Un mastín lanza ladridos al aire. Sabe bien que una de sus misiones consiste en proteger a las grandes protagonistas de la idílica estampa que contempla a diario: las ovejas. La mayoría son negras y se esparcen sobre la alfombra verde del Baztan con una parsimonia infinita. El sol, hoy alto y generoso, enciende de oro su lomo, y todo parece perfumado con el recuerdo de una lluvia que bañó la tierra apenas unos días atrás. Nagore Intxausti camina entre el rebaño con paso tranquilo y entona cada uno de sus nombres a modo de saludo. «Chicas, os traigo algo de comer. ‘Tori’, ‘Andrea’, ‘Chocolatín’… ¡’Luzi’, para un poco, que te va a dar un empacho!», exclama mientras lamen su mano a gran velocidad.
Unos metros más allá, le aguarda la máquina escarmenadora. Nagore se sienta junto a ella y comienza el ritual: peina, limpia y separa la lana. Alguna que otra mota de polvo se eleva y forma una espiral casi fugaz. «Para limpiarla, aprovecho el agua de la lluvia. Cuando ya está seca, la llevo a la escarmenadora para quitarle todas las impurezas, que caen al suelo. Y así, poquito a poco, se abren sus fibras y puedo empezar a trabajar con ellas», explica tras recalcar que procesar la lana es una tarea muy laboriosa.
LA OVEJA MÁS PEQUEÑA DEL MUNDO
En un inicio, vecinos y familiares le brindaban la materia prima para elaborar diferentes productos. Hasta que, hace un par de años, nuestra protagonista se aventuró a conseguir su propio rebaño de ovejas Ouessant, también conocidas como «bretonas enanas». «Es la raza más pequeña del mundo. Cuando nace un cordero, tiene el tamaño de un gato. Su lana es ideal para hacer fieltro. Además, son muy cercanas y amigables», detalla.
Calcetines, fajas, zapatos, muñequeras, guantes, llaveros… Lo cierto es que Nagore pasa infinitas horas elaborando prendas de todo tipo. Pero, entre todos sus artículos, hay uno que destaca sobre el resto: el jabón. «Trabajo con distintas lanas, y para los jabones uso oveja latxa, que es más áspera. La fricción sirve como exfoliante. El primer paso es coger un cachito de jabón de pastilla, envolverlo en lana y sumergirlo en agua. Lo dejas secar hasta que esta se compacta, y así se convierte en un jabón-esponja», puntualiza.
Otro de sus productos estrella es una pequeña bola capaz de ahorrar electricidad durante el proceso de centrifugado de una lavadora. Ante el asombro de todo aquel que pregunta por estas esferas, suele aclarar que la lana elimina la energía estática, ayuda a que las prendas no se apelmacen y reduce el tiempo de secado de estas.

Desde hace más de dos décadas, Nagore Intxausti elabora productos artesanales con lana de sus ovejas.
Estas pelotas incluso sirven también para aflojar contracturas musculares o perfumar armarios. «Es un objeto muy polivalente. Normalmente, la gente no conoce las propiedades tan positivas de esta lana», subraya para acto seguido mencionar que acude a ferias artesanales de Navarra, Vizcaya, Gipuzkoa y Álava.
DE LA PLATA A LA LANA
Su pasión por la artesanía nació cuando tan solo era una niña. Para «pasar el rato», se divertía haciendo pulseras con hilos y abalorios. A medida que crecía, su mundo de colores infantiles se tornó más complejo y pronto cambió los plásticos brillantes por la plata. «Nací y crecí en Hernani, pero cuando cumplí veintiún años me mudé a México. Allí conocí la plata. Empecé con unos alicates, de esos que utilizan los electricistas, y empecé a hacer pendientes y anillos», rememora.
Aunque todavía guarda con cariño alguna que otra joya confeccionada durante aquellos años, Nagore admite que cuando conoció la lana se «enamoró de ella». Tras marcharse de México, aterrizó en Navarra y, después de vivir en Elbete y Zubieta, se instaló en Erratzu con sus tres hijos: «Ya llevamos catorce años aquí. Próximamente, me gustaría organizar visitas guiadas al taller. Ellos suelen ayudarme a hacer carteles para impulsar el tema del marketing«.

Nagore posee diecisiete ovejas Ouessant, que es la raza ovina más pequeña del mundo.
Hace más de dos décadas, se decantó por denominar Artilan al negocio. «Alrededor de ese término hay palabras tanto en euskera como en castellano que conectan entre sí. Lanean significa trabajando, y artilea significa lana de oveja», precisa mientras hila varias fibras ayudándose de una rueca. Sus manos giran con ella a un ritmo pausado e íntimo, en un mundo donde la belleza parece brotar sin prisa.
A sus 48 años, Nagore intenta que cada uno de sus artículos se perciba como un abrazo y, al final del día, cuando el sol tiñe de cobre las laderas del valle, se detiene a contemplar sus creaciones. No necesita grandes reconocimientos ni vitrinas relucientes. Le basta con saber que, en algún lugar, alguien se arropa con su lana y se siente «un poquito más en casa».













