La caligrafía es una antigua danza entre la mano y el papel. Una coreografía silenciosa donde el ritmo lo marcan el pulso, la intención y el alma que se filtra entre líneas. En tiempos donde lo escrito suele parpadear en pantallas y desvanecerse con un simple clic, hay quienes regresan al arte de escribir a mano y trazar con paciencia cada letra, como si cada palabra fuera una pequeña obra de arquitectura emocional.
No se trata solamente de embellecer un texto, sino de volverlo cuerpo. Cada curva debe tener el peso de una presencia. Porque el lenguaje, al ser escrito con mimo, recuerda que no nació para ser tecleado, sino para ser sentido desde la yema de los dedos hasta el corazón de aquel que lo lee. Son muchas las personas que hoy perciben la caligrafía como un refugio. De hecho, en Pamplona este hobby está ganando cada vez más adeptos.
Así lo explica Silvia Garisoain, quien fundó su propia academia el pasado 2022, bajo el nombre Silvia Gadu. Su aventura en este mundillo comenzó pintando camisetas: «Mucha gente me pedía que incluyera texto, al estilo Mr. Wonderfull. Pensé que debía aprender a hacer letras sin tener que calcarlas, así que me apunté a un curso de caligrafía», relata segundos antes de recalcar que, a partir de ese momento, ya no hubo vuelta atrás. «Me enganché muchísimo», añade.
Peluquera desde los dieciséis años, fundó su propio centro capilar. Pero la caligrafía seguía formando parte de su día a día así que, tras la pandemia, cerró las puertas del negocio y sopesó la idea de abrir un taller de escritura manuscrita en la calle del Carmen número 9 de Pamplona, donde poseía un piso: «Hasta entonces, había impartido clases particulares, pero me apetecía crear un espacio cercano y personalizado. Y eso hice».
‘HOBBIES’ PARA DESCONECTAR
«Se está volviendo a lo manual. Crochet, pintura… Tenemos la cabeza repleta de estímulos tecnológicos y este tipo de hobbies son muy útiles para desconectar», expresa. Así lo demuestran también algunos reportajes publicados desde Vanity Capital, como la creciente moda de la cerámica.

En la academia de Silvia, los alumnos rondan entre los veinticinco y los setenta años.
Silvia se especializa en caligrafía con pluma y tinta nogalina, aunque también imparte talleres de lettering. El ángulo, los trazos, la presión exacta… Cada detalle cuenta. Hay que saber inclinar la pluma lo justo y necesario para que la tinta fluya sin derramarse. Y para eso es esencial tener precisión, ritmo y una buena dosis de paciencia. «Una escritura que a priori puede parecerte muy clásica, como los códices de los monasterios, puede llevarse a un texto moderno. Aquí nos podemos iniciar en cualquier tipo de escritura que escojamos, como la inglesa por ejemplo», puntualiza para acto seguido señalar que, tras ser operada de cáncer de mama el pasado julio, el centro permanecerá inactivo hasta Navidad. Pero retomará las clases llena de energía y aún más ganas de compartir lo que ama: «Para mí, la caligrafía es como hacer yoga. A través de ella consigo que mi cabeza baje las revoluciones generadas por el estrés del día a día».
A su academia acude todo tipo de público. Tanto es así que el rango de edad oscila entre los veinticinco y los setenta años y, a la semana, son unos quince los alumnos que acuden a sus actividades: «Mezclar edades enriquece mucho. Además, poco a poco se van concienciando de las ventajas que tiene la caligrafía. A nivel cerebral, escribir a mano mejora la memoria y la concentración. La verdad es que una vez que empiezas en este mundillo, no puedes parar. ¡Te absorbe!», concluye entre carcajadas.













