José María Aracama, el ingeniero que hizo llorar a Barcina

lunes, 6 abril 2020

José María Aracama, el ingeniero que hizo llorar a Barcina

Con 24 años empezó a trabajar en Cementos Portland, empresa en la que ocupó puestos de responsabilidad hasta 2013 con algún paréntesis, como el que le llevó inesperadamente al Gobierno de Navarra. Ahora, con 65 años, sigue en activo laboralmente, dirige el 'think tank' Institución Futuro y aspira a tener "un poco" de tiempo libre.

Miguel Bidegain
Pamplona - 4 enero, 2020

José María Aracama, en las instalaciones de AIN, donde tiene su sede Institución Futuro. (Fotos: Maite H. Mateo)

Siendo consejero de Economía y Hacienda en el Gobierno de Navarra -lo fue entre 1996 y 1999-, invitaba a cenar a su casa al Ejecutivo en pleno, incluido el secretario y las respectivas parejas, el día en que el Parlamento aprobaba los Presupuestos de la Comunidad foral. “Todavía recuerdo un año que se aprobaron el 28 de diciembre, día de los Inocentes, y preparé bromas para todos. Nos reímos a carcajadas”.

La anécdota revela el carácter de José María Aracama, a quien esa forma de ser le ayudó a resolver situaciones difíciles. Como cuando la entonces consejera Yolanda Barcina salió llorando de su despacho al no conseguir que le concediera el dinero necesario para sacar adelante un proyecto. Fue a Zucitola y le compró unas trufas. “No pude darle pasta, pero quise tener ese detalle porque era una faena para ella”, explica Josetxo, como le conoce todo el mundo, con una sonrisa teñida de añoranza.

Aracama trabajó en Cementos Portland, como su abuelo y su padre.

Aracama trabajó en Cementos Portland, como su abuelo y su padre.

El paso por el Gobierno, lógico, ocupa el lugar más destacado del currículum de Aracama. Pero la carrera profesional de este pamplonés, de origen alsasuarra, incluye puestos importantes, casi siempre ligados a la misma empresa: Cementos Portland.

Nació el 25 de julio de 1954, vivió en la calle San Fermín de la capital navarra y estudió en el colegio más próximo a su casa, el de los Maristas. Recuerda la rivalidad deportiva con los de Jesuitas “en la plaza de la Cruz, ese lugar tiene muchas historias que contar”. Su vocación era la arquitectura, hizo incluso el previo en la Universidad de Navarra y fue admitido, pero las pruebas demostraron que tenía más aptitudes para la ingeniería. Así que con 17 años se marchó a San Sebastián para licenciarse en Ingeniería Industrial. “Una de mis hijas es arquitecta y mi yerno también. Suelo ponerme a su lado para ver cómo hacen las cosas porque disfruto, aún me encantan la arquitectura y dibujar”. Ilustra cada pasaje de su vida con recuerdos y detalles, que hacen que la entrevista se desvíe a menudo de su avance cronológico.

“Con 24 años me nombraron responsable de la oficina de Portland en Pamplona. Me convertí en el jefe de mi padre”.

Al terminar la ingeniería, en 1977, hizo un MBA en el IESE de Barcelona. “Me ilusioné con aquello porque el mundo de la empresa siempre me ha gustado, casi más que el técnico”. Tras los dos años de estudios, y previa estancia de tres meses en Inglaterra “por lo del inglés”, se casó con una chica a la que había conocido en San Sebastián: “Ella estudiaba Farmacia en Pamplona, yo me fui a Barcelona… Total que llevábamos seis años pero sin estar juntos, cruzándonos por el camino”.

Volvieron del viaje de novios la madrugada del día en que empezaba a trabajar en Cementos Portland. “Llegué a casa, me duché y me presenté de empalmada en mi puesto de responsable de la oficina de Pamplona, de la que era empleado mi padre. Me convertí en su jefe y en el de todos los que trabajaban allí, que me conocían de cuando llevaba pantalón corto”. Ingresaba en la empresa en la que cuando se fundó, en 1903, ya había un Aracama trabajando: su abuelo. Después fue su padre, entre 1934 y 1993, y finalmente nuestro entrevistado.

TODAS LAS ZANCADILLAS DEL MUNDO

Josetxo Aracama, cosa rara, se pone serio. Fue una experiencia tremendamente difícil. No me recibieron bien porque heredé el puesto de una persona que se había jubilado y, entonces, las sustituciones solían ser más por veteranía que por méritos. Eso se rompió conmigo. Que entrase un chaval de 24 años a trabajar en una empresa cuando había gente de 50 o 60 que llevaba 40 en la empresa… Me pusieron todas las zancadillas del mundo, el único que me apoyó mi padre”.

Cree que vieron que era trabajador, que se esforzaba y trataba de ayudar, que demostró una capacidad que hizo que le admitieran… “Me costó. Dos años después me parecía que llevaba allí… yo qué sé, diez”. Le valió el respaldo de César García Montón, el presidente de Portland. “Confió en mí y me dio muchas oportunidades y responsabilidades. En 1993 vio una posibilidad muy interesante de fusión con la Valderribas de Alfonso Cortina y las Koplowitz. César pensaba en las ventajas que la fusión tenía para el negocio, pero Cortina buscaba el pelotazo. Le acompañé en aquel proceso, pero García Montón murió de un infarto. Creo que le mató la fusión”.

“Participé en la fusión de Portland con la Valderribas de las Koplowitz y Alfonso Cortina, que buscaba el pelotazo”.

Salió adelante, y el resultado no le agradó, por lo que empezó a lanzar sondas: “En 1996 me salió la oportunidad del Gobierno. No me lo imaginaba ni por el forro. Me citó el que fuera consejero Juan Ramón Jiménez, que entonces ya era director general de Gamesa, y pensaba que era porque yo estaba asesorando a un grupo inversor para posicionarse fuera de Navarra en el tema de las energías renovables. Pero va y me dice si me apetecía ser el consejero de Economía y Hacienda, cuando los asuntos de la política es que ni los leía”. Antes de responder, se entrevistó con Miguel Sanz, con quien únicamente había tenido un contacto profesional. “Solo le dije una cosa: ‘No tengo ni idea de cómo funciona esto, pero me parece que me va a tocar decir muchas más veces no que sí. Si estás dispuesto a apoyarme, acepto’. Me contestó ‘dalo por hecho’ y, efectivamente, tuve que decir muchas más veces no que sí. Pero Miguel Sanz nunca se metió por medio para que cambiara de decisión”.

Es ingeniero industrial, aunque su vocación era convertirse en arquitecto.

Es ingeniero industrial, aunque su vocación era convertirse en arquitecto.

EL DINERO DE LOS POLÍTICOS

Se convirtió en consejero del Gobierno de Navarra con un sueldo que era “una tercera parte” del que tenía en Portland, “con cuatro hijos y en una época de muchos gastos, así que mi planteamiento fue estar aquella legislatura y no seguir”. Cuenta que intentó nombrar director general a un funcionario “para que me echase una mano porque no conocía aquello, y me dijo que me olvidase inmediatamente de él. Hoy en día lo entiendo”.

De su paso por el Ejecutivo guarda buen recuerdo porque “nos fue bien, cambiamos mucho de las formas de funcionar de la Administración, innovamos y conseguimos que se aprobaran Presupuestos los tres años negociando con todos los grupos. Con todos los que se podía hablar, claro”.

Fueron solo tres años que, “al final, me supieron a poco, pero cuatro más hubiese sido demasiado. Y al salir tenía bastante menos dinero que cuando entré. Miguel Sanz intentó que continuara, pero no le hizo cambiar de opinión. A cambio, Josetxo le propuso que nombrara a Francisco Iribarren, que era asesor del presidente: “No sé si no se había dado cuenta de esa posibilidad porque dijo ‘¡ah, pues sí!’. Y ya no me insistió más”. Nunca ha estado afiliado a UPN y tampoco ha tenido ninguna actividad política después.

“Cuando salí del Gobierno, tenía bastante menos dinero que cuando entré. Ganaba un tercio de mi sueldo en Portland”.

Al salir del Ejecutivo, y tras hacer el Camino de Santiago, volvió a su puesto de Cementos Portland, donde “tenía menos competencias que cuando lo dejé”. Entonces le llamó la consejera Nuria Iturriagagoitia para proponerle ser director de Sodena. “Sentí dejar la empresa, al fin y al cabo había sido mi vida, pero dije que sí porque probablemente es uno de los puestos más bonitos que puedes encontrar en esta comunidad”. Basta decir que estuvo diez años en el cargo, hasta mediados de 2011, cuando el presidente de Iberdrola le planteó ser consejero en Gamesa. De nuevo aceptó pensando que podía ser compatible con la dirección de Sodena, pero ante la duda optó por Gamesa. Y volvió a Portland por tercera vez, en esta ocasión a Madrid y como adjunto al presidente, que era suizo. “La crisis del cemento era terrorífica, las fábricas estaban medio paradas y se tomaron unas decisiones con las que no estaba de acuerdo. Para ahorrar gastos se eliminaban actividades económicas, así que en 2013 decido irme. Creo con un socio una consultora, Tangle Research, para ayudar tecnológicamente a las pymes, y ahí sigo”.

También, y desde 2009, es miembro de la Junta de la Fundación Proyecto Hombre. “Hace un trabajo espectacular, no sé cómo se atendería a esas personas si no existiera”. Y en julio de 2019, “una persona a la que no podía decir que no” le ofreció la presidencia del think tank Institución Futuro, “desde donde podemos incidir y opinar sobre lo que creemos que puede ser bueno para Navarra porque somos totalmente independientes”. Por cierto, no tiene previsto jubilarse, “aunque si aspiro a tener un poco de tiempo libre y si sale un viaje, por ejemplo, no privárselo a mi mujer”.

Además, es un declarado sanferminero.

Está casado y tiene cuatro hijos, además de cinco nietos.

En otro orden de cosas, su afición al balonmano, deporte que practicó en su juventud, le llevó a ayudar a crear el gran Portland San Antonio que llegó a ser campeón de Europa. “Teníamos a toda Navarra enganchada. ¿Cuál fue el problema? Pues la crisis. Portland estaba ajustando plantillas, sacando gente, no era justificable tener un patrocinio deportivo en esas condiciones… Fue una pena porque este tipo de deportes son los que debían apoyar las empresas. El fútbol es el fútbol, pero un equipo de balonmano o de fútbol sala puede jugar la Copa de Europa con menos presupuesto que uno de fútbol de segunda”.

“Acepté ser gerente de Sodena porque probablemente es uno de los puestos más bonitos que puedes encontrar en esta comunidad”.

Josetxo tiene cuatro hijos, cinco nietos y disfruta de la vida, ya sea en San Sebastián, donde tiene un apartamento, “o con la luz del Mediterráneo”. Apostamos a que es sanferminero y sonríe con toda la cara: “Síííí”. Y para demostrarlo, nos cuenta otra anécdota con la que volvemos a sus años de consejero.

El Gobierno disponía de un palco en la Plaza de Toros, junto al del Ayuntamiento, en el que se servía a los asistentes a la corrida una merienda a base de bocadillos. “Yo tenía un chófer que era un auténtico fenómeno, Ángel Otazu, y un día preparamos un cazuelón de estofado de toro entre los dos, del que comieron todos los que estaban en los dos palcos. Ángel, además de buena persona, tiene una inteligencia fuera de lo normal, anticipaba siempre lo que iba a suceder. La pena es que ya esté jubilado porque podría ser un buen candidato para liderar esta comunidad”, nos dice con una gran sonrisa que quizás quería ser pícara, pero le sale bonachona.

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