Antes incluso de sentarse en su despacho, Joseba Campos ya ha recorrido buena parte de la Clínica Universidad de Navarra (CUN). Avanza por los pasillos con paso tranquilo, saludando por su nombre a enfermeras, auxiliares, celadores, personal de limpieza y administrativos. Se detiene unos segundos aquí y allá, intercambia una palabra amable, pregunta cómo va el día o simplemente regala una sonrisa. Entiende que un centro como este se construye, ante todo, en torno a las personas.
Muskiz aparece pronto en nuestra conversación. La boca de nuestro protagonista se curva en una sonrisa contagiosa cuando nombra la localidad vizcaína. Aún recuerda los grillos escondidos entre la hierba, los caballos pastando en las campas y el prado donde jugaba al fútbol hasta que anochecía. A los once años aprendió probó suerte con el ajedrez y organizó un campeonato en ese mismo campo. Mientras la mayoría de los niños buscaban la emoción de la siguiente carrera o del próximo gol, él había descubierto el placer más silencioso de pensar. Le fascinaba que detrás de cada movimiento se escondieran otros diez posibles, como si el tablero contuviera mundos invisibles para quienes se detenían a observarlos. «Jugábamos todos contra todos y me encargaba de llevar el control de las partidas», rememora para Navarra Capital.
Aquellos años transcurrieron entre dos paisajes que parecían pertenecer a mundos distintos. Por un lado estaban las campas, los caballos y la libertad de los veranos interminables. Por otro, el perfil industrial que empezaba a imponerse en la comarca al calor del crecimiento de la refinería. Cada mañana tomaba el tren para ir al colegio. Los vagones viajaban llenos de obreros que se dirigían a las fábricas, hombres de manos curtidas y rostros todavía adormecidos por el amanecer. A través de la ventanilla desfilaban grúas, depósitos y estructuras metálicas que poco a poco fueron formando parte del entorno.
APROVECHAR EL TIEMPO
Quizá por eso le llamaban la atención las grandes obras de ingeniería. Le atraían los puentes, las construcciones capaces de desafiar la gravedad, la elegancia escondida en una estructura bien diseñada… Cuando tuvo que elegir carrera, optó por estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).
La universidad le enseñó pronto una lección de humildad. En primero suspendió Álgebra. Lo recuerda con naturalidad y entre risas, como quien entiende que el aprendizaje rara vez sigue una línea recta. Recuperó la asignatura y siguió adelante. Un año después se encontró al otro lado del aula, impartiendo clases a estudiantes de primero mientras continuaba con sus propios estudios. De repente, los días parecían tener menos horas de las necesarias. Fue entonces cuando desarrolló una relación casi artesanal con el tiempo. Aprendió a aprovechar los huecos entre clases y a distinguir lo urgente de lo importante.

La Clínica Universidad de Navarra suma más de 4.000 profesionales y posee sedes en Madrid y Pamplona.
Décadas después, aquella disciplina sigue presente en su despacho. Sobre una mesa descansa un reloj de arena de treinta minutos. Lo utiliza para medir la duración de las reuniones. Cuando el último grano cae, el tiempo se ha agotado. El gesto tiene algo de simbólico. Frente a las pantallas, los calendarios digitales y las agendas interminables, prefiere la sencillez de la arena deslizándose lentamente de un recipiente a otro. Una forma tangible de recordar que el tiempo, igual que en una partida de ajedrez, es un recurso limitado y que saber administrarlo suele marcar la diferencia.
«Al terminar mi formación, realicé la tesis en Ingeniería Mecánica y, después, ejercí como profesor en la UPV/EHU durante catorce años. También fui director del colegio mayor Bidealde. Éramos unos 70 residentes y a veces convivía con gente a la que daba clase. Veía cómo los alumnos crecían y maduraban, y eso me marcó», remarca. Más tarde, ocupó el cargo de director de Estudios en Tecnun, el campus donostiarra de la Universidad de Navarra. «Con este caldo de cultivo, me fui transformando», agrega.
Todo cambio genera incertidumbre. También aquel que lo fue alejando poco a poco de la ingeniería más técnica para acercarlo a las personas. Pero Joseba siempre ha entendido los cambios como oportunidades para aprender. Con esa disposición fue visiting professor en el campus de Barcelona del IESE Business School en 2005 y, dos años más tarde, visiting scholar en la School of Management de Boston University, donde se especializó en Career Development. «Después asumí la subdirección del profesorado de Tecnun, donde permanecí unos tres años», apostilla.
MENTALIDAD DE SERVICIO
Fue en 2014 cuando se mudó a Pamplona para liderar el Área de Cancillería de la Universidad de Navarra. «Un ingeniero siempre suele pensar hacia fuera. ¿Cuál es el volumen de esta sala? ¿Cuál es el caudal de esta tubería? Esas preguntas están muy bien planteadas, pero también hay que pensar hacia dentro. Lo entendí en esa etapa de mi vida», explica segundos antes de añadir que, en 2021, pasó a ocupar el cargo de director general de la Clínica Universidad de Navarra.
La entidad, que suma más de 4.000 profesionales y posee sedes en Madrid y Pamplona, encaja bien con una idea que Joseba repite durante la conversación: las organizaciones son, ante todo, personas. Quizá por eso habla con frecuencia de tener una «mentalidad de servicio»: «No hay que preguntarse qué podemos hacer por el paciente, hay que preguntarse qué necesita el paciente. Tenemos que facilitarle las cosas y servirle, esa es nuestra mentalidad. Los pequeños detalles muchas veces marcan la diferencia».

La CUN ya tiene dos de los tres Premios RSCapital: el de RSC Corporativa y el de RSC Social.
El mayor ejemplo de esos pequeños detalles es el Área de Hospitalidad. Un equipo formado por profesionales de limpieza, nutrición y lavandería que rara vez aparecen en primer plano, pero cuya labor influye directamente en la experiencia de quienes ingresan en el hospital. Mientras en muchos centros sanitarios la comida es poco más que una necesidad, aquí se intenta que sea un motivo de bienestar. Cada día, los pacientes pueden elegir entre seis primeros platos, seis segundos y seis postres, todos elaborados de manera casera. El cuidado también se expresa en gestos silenciosos: una habitación acogedora; unas sábanas impecables; o un plato que, por un instante, devuelve el sabor de casa.
Ese buen hacer ha llevado a la CUN a ganar dos de los tres Premios RSCapital, organizados por Navarra Capital en colaboración con la Acción Social de Caja Rural de Navarra, el Gobierno foral y EnREDaRSE. En 2022, logró el galardón en la categoría de RSC Social; este año, en la de RSC Corporativa. Dos reconocimientos que Joseba recibe con satisfacción porque ponen el foco, precisamente, en aquello que considera más importante: la vocación de servicio.
Fuera de la CUN, nuestro protagonista es profesor del Máster de Dirección de Personas en las Organizaciones que imparte la Universidad de Navarra. La docencia ha sido una constante a lo largo de toda su trayectoria y, probablemente, una de las actividades que más disfruta. Quizá porque nunca ha entendido las clases como una transmisión de conocimiento en una sola dirección. «Siempre aprendo algo», asegura.
Esa curiosidad por aprender tampoco desaparece cuando abandona las aulas. A sus 67 años, sigue apasionándole la naturaleza. Le gusta caminar por el monte y descubrir nuevos rincones de la Comunidad foral, una tierra que todavía hoy le sigue asombrando por la diversidad de sus paisajes. Habla de valles, bosques y senderos con el mismo brillo en los ojos con el que recuerda las campas de Muskiz: «Navarra me fascina, todos los fines de semana hago excursiones. ¡Uso muchísimo Wikiloc!», remata entre risas.












