Permanece inmóvil y tranquila sobre su puño izquierdo. Sus ojos ámbar apenas pestañean. Parece una figura tallada por el viento: elegante, alerta, indómita. Wayra no conoce las prisas. Observa con la paciencia de quien guarda en la mirada el horizonte. Evelin Natali Sosa, su dueña y amiga, acerca el rostro despacio y busca comprenderla. El halcón, rescatado tiempo atrás de un destino incierto, observa el mundo con una mirada que todavía conserva la memoria de la libertad y de la herida. En sus pupilas aún vive el cielo.
Ya lleva un año con ella. Cada día, nuestra protagonista la vuela en su finca, ubicada en Mendigorría, donde despliega las alas y vuelve a hacer aquello para lo que nació: surcar el aire. Es allí, entre campos abiertos y vuelos de entrenamiento, donde ambas han tejido un vínculo hecho de confianza y paciencia. Pero Wayra no está sola. Comparte hogar con un búho africano, otro superviviente que encontró en Evelin un lugar donde empezar de nuevo. «Al principio me quería atacar con sus garras y su pico. Solo tenía dos meses y era una bestia. ¡Me he llevado miles de picotazos, pero sarna con gusto no pica!», relata entre risas.
Especializada en fauna salvaje, esta enfermera veterinaria ha trabajado con guepardos, tigres, leones, pumas, linces ibéricos y lémures, entre otros. «¿Lo más curioso de todo? De niña, jamás tuve mascota. Supe que quería dedicarme a este mundillo porque en el jardín de mi abuelo siempre aparecían sapos, serpientes y pájaros. Los animales me suscitaban mucha curiosidad», rememora segundos antes de recalcar que Argentina es su país natal y allí es común toparse con especies «más exóticas».
DE ARGENTINA A NAVARRA
A los dieciséis años se mudó a Navarra. Aquel traslado respondía a una oportunidad laboral para su padre, contratado por una empresa de la Comunidad foral. La familia hizo las maletas, cruzó el océano y comenzó una nueva vida. Lo que en un principio parecía un cambio temporal acabó convirtiéndose en definitivo. Evelin encontró aquí su sitio y decidió quedarse.

Nuestra protagonista dedica su tiempo libre a entrenar y cuidar de Wayra, un halcón rescatado.
De hecho, su primer contacto real con la fauna salvaje fue aquí, como cuidadora en Sendaviva. Durante cerca de un año descubrió el trabajo que siempre había imaginado: observar, alimentar, manejar y aprender de animales muy distintos entre sí. Después llegaron nuevas etapas y colaboraciones con entidades como Fauna y Acción o la gallega Corax Fauna, además de otros centros especializados, donde amplió su formación y trabajó con especies de lo más diversas. «Pero, sin duda, los animales que mejor manejo son las aves rapaces. ¿A que sí, Wayra?», matiza mientras acaricia las plumas de su halcón.
Ahora, nuestra protagonista trabaja cada día para hacer realidad el proyecto con el que lleva años soñando: crear su propio refugio de fauna salvaje. De momento, el paisaje es el de una obra en marcha. Hay terreno que limpiar, recintos que levantar y espacios que adaptar. Pero ella ya es capaz de imaginar lo que otros todavía no ven: «Si todo avanza según lo previsto, el año que viene construiremos los recintos. En total, el entorno tiene 8.000 metros cuadrados. Queremos cuidar lémures, reptiles y, más adelante, un guepardo».
Mientras su sueño va cogiendo forma, Evelin también ejerce como gerente en la clínica veterinaria Nafarvet, ubicada en Sarriguren. Allí atiende a mascotas como perros o gatos, pero también animales exóticos. «Sobre todo, vienen muchas iguanas y loros», detalla.
UN CURRÍCULUM POCO COMÚN
No siempre se dedicó a la veterinaria. Lo cierto es que, durante años, su vida transcurrió frente a los focos y las cámaras. Con apenas 21 años comenzó a hacer sus primeros trabajos como modelo, protagonizando portadas de revistas como ‘609’ y participando en diferentes campañas y eventos. Aquella etapa también la llevó a alzarse con el título de Miss Facebook en 2014 y, poco después, a formar parte del jurado en el certamen Miss Valencia Night.

Evelin ejerce como gerente en la clínica veterinaria Nafarvet, ubicada en Sarriguren.
Durante aquella época también decidió ampliar horizontes y obtuvo el título de Tripulante de Cabina de Pasajeros, aunque nunca llegó a ejercer como azafata. «El rumbo de mi vida acabó tomando otra dirección, mucho más cercana a los animales que a los aviones», agrega a sus 36 años.
Hoy, cuando acaricia las plumas de Wayra o sueña con el refugio que empieza a levantar en Mendigorría, aquellos escenarios parecen pertenecer a otra vida. Los focos ya han quedado atrás, sustituidos por el vuelo de las aves rapaces. Ahora el aplauso llega de otra forma: en un animal que vuelve, después de todo, a confiar en el ser humano y sentirse libre.












