«¡A una madre hay que querer, más que nada en este mundo!». La alegre voz de Jesús María Iturri resuena por todo el taller mientras sus manos firmes y pacientes hacen presión con la gubia sobre un trozo de nogal. Benita Ortigosa, su mujer desde que se conocieron bailando en Estella y se casaron en la basílica de Nuestra Señora del Puy durante las fiestas de 1973, le observa con adoración apoyada en el marco de la puerta de su casa en Ollogoyen.
El pequeño de tres hermanos creció feliz en el pueblo de quince habitantes de la merindad de Estella, caminando durante horas junto a sus vacas por la Sierra de Lóquiz. Más tarde se convirtió en albañil, profesión que le permitió reformar su casa con sus propias manos, y luego pasó buena parte de su trayectoria profesional en Agni (la actual BSH), hasta que llegó la hora de la jubilación. En paralelo, también ejerció diecisiete años como alcalde de la localidad. Pero, más allá de estos oficios, Iturri siempre tuvo alma de artista, primero plasmada en su amor por el dibujo durante su infancia y, desde hace veinticinco años, en sus tallas de madera.
A sus 75 años, recuerda con cariño el primer reloj que talló. Se inició en el arte del torno en los ratos muertos que encontraba mientras las vacas pastaban y, en cuanto las primeras virutas se desprendieron de la pieza, el navarro tuvo claro que había descubierto una nueva pasión. Así, desde entonces acude cada invierno a un centro de Estella para compartir junto a una decena de artesanos su afición.

Nacido en Ollogoyen, ejerció como albañil, alcalde y operario en Agni (la actual BSH), hasta prejubilarse con 57 años.
En su taller, el tiempo parece detenerse. En la misma habitación en la que descansan las diferentes máquinas que ha ido reuniendo a lo largo de los años, innumerables troncos reptan hasta el techo amontonados en una esquina. Y es que, en una sola pila conviven leños de nogal, roble, olivo, cerezo, enebro, haya… A escasos metros, esa misma materia prima ya transformada decora las paredes de la exposición personal de Iturri. Una exhibición artística que pocos han llegado a ver, pero que el artesano muestra con orgullo.
«Cuando entro en el taller, no miro el reloj. Disfruto mucho haciendo cada pieza, pero nunca he pensado en venderlas, solo se las regalo a algunos amigos si me lo piden. A veces me pongo retos y he creado piezas diferentes como un cuadrado con un cubo encerrado dentro, un abrelatas o un pájaro carpintero que sube y baja por el tronco. Incluso probé con la piedra, pero levantaba demasiado polvo y Beni me llamó la atención rápido», explica entre risas con brillo en los ojos.
Una ardilla, un águila, el Gernica de Picasso, el escudo de Osasuna junto al de Estella y Navarra, la heráldica familiar, una cuchara de madera, un bastón, una caja para las joyas de Beni o unos bolos para sus nietos. Esas son solo algunas de las cientos de obras que Jesús Mari ha realizado durante más de dos décadas, piezas que nunca ha vendido y que atesora en un libro de fotos para recordarlas para siempre.

El tallista utiliza madera de nogal, roble, olivo, cerezo, enebro o haya para elaborar sus obras.
El artista reconoce que se inspira en lo que le rodea: la naturaleza, las flores de los montes, los perrechicos que recoge o las aves que avista durante sus jornadas de caza. Además, también se aventura a bucear por internet para encontrar diseños que recrear. Es más, últimamente incluso se ha atrevido con obras multicolores, gracias a un ingenioso proceso de encolado que él mismo ha ido perfeccionando.
Iturri, al que su mujer describe como «imparable», solo aspira a disfrutar de este arte muchos años más, aunque no sea a través de sus manos. Como muestra de ese relevo silencioso, entre sus obras ya descansa un cartel hecho por uno de sus nietos, con el nombre de su abuela grabado con cariño. Una pieza pequeña, pero llena de significado, que ya forma parte de la exposición familiar.













