Amanece despacio en la ladera, con esa luz suave y tostada que trae el otoño. El aire huele a tierra fría y leña vieja. Iñaki Beunza se levanta temprano, como cada día, cuando el mundo aún bosteza y el sol apenas roza los tejados bajos de la zona. Se calza las botas con un gesto automático y observa los troncos que yacen en el suelo, apilados como columnas dormidas. Arranca la motosierra con un tirón firme y su rugido metálico rasga el silencio limpio de la mañana. La hoja dentada baja con precisión sobre la madera, el crujido grave del corte se mezcla con el zumbido constante del motor y las virutas vuelan, doradas y ligeras, antes de posarse en el suelo. Parece que está nevando serrín. Acostumbrado a esta estampa, nuestro protagonista sonríe. La jornada acaba de comenzar.
Su padre, de nombre Florentino, trabajaba como transportista de madera. Él lo acompañaba, sentado en el asiento del copiloto, y veía pasar los troncos por el retrovisor mientras el camión serpenteaba por la carretera. Aprendió a reconocer el peso de cada carga por el crujido de los ejes y a distinguir el roble del haya por el aroma que dejaban en las manos. Nunca hizo falta decirle que acabaría dedicándose a lo mismo. «Cuando cumplí 21 años me saqué el carnet de camión. Siempre me ha gustado muchísimo conducir, me encanta estar al volante. En ese sentido, seguí los pasos de mi padre», relata.

De niño, el leñador navarro solía acompañar a su padre en las entregas de madera que este hacía a bordo de su camión.
Y así, kilómetro a kilómetro, comenzó a recorrer toda Navarra repartiendo leña. Más tarde traspasó fronteras para expandirse a ciudades como Vitoria, Bilbao o Logroño: «He llegado a hacer incluso tres viajes al día y mover 75 toneladas de leña». En un inicio, la sede de Leñas Beunza se ubicaba en Ilúrdoz. Después, la firma se mudó a Urroz Villa hasta que, hace unos años, aterrizó en el Carrascal. Allí la familia Beunza estrechó lazos con Miguel Tellechea, propietario de Maderas Bagua. «Igual que nosotros, Miguel trabajaba la leña para venderla, por ejemplo, a jardineros o ayuntamientos. Enseguida forjamos buena relación», apostilla.
@valores_top 🪵 #EMPRESA | El leñador de #Villava que ha comprado una segunda empresa y entrega hasta 75 toneladas diarias. 🚚 De niño, #IñakiBeunza solía acompañar a su padre en las entregas de madera que este hacía a bordo de su camión. Hoy, a sus 45 años, no solo ha seguido el legado de su progenitor, sino que además ha adquirido una segunda empresa: Maderas Bagua. Recolecta los troncos de la sierra de #Urbasa, la selva de #Irati, #Roncesvalles y el valle de #Ultzama. 🌳 Tras cortarlos en los 20.000 metros cuadrados que conforman sus instalaciones del Carrascal, vende la leña en #Navarra, #Vitoria, #Bilbao y #Logroño. 🪓 #NavCapital 💻 Lee la noticia completa, link en la BIO.
FUSIONAR DOS EMPRESAS
Pero Miguel anhelaba jubilarse. Entonces, a nuestro protagonista se le ocurrió «fusionar» Maderas Bagua y Leñas Beunza: «Vi la oportunidad de crear un proyecto bonito y la aproveché. La verdad es que, echando la vista hacia atrás, pienso que los astros se alinearon para que consiguiera lanzarme y dar el salto».
Además de los astros, lo que sí se alinean habitualmente son los infinitos troncos apilados a lo largo y ancho de los 20.000 metros cuadrados que la compañía posee. El hecho de que se sitúe en el Carrascal no es casualidad. «Esta zona es estratégica. Suele haber mucho viento y eso viene genial para secar la madera. Los días que llueve, la metemos en el almacén, que suma unos 1.000 metros cuadrados», explica tras detallar que el roble y la encina tardan unos seis meses en secarse, mientras que el haya lo hace en tres.
En concreto, Iñaki recoge la madera de la sierra de Urbasa, la selva de Irati, Roncesvalles y el valle de Ultzama. Después, la traslada al domicilio del cliente. «Hay quien prefiere leña ya cortada y quien prefiere cortarla por sí mismo. Podemos hacer cortes de diferentes medidas, de 30, 40 y 45 centímetros», matiza para acto seguido hacer hincapié en la importancia de mantener las piezas cortadas en cajones con aperturas «para que el agua escurra y caiga al suelo».

Además de trabajar en Navarra, también lleva su leña a ciudades como Bilbao, Logroño y Vitoria.
A sus 45 años, Iñaki sigue levantándose cada mañana con las mismas ganas que cuando empezó, con las botas manchadas de barro y el olor a madera recién cortada impregnado en la ropa. Sigue recordando con especial cariño aquellos días de la infancia en los que acompañaba a su padre subido al camión, cruzando pistas forestales para repartir leña por aquí y por allá. Para este villavés, la madera es un legado: «Pronto entendí el valor del esfuerzo y el respeto por el monte. Ahora intento seguir el ejemplo de mi padre, hacer las cosas bien y mantener viva la tradición».













