Para algunos, la infancia resuena como una melodía que se resiste a apagarse. En el caso de Álvaro Oliver, esa música flota suspendida en los veranos que transcurrían tranquilos en Tudela, donde nació y creció. A veces el mapa cambiaba y Buñuel se convertía en su pequeño territorio de aventuras, el otro hogar donde los días olían a tierra y a libertad. Por la tarde, agachado en la orilla del río, jugaba a pescar cangrejos. El agua le devolvía un mundo repleto de inquietudes: reflejos, rumores y la sensación de que todo estaba por suceder. Luego venían las risas en la piscina, los días que terminaban demasiado pronto, las comidas rodeado de primos y la vida familiar latiendo en torno a una mesa. Recuerda aquella época como un tiempo sencillo y luminoso donde la felicidad era, sencillamente, el estado natural de las cosas. «A mis 40 años, trato de regresar a Navarra de vez en cuando para recordar aquellos momentos», suspira al teléfono, desde el otro lado del charco.
Como hijo y sobrino de emprendedores, pronto germinó en su interior la idea de convertirse en empresario. De hecho, es familiar de los propietarios de Grupo Enhol: «Siempre concebí la empresa y la familia como un binomio indisoluble, lo mamé desde niño».
Con la idea de continuar aquella senda, estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nebrija de Madrid, con un diploma en Administración y Dirección de Empresas. «Fue una grandísima decisión porque quería analizar el sector desde el punto de vista de la rentabilidad», detalla segundos antes de recalcar que, aunque la carrera fue «dura», aquella etapa fue una de las mejores de su vida. «Conocí a gente increíble de diferentes partes del mundo, con distintos backgrounds, y me lo pasé como un enano. Primero residí en un colegio mayor y después me mudé a un piso. En un mismo edificio estábamos cinco apartamentos de amigos. Estábamos todos lejos de casa, pero nos volvimos familia», apostilla.
MÉXICO, UNA QUÍMICA ESPECIAL
Después de trabajar en Deutsche Bank, conoció a unos socios mexicanos con los que sintió una «química especial». «Entendí de cerca su negocio y enseguida me sentí parte de su familia. Se dedicaban al sector energético, y sugirieron convertirme en el director general de su empresa. Acepté el reto. Desde hace dieciséis años, lidero Gemex», relata para acto seguido remarcar que voló a México con el objetivo que desde niño había perseguido y que hoy sigue guiando sus pasos: «Disfrutar lo máximo posible de la vida».
Fundada en 2008, Gemex opera 272 MW renovables eólicos con la cadena de supermercados Soriana y brinda energía a las plantas que Viscofan posee en tierras mexicanas. En paralelo, la firma participa en la puesta en marcha de «la mayor red de carga rápida para vehículos eléctricos» de Hispanoamérica a través de la empresa FAZT, de la que también forman parte Factor Energía, el emprendedor Javier Cuartas y la propia Soriana, en cuyos aparcamientos se habilitarán los puntos. «La primera estación arrancó el año pasado, Próximamente nos convertiremos en el principal actor del mercado en la zona. Este mes llegaremos a los 300 puntos en México, y nuestro objetivo de cara a 2030 es instalar más de 6.000. La electromovilidad me ilusiona especialmente».
Pero los servicios de Gemex, que suma unos 130 empleados en plantilla y factura 160 millones de euros al año, van más allá. De hecho, en 2026 desarrollará diferentes proyectos de agua. «Haremos nuestra primera desaladora. El proyecto se realizará en el municipio de San Quintín, que tiene el agua más cara del país. Siempre operamos bajo una pregunta: ‘¿Qué necesita la gente?’. A partir de ahí, nos ponemos manos a la obra», apunta.
A su manera de ver, la energía no solo se mide en megavatios, sino también en voluntad, equipo y propósito. «Al final, la tecnología y la sostenibilidad son herramientas, lo importante sigue siendo mejorar la vida de las personas», reflexiona. Quizá por eso, cuando se aleja del ritmo de la oficina, busca el silencio del mar. Ya no pesca cangrejos en la orilla del río como cuando era niño, pero se adentra treinta millas mar adentro para probar suerte con atunes o marlines. En ese horizonte inmenso encuentra algo que el tiempo no ha cambiado: la paciencia, la calma y la emoción de esperar. Tal vez porque, en el fondo, sigue siendo el mismo chico de Tudela que miraba el agua intentando comprender el mundo: «Hay que saber disfrutar de la espera. A veces es precisamente ahí donde todo empieza».













