Donde el Camino de Santiago navarro se cruza con la ribera del Ega se esconde un rincón insólito que forma parte de la memoria colectiva de Estella: el manantial La Pileta. Este venero natural, de aguas saladas y ligeramente termales, brota de un acuífero de yesos y carbonatos que dota a la poza de una singularidad única en la Comunidad foral. No en vano fue el corazón de las piscinas municipales de la ciudad, que se alimentaban directamente de su caudal y donde generaciones enteras de estelleses aprendieron a nadar y a refrescarse en los veranos calurosos. Aquellas instalaciones desaparecieron hace ya algunos años, pero el manantial sigue vivo y ofrece todavía hoy un baño diferente, con el mismo encanto de antaño.
El enclave mantiene inalterable una de sus mayores virtudes: la temperatura constante de sus aguas, que oscila entre los 17 y 18 grados todo el año y permite a los bañistas disfrutar de un chapuzón con sabor a mar en plena montaña navarra. La tradición popular lo ha considerado siempre un lugar saludable, asociado a remedios caseros para la piel y al bienestar físico. Y aunque ya no conserva la vida social bulliciosa de las viejas piscinas, sí guarda la esencia de un oasis natural en el corazón de Tierra Estella, a tan solo unos pasos del casco histórico.
El acceso sigue siendo sencillo: basta con llegar a las actuales piscinas municipales, situadas junto al parque de Los Llanos, y caminar unos metros hasta la poza. No cuenta con servicios propios, aunque se pueden utilizar los de las instalaciones contiguas. La entrada es gratuita, lo que lo convierte en un plan perfecto para quienes buscan un baño reparador sin gastar nada. Vanity Capital repasa a continuación los principales beneficios que estas aguas singulares ofrecen a sus visitantes.
PROPIEDADES CURATIVAS
La tradición popular atribuye a estas aguas propiedades curativas, especialmente beneficiosas para afecciones de la piel. No es un detalle menor, porque son frecuentes las personas que padecen irritaciones y erupciones cutáneas y también oculares después de bañarse en piscinas tratadas con cloro. Un compuesto químico que no tiene ningún efecto positivo, salvo el evidente de protegernos de gérmenes.
La piscina de sal, en cambio, ofrece un escenario mucho más recomendable: se reducen las irritaciones en los ojos y disminuye la sequedad en la piel que provocan las piscinas con cloro, al tiempo que ayuda a mantener la piel tersa y firme y la exfolia suavemente al eliminar células muertas. Así mismo, sal ejerce una acción antiséptica natural, ayuda a la cicatrización y alivia irritaciones.
EL PELO TAMBIÉN LO AGRADECE
Los efectos del baño no solo se notan en la piel. El cabello también responde de forma distinta al cloro y a la sal: mientras el primero reseca, debilita y oxida la queratina y la melanina del pelo, el segundo no resulta tan perjudicial. Es cierto que también deshidrata, pero tiene un beneficio añadido: el agua salada engrosa el cabello de manera temporal y los cabellos grasos salen beneficiados gracias a su efecto astringente.
Eso sí, el tipo de piscina no altera la norma básica: siempre hay que proteger el cabello frente al sol y al agua, ya sea de mar, piscina o manantial. Para ello son recomendables protectores solares capilares y, tras la exposición, hidratar con productos específicos.
IMPULSO AL BIENESTAR
Más allá de la piel y el cuerpo, sumergirse en agua salada tiene un efecto directo en el bienestar. La flotabilidad reduce la tensión muscular y favorece la relajación, mientras que la composición mineral del agua estimula la producción de endorfinas, responsables de la sensación de calma y placer. La temperatura constante del manantial de Estella ayuda además a desconectar del ritmo diario y a recuperar la energía en un entorno natural privilegiado. Un baño que, en definitiva, actúa como una pequeña terapia natural contra el estrés.













