lunes, 19 noviembre 2018

Las caras de la Habana (II)

En cada esquina encuentras un universo que desprende pura vida. El malecón hierve de risas y melancolía, delante del muro que parte el mar y, a lo lejos, la línea de los sueños.

Germán Pérez
La Habana (Cuba) - 3 marzo, 2018

El Malecón habanero ha sido testigo de la vida de los cubanos desde principios del siglo XX.

El Malecón habanero ha sido testigo de la vida de los cubanos desde principios del siglo XX.

Me gusta alojarme en el ‘Vedao’. Hay apartamentos a un buen precio. La Habana Vieja al caer la noche, como el cuento de Cenicienta, apaga su brillo. Las luces son escasas y tenues.

Hubo un tiempo en el que había que acudir a la acera del cine Yara, enfrente de la heladería Coppelia, para conseguir una clave, a modo de salvoconducto, que abría  las fiestas privadas y clandestinas. Así, un piso de Centro Habana de convertía en un oasis de libertad. Hasta que llegaba la policía. Quizás aquella noche la mordida no había sido suficiente.

La-Habana-II

El malecón ofrece uno de los ocasos más bellos de la isla. Son 8 kilómetros de muro que se extiende sobre la costa norte de la capital. Las edificaciones quitan el hipo. Poco a poco, tras su restauración, van mostrando mejor su esplendor.

A cada paso encuentras un ambiente que te detiene. Y a cada metro, un saludo. Es un micro mundo de intencionalidades diversas, cambiantes según el tramo: vendedores de ron, virtuosos de la trompeta, maniseras, parejas de enamorados, descuideros, familias que pasean, compradores de pieles tersas y sedosas, gentes que miran el infinito , almas en pena, play boys de medio pelo, guapos y guapas que duelen al mirarlos…

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Me gusta escuchar las historias de sus gentes y aprender de sus conversaciones. La primera vez que visité la ciudad entré con mal pie. Al poco de pisar una de sus avenidas principales, oscura como el carbón, me pequé pegado como a un chicle gigante que apestaba a alquitrán. Acaban de asfaltarla.

Al día siguiente, la cosa no mejoró. Sucedió en mi habitación del hotel Sevilla, un imponente edificio de arquitectura colonial y morisca, escenario de la vida social y cultural cubana en otro tiempo; templo de mafiosos y boxeadores famosos.

Sin avisar, una nube de humo lo invadió todo. No escuché, desde el baño, el ‘toc, toc’ de unos nudillos que golearon la puerta. Salí disparado, con el corazón en la nuez. No sé si algún mosquito responsable del dengue murió con la fumigación; pero yo, casi.

Escuela Nacional de Ballet de Cuba.

Todo se olvidó en el desayuno. Las ventanas del comedor que dan a la facha principal dejan pasar el universo de la Escuela Nacional de Ballet, un elegante palacete de estilo neoclásico. El sonido del piano, la voz autoritaria de una profesora exigente y el golpeteo suave de las bailarinas sobre la tarima me dejó en estado  hipnótico.

MI CAYITO

El autobús número 400 lleva Boca Seca, un pueblo jalonados de casitas a pie de playa. 1000 metros más adelante, tras cruzar un pequeño río sin puente, con la mochila en la cabeza, llego muchas mañanas a ‘Mi Cayito’. Mi playa favorita, en las playas de este, a media hora de La Habana.

En la misma orilla, debajo de una sombrilla que de un momento a otro me va a dejarme tuerto -no las han cambiando en años- , una tortilla de camarones y una cerveza Bucanero, más intensa que una Cristal, mudan el cansancio por otro estado más placentero. Bulle este lugar, escoltado por un policía que mira que los cimientos de la moralidad del Estado no se desvanezca.

Casi todas las tardes el cielo ruge, se abre en canal y deja caer un manto de agua. Momento para regresar. Un taxi compartido cuesta 5 euros por ocupante. Una buena decisión es dirigirse a e hotel Nacional. Preparan un daiquiri excelente. Desde sus jardines, sobrecoge ver como se apaga el día, y disfrutar del juego de luces que proyectan los faros de los coches sobre las fachadas del malecón.

Desde que me expulsaron de la heladería ‘Coppelia’, en 2 ocasiones, muy cerca del Nacional, solo la veo por el exterior, cuando la rodeo al dirigirme hacia la Universidad de La Habana u otro lugar. Además, sus helados ya no son lo que eran. Jamás entendí la ortodoxia que colocaba a los extranjeros en tierra de nadie, como en una de esas cajas de cristal que hay en los aeropuertos para fumadores. Y claro, saltarse la norma tiene su precio.

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