En la penumbra tibia de la tarde, la alsasuarra Belén Gómez inclina la cabeza y contempla su obra. La máquina de coser late igual de acompasada que un corazón. Bajo su aguja, el hilo dibuja con delicadeza un eguzkilore sobre un pañuelo, pétalo a pétalo. Sus dos perros reposan rendidos a sus pies, sincronizando su respiración con el murmullo mecánico.
Lleva dos años bordando «emblemas de la cultura vasco-navarra». A su modo de ver, cada puntada es también un gesto de arraigo. «Mi historia con la aguja se inició hace muchísimo tiempo. De hecho, creo que comenzó cuando empecé a tener uso de razón… Mi madre trabajaba como modista y me enseñó a bordar a mano cuando yo apenas tenía seis años», relata. Recuerda con cierta nostalgia aquellas tardes en casa, cuando el sonido de las tijeras y el roce de los tejidos marcaban el ritmo del día, y ella observaba en silencio, casi con devoción, cómo de un trozo de tela podía nacer algo nuevo. A veces jugaba con retales que su madre le dejaba. No eran más que pequeños fragmentos de colores que, quizá, para otros fueran simples sobras. Pero en sus manos se convertían en tesoros. Enhebraba y cosía, enhebraba y cosía, enhebraba y cosía… Y así, en aquel gesto repetido, adoptó una forma propia de mirar el mundo: atenta al detalle, a lo pequeño y a todo aquello que solo se revela cuando se observa despacio.
Desde entonces, el hilo se convirtió en una extensión de los dedos. Sabía que, de una forma u otra, su vida estaría ligada al arte y a la creatividad, aunque no tuviera aún del todo claro el camino. Aun así, optó por una ruta quizá más convencional: estudió Turismo y más tarde complementó su formación con un grado superior en Administración. Pero incluso entre apuntes, horarios y prácticas, la necesidad de crear con las manos permaneció ahí, silenciosa y constante.
A LOS PIES DE URBASA
Sus estudios le ayudaron a «lanzarse a la aventura en el sector hotelero» y, desde hace ya una década, regenta la casa rural Imaz Etxea, en Olazagutía / Olazti. Se trata de un refugio de calma compuesto por cuatro apartamentos independientes donde cada detalle respira cuidado y cercanía. Desde sus ventanas, las vistas a la sierra de Urbasa se despliegan fascinantes. Allí, entre la atención a los huéspedes y el pulso cotidiano del alojamiento, Belén ha sabido tejer otra forma de vida, en la que conviven la hospitalidad y la creación, el oficio aprendido y la intuición heredada. «Era la antigua casa de mis suegros y se ubica en pleno centro del pueblo, junto a la plaza. La verdad es que lo de emprender es algo que en la familia llevamos dentro», agrega.
Hace dos años decidió, por fin, apostar de lleno por esa pasión que nunca la había abandonado y fundó Bordados Txantxangorri, un proyecto que nace tanto del arraigo como del deseo de explorar nuevas formas de expresión. Antes, su día a día transcurría entre mostradores: también poseía junto a su marido una carnicería en el pueblo. Un oficio exigente y cercano que le enseñó el valor del trato humano y del trabajo constante. Pero cuando él se jubiló, algo cambió de ritmo. Fue entonces cuando nuestra protagonista sintió que era el momento de dar rienda suelta a su imaginación: «Compré una máquina, de la marca Bernina, y acondicioné un pequeño taller en nuestra casa. Era hora de hacer eso que realmente disfrutaba. Y de repente recibí mi primer pedido. Una vecina quería doce blusas bordadas con un dibujo amarillo».

Nuestra protagonista también dirige la casa rural Imaz Etxea, compuesta por cuatro apartamentos independientes.
Alsasua, Arbizu, Lakuntza, Etxarri Aranatz, Iturmendi… Los encargos fueron llegando uno tras otro, movidos por el «boca a boca». Hoy recibe pedidos de toda Sakana y, en apenas dos años, ha bordado más de 3.000 pañuelos, una cifra que se traduce en unas 38 millones de puntadas. «Compro los materiales en comercios de la zona. Hago bordados personalizados para fiestas y ferias populares, escudos de armas, eguzkilores… Lo que la gente me pida. Cuando empecé con este proyecto pensaba que solo iba a trabajar con cosas pequeñas, pero estaba muy equivocada. Realmente trabajo todo el año. En Navarra todo se celebra y todo se borda. Ahora, hasta las vecinas me piden que ponga bonitas sus sábanas», expresa entre risas.
A sus 57 años, Belén teje con la misma curiosidad de quien empieza. No habla de éxito ni de metas cumplidas, sino de continuidad: de seguir «cosiendo» para no soltar nunca el hilo que la ha acompañado desde niña. En su taller, cada pieza terminada es, sencillamente, «una excusa para comenzar la siguiente». Y quizá ahí resida su manera de entender la vida: en no dar nunca por cerrada una historia y dejar siempre una hebra suelta que la lleve, inevitablemente, hacia la próxima puntada.













