Encontraba en los números una forma de ordenar el mundo, de ahí que sus asignaturas favoritas fueran las de ciencias. Su hermano mayor, que estudiaba Ingeniería de Telecomunicaciones, se convirtió pronto en un referente. Como un faro, él ya había cruzado el umbral de aquello que a nuestro protagonista aún le parecía lejano y fascinante. Así que Aitor Villafranca dejó atrás su Valtierra natal para cursar la misma carrera en la Universidad de Zaragoza, donde, entre aulas y pizarras, comenzó a trazar un futuro brillante.
Aunque habla de su infancia con cariño, lo cierto es que aquella etapa de su vida estuvo marcada por la dificultad de ser él mismo en un entorno donde, quizá, las miradas de algunas personas a veces pesaban más de la cuenta. «Ser una persona queer en un pueblo es duro. Cuando empecé la carrera, también me di cuenta de que la ingeniería era un ámbito muy masculinizado, pero supe encontrar mi lugar y conocer a gente con mis mismas inquietudes. De hecho, fundé la asociación Prisma para luchar por los derechos del colectivo LGTBIQA+ en el sector científico y tecnológico», expresa para acto seguido recalcar que ese espíritu activista, lejos de quedarse en una etapa concreta, ha acompañado siempre su vida profesional como una corriente subterránea que ha dado sentido a cada paso.
Al terminar los estudios, se trasladó a Madrid y comenzó a trabajar en Herrero y Asociados (H&A), firma especializada en el ámbito de las patentes. Allí, durante un año, se adentró en el lenguaje preciso de la innovación y la protección del conocimiento. Sin embargo, sentía una inquietud más profunda, una necesidad de seguir explorando y comprender más allá de lo inmediato, que le llevó finalmente a tomar una decisión valiente: iniciar el camino del doctorado.
INVESTIGAR PARA CREAR
Realizó su investigación postdoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En concreto, su labor se centró en el diseño de chips fotónicos. «Hubo un momento en el que Internet llegaba a las casas a través de los teléfonos. Luego comenzó a usarse la fibra óptica. Eso mismo hacemos con los chips. En lugar de funcionar con electrónica, funcionan con luz, igual que fibras ópticas diminutas. Nuestros chips se pueden integrar en satélites o drones, pueden servir también para analizar sangre…», explica. A raíz de los estudios que llevaba a cabo, en 2018 fundó la empresa Alcyon Photonics. «Mi idea era trasladar a la sociedad los desarrollos que hacíamos en el laboratorio», relata segundos antes de remarcar que la compañía posee su sede en Madrid y suma quince trabajadores en plantilla.
«En Alcyon Photonics ponemos la tecnología desarrollada en el CSIC a disposición de terceros que quieran chips para sus aplicaciones», desgrana. Su espíritu emprendedor fue clave para que recibiera en 2024 el Premio Nacional de Investigación para Jóvenes en la categoría de Transferencia de Conocimiento, otorgado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España: «Es un reconocimiento increíble a mi carrera. Estoy muy orgulloso de este hito».
RUMBO A LA IGUALDAD
Nuestro protagonista acumula una trayectoria de quince años en el CSIC como científico titular. Además, en 2025 fue nombrado director del Instituto de Óptica, cargo desde el que fomenta la igualdad de género. «Queremos que el CSIC sea un espacio sano y trabajamos diariamente en ello. Por eso lanzamos formaciones enfocadas en el liderazgo con perspectiva de género, entre otras», resalta.
Y es que, pese a los avances logrados en las últimas décadas, aún persisten inercias, techos invisibles y entornos de la sociedad donde la diversidad no se vive con plena naturalidad, especialmente en ámbitos masculinizados. «No basta con que haya cambios en el discurso, es necesario que se traduzcan en hechos. Aun así, quiero mandar un mensaje esperanzador. Todavía quedan cosas por aterrizar, pero a nivel legislativo hemos avanzado mucho», defiende con firmeza.
A sus 41 años, Aitor se encuentra en un momento de equilibrio entre la consolidación profesional y la convicción personal. De hecho, es consciente de que posee la experiencia como base y la inquietud intacta como motor. A su manera de ver, el progreso se construye en plural, paso a paso, mezclando responsabilidad individual y compromiso colectivo.













