jueves, 4 junio 2026

La pareja que dejó su trabajo en el SAMUR de Madrid para llevar la tienda de alimentación de Roncal

Javier Rechina y Sara Herrero, ambos de 32 años, tenían un empleo estable en Madrid y se acababan de comprar una vivienda. Pero, al finalizar sus vacaciones de 2023 en el Pirineo navarro, les propusieron coger las riendas de la tienda, abocada al cierre por falta de relevo. Un año y medio después, Alimentación a Mano es un negocio consolidado y uno de los principales puntos de reunión de los vecinos.


Pamplona - 18 septiembre, 2025 - 23:30

Sara Herrero y Javier Rechina, ambos de 32 años, gestionan la tienda de alimentación de Roncal desde enero de 2024. (Foto: cedida)

Javier Rechina y Sara Herrero, madrileños de 32 años, tenían un contrato indefinido en el SAMUR (Servicio de Asistencia Municipal de Urgencia y Rescate) de Madrid; se acababan de comprar una vivienda en la capital; y, tras haber realizado cinco mudanzas en los últimos seis años, parecía que habían encontrado un lugar donde echar raíces. «En el discurso de nuestra boda, dije que por fin nos quedábamos quietos porque, con la casa nueva y el trabajo fijo, estábamos atados», relata Javier a Navarra Capital.

Sin embargo, sus vidas dieron un giro de 180 grados en aquel verano de 2023. Poco antes de regresar de sus habituales vacaciones en el Pirineo navarro, les habían propuesto dirigir la tienda de alimentación de Roncal ya que, como tantos pequeños comercios, iba a bajar la persiana por falta de relevo.

Fue durante el viaje de vuelta al Madrid cuando, al pasar por Ágreda (Soria), tomaron la decisión de lanzarse a la piscina. «Estábamos cansados del ritmo de vida frenético de Madrid, de estar a una hora y media de la oficina y de tener poca vida social. Nos despertábamos, trabajábamos, volvíamos a casa y nos íbamos a dormir. Era ahora o nunca», confiesan ambos. Cuatro meses después, en enero de 2024, ya estaban desembalando cajas en Roncal y colocando productos en las estanterías de su nuevo proyecto vital: Alimentación a Mano, una microcooperativa asociada a ANEL, entidad que también les ha apoyado en el proceso de constitución y puesta en marcha del proyecto. «El negocio debía seguir vivo porque un pueblo sin tienda es como un pueblo sin bares. Pierde mucho», defienden Javier y Sara.

Esta curiosa historia comenzó a gestarse hace dos décadas. Ramón Rechina, padre de Javier, trabajaba como conserje en fincas de Madrid, «pasaba muchas horas muertas sentado» y se propuso cursar estudios universitarios de Teología e Historia del Arte. Al ser mayor de 25 años, el centro educativo le exigía como requisito de acceso saber un idioma extranjero y, como «el inglés no se le daba muy bien», se lanzó con el francés. Para aprenderlo, cogió la furgoneta con su mujer y sus dos hijos (dormían en el interior si no encontraban cama en los pueblos) y, durante ese verano, estuvieron recorriendo todo el País Vasco, Navarra y el sur de Francia. «Cruzábamos la frontera y mi padre se ponía a practicar el francés con los vecinos de los pueblos», recuerda hoy Javier. Así descubrieron el valle de Roncal y se quedaron «maravillados» con sus bosques, montañas y pueblos. «Nos encantó, fue la zona que más nos gustó del viaje», señala.

La familia continuó visitando la zona cada año. Y Javier y Sara, desde que se conocieron en 2012, hicieron lo propio todos los otoños y primaveras. Siempre se hospedaban en Argonz Etxea de Urzainqui. Hasta que en 2023, Eneko, dueño de la casa rural y con quien mantenían una estrecha relación, les comunicó que el propietario de la tienda de alimentación de Roncal, Carlos Orduña, no encontraba relevo para un negocio abocado a la desaparición: «Le visitamos, quería que alguien le cogiera el testigo y le dijimos que nos lo pensaríamos». En unas horas ya habían tomado la decisión.

LUGAR DE SOCIALIZACIÓN

En diciembre de 2023 aterrizaron en Roncal, se instalaron en la parte superior de la tienda, habilitada y equipada como vivienda, y un mes más tarde levantaron la persiana del local. «Los inicios fueron complicados porque nunca habíamos regentado un negocio. No teníamos experiencia», recuerdan. En aquella primera fase, contaron con la ayuda de Carlos, que les pasó su lista de proveedores; Sandra Gascón (propietaria de otro establecimiento de alimentación en Burgui); y los vecinos del pueblo, que les acogieron con los brazos abiertos, aunque al principio estaban algo desconcertados porque unos forasteros llevaran un negocio local. «Nos preguntaban de dónde éramos porque no les sonábamos de nada. Les decíamos que no teníamos ocho apellidos roncaleses, pero que éramos buena gente. Se han portado muy bien, han tenido mucha paciencia y nos han apoyado desde el principio», ensalzan.

Un año y medio después, la pareja ha conseguido que la tienda, como en la mayoría de pueblos de Navarra, se haya convertido en un lugar de socialización. Los vecinos, en vez de realizar una gran compra y tener lleno el frigorífico durante la semana, se acercan a diario al establecimiento, se llevan un brick de leche, una lata de guisantes o la barra de pan y, de paso, conversan con Javier y Sara. «Nos ponemos al día, les preguntamos por sus cosas, se encuentran con el vecino de enfrente…En invierno, cuando llueve y hace frío, la tienda se convierte en la plaza del pueblo», describen.

Este pequeño comercio ofrece una amplia variedad de género (frutas, verduras, pasta, legumbres, conservas, pan, carne y pescado congelado…) y, en sus baldas, también reposan productos locales como quesos elaborados en los valles del Pirineo (Ekia, Larra, Enaquesa o Kaiolar), miel de Ustés (Salazar) o los bizcochos y palmeras de Jakionak.

Además, Sara y Javier no dudan en coger el coche, bajar a Pamplona y adquirir el alimento que el vecino demanda para que puedan seguir haciendo vida en el pueblo. «No podemos tener todas las marcas como en un gran supermercado, pero nos adaptamos a sus preferencias y les intentamos traer los productos que más les gustan. La tienda es una herramienta esencial para luchar contra la despoblación», resaltan.

«LA MEJOR DECISIÓN DE NUESTRA VIDA»

Javier y Sara ya tienen cuadrilla en el pueblo y han logrado uno de sus principales propósitos cuando iniciaron esta aventura: ganar en calidad de vida. Aunque parezca mentira, tienen muchas más relaciones sociales en un pueblo del Pirineo que en Madrid, aprenden euskera en AEK, practican senderismo, van al cine en Isaba con sus amigos… Por eso, cuando sus amistades y familiares les preguntan si se plantean regresar a la capital en el futuro, la respuesta siempre es la misma. «Nunca. Vivimos muy bien aquí, somos muy felices y no nos arrepentimos para nada. Ha sido la mejor decisión de nuestra vida», rematan convencidos.

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