Contempla el tronco retorcido de uno de sus olivos centenarios favoritos. Se agacha con lentitud y pasa los dedos sobre la corteza agrietada. Sus manos, grandes y curtidas, guardan la memoria del trabajo: la poda cuidadosa, el riego exacto, la cosecha que duele en la espalda pero alivia el alma… Se incorpora y suspira. Alza la mirada hacia el cielo, hoy despejado, y percibe que el día transcurrirá sin apuros. Como todo lo que importa. Ese tronco arrugado y curvo le recuerda, una vez más, que la belleza también puede ser asimétrica y que, antes de cosechar alimento alguno, un buen agricultor debe cultivar la paciencia. Pedro González lo sabe bien: desde niño aprendió a latir al ritmo de la tierra.
Natural de Arellano, se formó como ingeniero agrícola para más tarde poner en marcha su propia explotación en el municipio, donde posee cereal, viñas y olivos. Al conocer la cooperativa Trujal Mendía, ubicada en Arróniz, le «picó el gusanillo». Visitó el trujal una y otra vez, preguntando, observando, oliendo los primeros prensados y admirando ese oro líquido que salía de las entrañas del fruto. El proceso le fascinaba. Por eso, tras ejercer durante seis años como vocal de la firma, pasó a ocupar el puesto de presidente. «Ya son dos las décadas que llevo en el cargo, y cada día que pasa me ilusiona más estar aquí. Este es un oficio que te enseña a escuchar, a esperar y a respetar», expresa con la mirada encendida.
EN CONSTANTE CRECIMIENTO
Bajo su liderazgo, Trujal Mendía ha crecido «sin perder su esencia». Suma unos 5.000 socios, la mayoría de ellos procedentes de la Zona Media navarra y que poseen alrededor de 900.000 olivos cultivados a lo largo y ancho de casi 3.000 hectáreas. «Actualmente, recogemos diez millones de kilos de aceituna al año. Próximamente, esperamos que esa cifra suba a quince», anuncia tras remarcar que, el pasado 2024, la cooperativa invirtió más de un millón de euros en nueva maquinaria para moler la oliva. «Gracias a eso, hemos doblado la capacidad de molturación», apostilla.

Presente en Navarra, La Rioja y País Vasco, la cooperativa de Arróniz elabora aceite en formato de uno y tres litros.
Uno de los factores clave en los planes de crecimiento de Trujal Mendía es el apoyo de Eroski, que ha acompañado a la firma desde sus inicios, allá por 1992. «Más de tres décadas de colaboración es mucho tiempo, y también es señal de que estamos haciendo las cosas bien. Gracias a Eroski, el cliente no se tiene que desplazar hasta Arróniz para probar nuestro aceite. Nos pone las cosas más fáciles tanto a nosotros como al consumidor, y eso se merece un ‘gracias’ grande», apunta satisfecho para acto seguido destacar que la firma navarra destina el 20 % de su producción a la cooperativa.
Presente en Navarra, La Rioja y País Vasco, la almazara elabora aceite de oliva virgen y virgen extra en formatos de uno y tres litros. Su sabor recuerda, quizá, a la «hierba fresca recién cortada con notas de hoja verde», y sugiere una sensación ligeramente picante y amarga. «Conformamos el equipo cinco personas, aunque en campaña hemos llegado a ser incluso doce. Y trabajamos con la ilusión de ofrecer la mejor calidad», valora Pedro.
EL PROCESO
Todo comienza en noviembre. Los días se desnudan temprano, con un característico olor a tierra húmeda, y en los campos el aire parece tornarse más espeso, como si supiera que algo importante está por suceder. Las aceitunas cuelgan de las ramas como promesas maduras, a la espera de las manos que vendrán a buscarlas. Una vez recolectadas, varios molinos se encargan de triturarlas para conformar una «masa pastosa». «Esta máquina de aquí es una centrifugadora horizontal. Es capaz de girar a 3.000 revoluciones, de diferenciar la densidad de los elementos y separar el líquido aceitoso del hueso y la pulpa de la oliva», desgrana nuestro protagonista al compás de un agradable paseo por las instalaciones.
Serpentea entre escaleras en el retorcido laberinto que conforma la nave. Pero sabe bien a dónde ir: la sala de depósitos es una de sus favoritas. Allí, el silencio es otro, tal vez más denso y grave. A los laterales de la estancia, alineados como gigantes en guardia, se alzan los bidones de acero inoxidable. La luz, suspendida desde lo alto, cae en haces pálidos que apenas rozan la curva opaca del metal. «Cada uno de estos recipientes puede almacenar hasta 120.000 litros de aceite», concreta Pedro.

Trujal Mendía suma unos 5.000 socios, que poseen alrededor de 900.000 olivos cultivados en casi 3.000 hectáreas.
Sus ojos brillan cuando habla del aceite. Piensa en el olor, en el sabor, en el tacto denso del oro líquido. Entonces recuerda que, cada año, el último domingo de febrero Trujal Mendía celebra el ‘Día de la Tostada’. Varias fotos adornan las paredes de la sala de reuniones y, entre ellas, destaca la presencia del actor pamplonés Alfredo Landa, quien solía festejar este evento con una «alegría infinita»: «Han llegado a venir hasta 15.000 personas. Al final, todos sabemos que no hay nada mejor que un buen pan y un buen aceite, ¿verdad?».













