lunes, 19 noviembre 2018

La hermosa ‘Izmir’

La literatura estimula en el periodista el deseo de conocer una ciudad evocadora: Estambul. La poesía de Kavafis o Tevfik Fikret, la autobiografía de Orhan Pamuk, entre otros, prenden la mecha de una curiosidad satisfecha.

Germán Pérez
Estambul - 13 enero, 2018

Santa Sofía de Constantinopla.

Santa Sofía de Constantinopla.

Leer te da vida extra“. Recuerdo este eslogan de la Biblioteca Nacional de España para invitar a la lectura, como una forma de viajar en la adolescencia. Muchos libros inspiran e incitan a viajar por el mundo. Y también están los que, sin ser el objetivo principal del autor, generan un deseo de vivir en primera persona los espacios que dibujan en su literatura.

Estambul comenzó a interesarme así, en la cafetería del instituto. Alguien me invitó a leer la poesía, íntima, del griego Konstantino P. Kavafis (1863-1933). Y la seducción comenzó de inmediato: “Lugares nuevos / no encontrarás, / ni otros mares; / la ciudad te seguirá“.

Kavafis, en “Ítaca“, ensalza que el viaje es la búsqueda de uno mismo: “Si vas a emprender viaje a Ítaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias, en conocimiento”.

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DIFERENTES NOMBRES

Poco después descubrí al gran viajero Théophile Gautier (1811-1872). Este  poeta, dramaturgo, novelista, periodista, crítico literario y fotógrafo francés,  contribuyó a aumentar ese interés. Su prosa describe una ciudad legendaria y agitada. Pero también evocadora: “Al otro lado del Cuerno de Oro, Constantinopla resplandecía como la corona adornada de cualquier emperador de Oriente. Las aguas del golfo multiplicaban, quebrándolos, los reflejos de los millones de piedras preciosas fundidas”.

Estambul ha tenido diferente nombres. Se la conoció, además, como Lygos, Bizancio, la Nueva Roma, la Puerta de la Felicidad, la Mansión del Califato o la Sublime Puerta.

Para muchos autores, viajeros y cualquier fascinado por ella, ello le ha permitido mantenerse siempre vivaz. Tevfik Fikret , un poeta turco de principios del siglo XX, escribió una metáfora que encaja como un guante en esta percepción: “Es como viuda aún virgen tras mil esponsales“.

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Pero si hay una obra que la abre en canal, esa es sin duda ‘Istambul’. La   autobiografía del premio nobel de literatura Orhan Pamuk (1952) es un apabullante relato de amor y melancolía. El autor relata con maestría  estampas de historia.

Para este escritor, el Bósforo es ‘terapéutico’, al aportarle “vida salud y felicidad“. En varias ocasiones he comprobado cuánto ha de cierto en esa frase.

HECHIZO

El retrato seductor que proyecta Estambul desde el Cuerno de Oro anuncia al viajero sensaciones y estímulos sorprendentes e infinitos. Pero cuidado, una vez que pones los pies en este impresionante puerto natural, te puedes quedar atrapado para siempre.

Al poner los pies en el Cuerno de Oro se produjo el hechizo. Esta lengua de mar, en el pasado, sirvió de protección a griegos, romanos y bizantinos. En 360 grados, un círculo de emociones me dejó sin aliento. Llegaba de conocer Damasco. Sólo El Cairo , en esta parte del mundo, me produce este escalofrío cada vez que la visito.

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Sinagogas, iglesias y mezquitas se mezclan en esta ciudad que comunica dos mundos. O más. Tantos como ‘almas’ la habitan. Comprendí mejor, entonces, la palabras de Edmondo de Amicis (1846-1908). En su obra ‘Constantinopla‘, escribe lo siguiente: “El Bósforo es la mejor vista del mundo, quien lo niega insulta a Dios“.

Un buen libro de viajes, un mapa y mucha curiosidad, mucha, es lo que necesitaremos para conocer, dejarnos seducir y enamorarnos de esta bulliciosa, cosmopolita y paradójica ciudad. Estambul es Bizancio y Constantinopla. Es oriente y occidente, en dos continentes.

Es la “la hermosa Izmir“, así la llaman los turcos. Estambul alfombra con vida siete colinas, y se proyecta hacia Asía  desde Europa, a las orillas del Bósforo, entre dos mares: el Mar Negro, al norte, y el Mar de Mármara, al sur.

BARRIOS ANTIGUOS

El Cuerno de Oro es, también, un espacio salpicado de animadas  plazas, que invitan a sentarse y mirar; mirar mucho. Y escuchar. Y oler. Oler a humedad frondosa, a sofritos, a humo espeso del tabaco, a grasa de cordero y vaca, a la madera de sus casonas, a “mil especias”, a miel y azúcar, a cuero y a gente.

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En este punto hay que dejarse llevar, hacia arriba, por las empinadas y serpenteantes calles, salpicas de callejones y escondidas plazuelas,  que llevan a los barrios más antiguos.

A pié, siempre a pié. Esta es la mejor forma de no perderse los matices. Y retener el aroma que espesa los ambientes, como el de las más de 4.000 tiendas de su Gran Bazar o del, más pequeño, Mercado de las Especias.

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En  Sultanahmet se encuentran algunos de los monumentos más visitados: Santa Sofía, la Mezquita Azul o el palacio Topkapi.

Üsküdar es un barrio islámico lleno de encanto; bellos son también Fatih y Beyazit, que albergan las mezquitas de su mismo nombre. No menos interesantes son, en la parte europea, los de Gálata, Taksim, Ortakoy y Nisantasi.


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