Escalaba por las paredes hasta aterrizar en los tejados del pueblo junto a su cuadrilla. Desde las alturas, contemplaba el mundo con otra perspectiva. Allí arriba, el viento lo acariciaba todo de una manera distinta. Las casas parecían islas flotantes en un mar de tejas, y las callejuelas se desdibujaban en el horizonte como si formaran parte de un extenso cuadro. Quizá fue precisamente ahí donde comenzó a gestarse en su interior cierta sensibilidad por el arte. Los colores de las fachadas, desgastados por el paso del tiempo, hablaban de algo más que simple deterioro: derrochaban historias y una belleza imperfecta. «Estábamos todo el día haciendo travesuras, parecíamos cabras en el monte», sonríe Andrea Llombart al recordar cómo la brisa despeinaba sus ideas desde aquel rincón.
Natural de Estella, nunca tuvo claro qué estudiar. Por eso probó un poquito de aquí y un poquito de allá: gestión administrativa, diseño gráfico… Hasta que se decantó por formarse en Historia del Arte en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) porque, en el fondo, seguía viva aquella sensibilidad artística que se había despertado en los tejados.
Durante el segundo curso, recordó una experiencia en el extranjero que, de una manera u otra, había marcado su forma de vivir: años atrás, había viajado a México para disfrutar de un voluntariado con tortugas. Aquel verano tuvo la oportunidad de conocer de cerca estos animales marinos: «Por la noche, íbamos a una playa virgen de doce kilómetros a ver desovar a las tortugas. Viajar me gustó tanto que tenía claro que quería conocer otros países».
UNA CIUDAD «JOYERO»
Así que, sin sopesarlo demasiado, se marchó de Erasmus. En esta ocasión, escogió Siena como destino. «Enseguida me di cuenta de que esta ciudad italiana es como un gran joyero. Siendo estudiante de Historia del Arte, todo me parecía precioso», relata segundos antes de detallar que, durante su estancia allí, conoció al hombre que más tarde se convertiría en el padre de su hija. «Pasó el tiempo y cada día estaba más contenta. Llamé a mis aitas y les dije: ‘Me quiero quedar aquí’. Ellos se alegraron por mí, y también porque así tenían un lugar bonito al que ir de vacaciones», apostilla entre risas.
«Vuelvo a Navarra tres veces al año y, cuando voy, me doy cuenta de lo mucho que me gusta nuestra gastronomía»
Pronto consiguió trabajo en una pizzería. El olor a masa recién hecha, las voces mezcladas en varios idiomas, el tintinear constante de platos y vasos… «Me planteaba trabajar en algún museo, pero era complicado. Por eso decidí seguir por el camino de la hostelería», explica para acto seguido recalcar que, a la hora de elaborar una pizza, la técnica varía dependiendo de la región. «No es lo mismo comerse una en Roma que en Siena», añade.
Trabajó en diversos restaurantes hasta aterrizar, hace siete años, en el bar II Palio, en plena piazza del Campo. Esta se encuentra justo enfrente del Palazzio Pubblico y, desde su terraza, parece custodiar la memoria de la ciudad. Allí, entre desayunos, comidas y cenas servidas con mimo y turistas maravillados por el entorno, Andrea siente que el arte continúa cerca. Quizá no en cuadros ni esculturas, pero sí en la geometría de la plaza, en el ritmo de los transeúntes que pasean por las calles y en la elegancia cotidiana con la que los locales viven rodeados de historia.
EL ESPÍRITU NAVARRO
Se trata de un establecimiento que abrió sus puertas en 1958. Desde entonces, no ha dejado de servir platos. Pasta, tostadas de tomate y mozzarella, carne… Aunque a nuestra protagonista le «encanta» toda la comida italiana que sirve en el local, echa de menos las verduras de la Comunidad foral. Sobre todo, extraña los pimientos: «Vuelvo a Navarra tres veces al año y, cuando voy, me doy cuenta de lo mucho que me gusta nuestra gastronomía».
A sus 37 años, tiene claro que el espíritu navarro siempre la acompañará, esté donde esté. De hecho, ahora que tiene una niña pequeña, siente aún más fuerte el deseo de que conozca, de alguna manera, esa esencia. «Quiero que viva unas buenas fiestas de pueblo, por ejemplo», sostiene. No se refiere solo a la música, al bullicio o a los fuegos artificiales. Habla de ese ambiente que se respira en las calles cuando todo el mundo se saluda, los días se alargan sin prisa y las cuadrillas derrochan un entusiasmo que lo inunda todo. Esa sensación de pertenencia, de comunidad, de alegría compartida… Por mucho que se mueva por diferentes puntos del mapa, esos pequeños detalles permanecen intactos en su interior, porque hay raíces que no entienden de distancias.
Esta entrevista forma parte de la Estrategia NEXT del Gobierno de Navarra.













