viernes, 27 mayo 2022

Los bioestimulantes que ayudan a reducir el uso de fertilizantes químicos en el campo

La Estrategia 'De la Granja a la Mesa', enmarcada en el Pacto Verde Europeo, reclama una reducción de al menos el 20 % en el uso de abonos químicos para 2030. A corto plazo, ese horizonte exige encontrar nuevas soluciones amables con el medio ambiente y que, al mismo tiempo, garanticen el rendimiento de los cultivos y la rentabilidad a los agricultores. A partir de esa necesidad nació Biomef, un proyecto liderado por el IdAb-CSIC en colaboración con CENER y coordinado por ADItech, a su vez agente coordinador del SINAI. La iniciativa, que cuenta con financiación del Ejecutivo foral, busca desarrollar productos biotecnológicos que mejoren la absorción de nutrientes por parte de las plantas, incrementen la eficacia de los abonos y permitan reducir el empleo de fertilizantes químicos fosfatados.

Cristina Mogna
Valle de Aranguren - 11 mayo, 2022

Este año, las investigadoras repetirán los ensayos en el campo para sacar resultados conclusivos. (Fotos: Maite H. Mateo)

La penicilina, los Corn Flakes, el plástico, la anestesia, los rayos X, la vaselina, los pósits… Todos estos productos, aparentemente discordantes entre sí, tienen algo en común: nacieron fruto de un accidente, de un error o de una mera casualidad, pero han influido -en mayor o menor medida- en la historia de la humanidad. “La ciencia es así: muchas veces se aprende más de las cosas que salen mal que de los proyectos en los que todo marcha de acuerdo a lo previsto”. Quien habla es Edurne Baroja, científica titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Y lo hace desde su propia experiencia, porque precisamente uno de los proyectos en los que esta doctora en Biología trabaja actualmente surgió de carambola.

Todo comenzó hace unos años, cuando un estudiante de doctorado en el Instituto de Agrobiotecnología (IdAB) -una entidad mixta del CSIC y el Gobierno de Navarra– se topó con una pequeña contaminación por hongos en plantas destinadas a la obtención de bioetanol a partir de almidón. En lugar de aislar y desechar los elementos afectados, el joven investigador decidió muestrearlos y se percató de que las matas analizadas contenían “mucho más” almidón que aquellas que no habían tenido ningún contacto con los microorganismos.

Su descubrimiento, al principio, no hizo sino levantar sospechas entre sus compañeros de trabajo. “Le preguntamos qué había hecho, cómo había medido, porque creíamos que no podía ser -rememora Baroja-. Empezamos a darle vueltas y nos dimos cuenta de que, en condiciones cerradas, esos hongos estaban produciendo unos volátiles que la planta había percibido y que le hacían producir mucho más almidón“.

Edurne Baroja (CSIC- IdAB): “Desde la revolución verde, se ha ido empleando tanto abono químico que el suelo está enriquecidísimo en nutrientes, pero en formas no asimilables para la planta”.

A raíz de eso, varios científicos del idAB sembraron hongos y plantas por separado en un invernadero, evitando cualquier contacto físico, para estudiar el efecto de los volátiles liberados por los primeros sobre las últimas. Posteriormente repitieron las pruebas en el campo. “Allí confirmamos que las plantas retienen parte de esos compuestos, que a su vez son responsables de la respuesta que veíamos”, añade la científica del CSIC.

Fue entonces cuando a Baroja se le encendió una bombilla: pensó que quizá esos mismos microorganismos que favorecen el crecimiento y rendimiento de ciertos cultivos también podrían contribuir a la mejora en la absorción de nutrientes por parte de las plantas y al alargamiento en la vida útil de los campos. Así nació Biomef, una iniciativa liderada por el IdAb – CSIC, en colaboración con el Centro Nacional de Energías Renovables (CENER), y coordinada por ADItech, a su vez agente coordinador del SINAI.

En el primer ensayo de campo de Biomef, se emplearon 4.000 plantas de tomate en una hectárea.

El proyecto, que cuenta con financiación del Ejecutivo foral en la convocatoria de ayudas a centros tecnológicos y organismos de investigación para la realización de proyectos colaborativos de I+D (convocatoria de 2020), tiene un objetivo claro: desarrollar productos biotecnológicos que mejoren la absorción de nutrientes por parte de las plantas, incrementen la eficacia de los abonos y, por consiguiente, permitan reducir el empleo de fertilizantes químicos fosfatados. De esta forma se alinea con la Estrategia ‘De la Granja a la Mesa’, enmarcada en el Pacto Verde Europeo, que reclama una reducción de estos productos en un 20 % para 2030.

Quienes deseen conocer más a fondo el proyecto pueden hacerlo a través de este enlace.

“Esto es importante porque el fósforo procede de rocas fosfatadas, que contienen metales pesados y acaban contaminando el suelo”, expone Baroja. Existen más razones para apostar por el uso eficiente de este mineral. Una de ellas es que, al igual que el carbón, el petróleo o el gas natural, este elemento clave para la fabricación de fertilizantes es de carácter no renovable. Otra es que, “desde la revolución verde, se ha ido empleando tanto abono químico que el suelo está enriquecidísimo en nitrógeno, fósforo, potasio, pero en formas no asimilables para la planta”. Así, “en lugar de conseguir que los nutrientes que ya están presentes en la tierra puedan ser absorbidos por las matas, lo que se hace es seguir echando abono que estas cogen directamente”.

Edurne Baroja, doctora en Biología, en el invernadero del IdAB-CSIC.

¿El problema? “Si a una planta le das directamente los nutrientes imprescindibles, no se esforzará en sacar nada del suelo. Y si además continúas añadiendo abono, la microbiota de los microorganismos presentes en la tierra cambia y estos tampoco necesitarán liberar ninguna sustancia”, desembrolla la científica titular del CSIC. Por eso, además de favorecer el desarrollo radicular de los cultivos, otro de los cometidos del proyecto es recuperar ese ‘alimento’ desaprovechado que se esconde bajo el terreno.

Mercedes Munarriz (CENER): “El proceso es muy parecido a la producción del vino, con la salvedad de que la destilación del mosto es mucho más costosa que la filtración”.

Los bioestimulantes empleados en el marco de la iniciativa “mejoran la presencia de determinados microorganismos alrededor de la planta, que son capaces de liberar fósforo en forma de iones, de manera que sí puedan asimilarse”.

Lo explica Mercedes Munarriz, investigadora en el Departamento de Biomasa de CENER y otra de las personas clave dentro de esta historia. El papel que juega este centro en el proyecto es crucial para que, en efecto, el producto biotecnológico resultante de la investigación pueda aterrizar en el mercado a medio o largo plazo.

El primer ensayo de campo de Biomef, en el que se emplearon 4.000 plantas de tomate en una hectárea, pudo llevarse a cabo “gracias a la posibilidad de escalar la producción y obtener suficiente cantidad” del producto en los laboratorios de CENER . “Una vez has dado ese salto y eres capaz de obtener un producto filtrado y esterilizado -prosigue Munarriz-, el escalado es un proceso relativamente sencillo y totalmente factible. De hecho, es muy parecido a la producción del vino, con la salvedad de que la destilación del mosto es mucho más costosa que la filtración”.

Tras un resultado “positivo” en la primera campaña, Baroja y Munarriz tienen dos tareas pendientes antes de que finalice el proyecto Biomef: repetir los ensayos en campo para sacar resultados conclusivos y seguir haciendo ajustes de optimización para que este bioproducto sea rentable frente a alternativas químicas empleadas actualmente en el sector agrícola.

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