible vivir de la fotografía digamos de autor o creativa…  Hombre, si querías pasar hambre… Ja, ja, ja”.

En su estudio, guarda numerosas imágenes impresas en blanco y negro.

En su estudio, guarda numerosas imágenes impresas en blanco y negro.

Carlos explica que, a mediados de los 70, “se empezó a creer un poco” en la fotografía. “Porque, hasta entonces, oficialmente ni siquiera tenía rango de arte”, con lo que se abrieron posibilidades de ganarse la vida, “aunque fuera de mala manera”. Entre otras cosas porque era una actividad cara que él financiaba con su sueldo y presentándose a los numerosos premios de fotografía que se convocaban. “Gané bastantes y me iba bien, pero comprendí que hacía fotos para ganar concursos y eso no me parecía ser honesto conmigo mismo. Hacia 1981 dejé de hacerlo y pasé una temporada más cruda sin esos ingresos”.

PAREJA A LA AVENTURA

Cuando salía del trabajo, entraba en el cuarto oscuro y le daban “las tres de la madrugada”. Hasta que se dio cuenta de que “las dos cosas no podían ser”. Corría el año 1972. “Con el inestimable apoyo y la comprensión de mi mujer, que entendió mi situación, nos lanzamos los dos a la aventura. Hacíamos copias y trabajos externos, cosas de conservación y para museos, exposiciones…”. No le importa hablar de su vida y la va desgranando sin necesidad de hacerle preguntas. A veces incluso nos hace partícipes de sus reflexiones: “Es curioso, pero no existe un nombre en castellano para esa actividad profesional. En Francia sí, ‘maître tireur’. Y en inglés también, ‘prime maker’. ¿Tirador? ¿Impresor?… Impresor es otra cosa…”.

“Gané bastantes concursos y me iba bien, pero comprendí que hacía fotos para ganarlos y eso no me parecía ser honesto conmigo mismo”.

De eso hace ya más de 30 años. “Y después de todo no me ha ido tan mal”, dice ladeando un poco la cabeza, como si no acabara de creérselo. Los encargos le permitían financiar su actividad fotográfica personal, pero también le restaban tiempo. “Estaba siempre como en la cuerda floja, en un equilibrio muy inestable. En estos 30 años hemos pasado mejores y peores, bueno, como todo el mundo”. A lo largo de ese tiempo, la fotografía ha vivido la revolución digital, a la que no llegaron a adaptarse numerosos profesionales, pero sí lo hizo Carlos Cánovas: “Me pareció que era una oportunidad de cambio, de revisar planteamientos… Llevo en esto 48 años y solo doce en el mundo digital. No soy un nostálgico de lo químico, pero tampoco reniego de aquella etapa y no descarto que, en algún momento, coja la cámara de placas. Por qué no…”. Vuelve al laboratorio:Había veces que entraba de noche y salía a la noche siguiente, con esa luz roja… Solía decirse que el laboratorio es mitad claustro materno, porque estás ahí en un ambiente tibio y creando algo, y a la vez prostíbulo”, recuerda entre carcajadas.

Paisaje de Bilbao en una fotografía de Cánovas.

Paisaje del Bilbao industrial. (Foto: Carlos Cánovas)

A pesar de su pequeñez, Navarra ha contado con grandes fotógrafos. Y cita a varios como Julio Altadill, Miguel Goicoechea, Nicolás Ardanaz, Pedro María Irurzun… “Hicieron cosas muy notables. Y luego está la generación más reciente: Pío Guerendiáin, Clemente Bernad, Miguel Bergasa… Mi amigo Koldo Chamorro venía a trabajar aquí, era un tío muy divertido. ¡Anda que no nos hemos reído y discutido también! Navarra tiene presencia, lo cual está muy bien y debería hacer pensar a nuestras autoridades que, a lo mejor, hay que apoyarles más”, dice, curiosamente, en tercera persona.

“Lo único que he hecho ha sido sacar las fotos que me apetecía. Muchas eran de todo menos comerciales“.

IDENTIDAD FOTOGRÁFICA

Las imágenes de Carlos Cánovas han obtenido tal reconocimiento que cuelgan en los museos junto a las de algunos ilustres. Un logro al que resta solemnidad. “Es una labor de tiempo. He dado muchas clases, y les decía a mis alumnos en la UPNA que el problema de los fotógrafos jóvenes es la prisa. A ver, sin dar mucho la paliza, la fotografía es un medio que utiliza una tecnología que, a veces, tiende a despersonalizar tu obra. Por eso es tan difícil marcar un territorio propio, que la gente vea una imagen y diga ‘es de fulano’. Se trata de una labor que lleva tiempo. Tienes que estudiar equis años, cinco por ejemplo, y te hacen falta otros cinco de práctica para empezar a ser tú mismo. Son diez años de proceso, pueden ser más, hasta que llegas a configurar tu personaje fotográfico”.  ¿Y cómo es el personaje fotográfico de Carlos Cánovas? Sonríe y contesta. “Lo único que he hecho ha sido sacar las fotos que me apetecía. Muchas eran de todo menos comerciales. Supongo que eso, a la larga, es lo que ha cristalizado en mi identidad fotográfica, más allá de que a algunos les guste y a otros no”.

El hecho es que sus imágenes son reconocibles. Por ejemplo, sus series de paisajes urbanos desangelados, sin figuras humanas, emplazados muchas veces en los alrededores de Pamplona. Para mí, la fotografía no exige irse a China o Alaska, aunque acabo de terminar ahora un trabajo en Budapest. Tengo una serie que se llama ‘El séptimo cielo’, que son fotografías hechas a lo largo de doce años en dos kilómetros alrededor de esta casa. ¡Si está todo ahí!”, asiente apuntando con el dedo hacia la ventana. “bueno, esa es mi postura. Hay dos vías, la de aquellos fotógrafos que nos acercan lo lejano y la de quienes nos hacen exótico lo cercano. Está claro que yo soy más de éstos”.

“Tengo una serie hecha a lo largo de doce años en dos kilómetros alrededor de esta casa. ¡Si está todo ahí!”.

Hacía las fotos en blanco y negro porque así podía controlar todo el proceso. No sucedía lo mismo con el color porque le resultaba inviable tener las instalaciones necesarias para él solo. Pero la llegada de lo digital lo hizo posible. “Y, ahora, trabajo indistintamente. La serie ‘El séptimo cielo’ la entendí desde el principio en color, ya que le aportaba una dimensión emocional. Pero la de Budapest es en blanco y negro porque así vi la ciudad: unas paredes de ladrillos oscuros, de descampados… Me pedía a gritos el blanco y negro. ¿Cómo puedes justificarlo conceptualmente? Pues solo hasta cierto punto, es una impresión”.

SIN PERSONAS

En sus imágenes raramente aparecen personas, pero nos atrevemos a insinuar que son sociales porque el rastro de la gente está en una pintada, en esos ambientes urbanos degradados o en un montón de escombros. Asiente con la cabeza y, tras unos segundos de pausa, como si no hubiera reparado en ello, lo confirma. “Yo diría que sí, que tiene una vertiente social que en mi trabajo es fundamental… No es que asuma un compromiso militante de denuncia, simplemente constato que eso está ahí. Son lugares que tienen historia, en los que han pasado cosas, al contrario que una terminal de aeropuerto o las áreas de servicio, que son no lugares, como dice Marc Augé”.

Alicante, a través del objetivo del fotógrafo navarro. (Foto: Carlos Cánovas)

Alicante, a través del objetivo del fotógrafo navarro. (Foto: Carlos Cánovas)

Entonces, esboza una leve sonrisa para explicar por qué muchas de sus fotos son sin personas. “Tengo un problema para fotografiar a la gente. Soy bastante tímido y para retratar personas hay que mantener la mirada del otro. A veces con cierto descaro, utilizas al otro en provecho propio y no valgo para eso. Además, en esos paisajes urbanos solitarios, si colocas una figura atrae las miradas y a mí me interesa el escenario”.

Es un narrador amenísimo, la conversación fluye y se alarga, se alarga… Nos anuncia que debemos terminar y que, aunque esté jubilado, nunca se podrá retirar. “Me pasa como a los pintores o a los escritores. No puedes abandonar una actividad artística que de suyo es patética porque está tocada por el ‘pathos’, la pasión, y porque la perfección que buscas nunca la vas a alcanzar. Eso es lo que me empuja. Y para dejar de hacer fotos pues no sé, tendrían que desaparecer las pilas y dejar de funcionar las cámaras… Bueno, pues entonces me fabricaría una con una caja de zapatos. Ja, ja, ja. ¡O me pondría a escribir! La artística es una actitud vital!”.

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