Hace siglos, el castaño se convirtió en una especie esencial en la economía rural de Navarra. Autóctono de la región, formaba parte del paisaje y de las prácticas agrícolas tradicionales hasta mediados del siglo XX, cuando el cambio de usos del suelo y la irrupción de enfermedades fúngicas como la tiña y el chancro frenaron su expansión y redujeron drásticamente su productividad. Hoy, tras décadas de olvido, el interés por su recuperación está renaciendo en algunas comunidades locales del norte de Navarra, que ven en esta especie una oportunidad económica, cultural y ambiental.
INTIA apunta que el castaño apenas ocupa alrededor de 2.327 hectáreas en la Comunidad foral (solo un 1 % de la superficie de «frondosas»), pero siempre ha estado presente en la Navarra Atlántica (Baztan, Leitza, Goizueta, Valcarlos…) y en la vertiente mediterránea (valles al sur de la cadena Azpirotz-Belate, Larraun, Imotz, Basaburua, Ultzama, Lantz y Anue…). Además, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, España es uno de los principales productores del mundo.
Movidos por este nuevo fenómeno, Laura Martinena y Xabi Azpiroz, vecinos de Itsaso (Basaburua), están recuperando un antiguo castañal arrendado y plantando nuevos ejemplares de esta especie, así como avellanos. «Sigue habiendo muchos castañares de 300 años en el monte, pero la mayoría están muy dejados. Además, a mí me encantan los avellanos, que crecen muy bien en estas zonas. Es cierto que antes se utilizaban como seto y no hay mucha cultura de su cultivo para grandes producciones, pero me parece que tiene un gran potencial. Por eso, hace cuatro años decidimos plantarlos, junto a algunos castaños jóvenes, en el prado situado enfrente de nuestra casa y en otra finca que tenemos en Igoa«, explica Laura, pamplonesa de 50 años, a Navarra Capital.
En Igoa, además, la pareja cortó alerces plantados hace unas seis décadas sobre unos castaños que ahora han rebrotado: «Sobre estos, estamos injertando variedades autóctonas. Una de las cosas más importantes para nosotros es incidir en la gestión del territorio y diversificar los usos del suelo en la zona norte, muy marcada por la ganadería. Generar esa variedad aporta mucho a nivel biológico y económico y puede ayudar a que más gente se quede aquí». En total, la pareja posee tres hectáreas de avellanos, de las que espera una producción de cuatro toneladas anuales, y 5,5 de castaños (cuya producción es todavía incierta).
PRODUCTOS ARTESANALES
En un primer momento, el plan de Martinena era vender la producción en fresco. Pero su hija, Garazi Mercero (21 años), quería formar parte del proyecto, lo que cambió el rumbo de la iniciativa bautizada como ‘Basabihotza El corazón del bosque’. «Aunque no será sencillo, a mí se me abre una oportunidad para quedarme en el pueblo. Me gusta todo el proceso de transformación del fruto, por eso quiero levantar una pequeña nave junto a mi casa para descascarar y tostar la avellana y la castaña», detalla la joven. De esta forma, su intención es vender tanto el fruto como la harina y elaborar patés, cremas dulces, turrones e incluso barritas energéticas. No obstante, debido al inesperado retraso de los permisos necesarios para arrancar, han implantado un obrador provisional en su propia casa para aprovechar el fruto ya recogido.

En total, esta pareja navarra posee tres hectáreas de avellano y 5,5 de castaños.
Al vivir lejos del tendido eléctrico, la casa familiar es autosuficiente y se alimenta gracias a las placas solares y a un aerogenerador. Por lo tanto, la instalación industrial seguirá la misma línea, algo que contribuye al espíritu ecológico de la marca: «También intentaremos que los productos sean de cercanía y de comercio justo. Para nosotras, el producto es una manera de dar a conocer y de poner en valor nuestro proyecto, que tiene mucho más que ver con el cuidado de la tierra que con la simple venta».
Además, la familia, de la que también forma parte Ur, de 23 años y afincado en Canadá, realizará la recogida, tratamiento, envasado, etiquetado y venta a través de canales cortos como mercadillos y de su tienda online. «Al principio, las producciones serán superpequeñas, por lo que intentaremos ganar ese valor añadido al producto cerrando un poco el ciclo. Algo que en Francia y en Europa está a la orden del día», incide Laura.
Madre e hija resaltan que lo más estimulante del proyecto es poder trabajar juntas: «A nivel familiar nos hace mucha ilusión. Y además, con un producto tan nutritivo, es un lujo. Nosotras los llamamos frutos de la felicidad, algo perfecto para llevar a buen puerto nuestro tostadero».













