Hay un momento exacto en el que el verano se convertía en eterno: era alrededor de las diez de la noche, cuando el calor ya no apretaba, las cenas terminaban y los adultos se quedaban charlando en las terrazas. Entonces, salíamos nosotros: una legión de niños y niñas descalzos, armados con linternas, botellas vacías, peonzas o simples ganas de correr. La calle era nuestra, y la noche también.
El “pillar” de toda la vida era el arranque oficial. Bastaba una palmada y una carrera mal iniciada para que el caos estallara entre los edificios o las casas del pueblo. Jugábamos a atrapar, a esquivar, a gritar nombres que sólo se entendían entre nosotros. Las reglas cambiaban según el barrio, pero la esencia era la misma: correr hasta no poder más, sin preocuparse del mañana.
Más elaborada era la araña, una versión estratégica del pillar, donde dos equipos corrían en dirección contraria alrededor de varias manzanas, intentando tocar a los rivales sin ser atrapados. Aquello era casi olímpico: requería fondo físico, táctica y una geografía mental precisa del vecindario.
Otros se decantaban por juegos con pelota, como el balón prisionero, que combinaba fuerza, puntería y la bendita suerte de no ser el último en recibir. Pero si querías acción pura y adrenalina líquida, nada como una guerra de globos de agua. Las tardes se convertían en talleres clandestinos de llenado, con jarras, mangueras y estrategias de emboscada. La paga semanal se evaporaba en paquetes de globos, pero la gloria del impacto certero en el enemigo (sobre todo si era el chico o la chica que te gustaba) no tenía precio.
Más localistas, pero igual de intensas, eran las guerras de peonzas: cada giro era un duelo de honor, cada choque, una sinfonía de madera contra el asfalto. Las peonzas, a menudo tuneadas con clavos o peso extra, daban vueltas como si les fuera la vida en ello, y a veces, les iba.
EL MOMENTO DE ‘LA HORA BRUJA’
Pero no todo era movimiento. Cuando el reloj rozaba la medianoche, llegaba la hora bruja: historias de miedo contadas en círculo, junto a una estatua olvidada o cerca del cementerio. Nos reíamos, sí, pero alguien siempre dormía mal aquella noche. El terror era parte del encanto, y el que no se asustaba… mentía.
Y entre juego y juego, estaba el otro juego: el del amor de verano. No lo llamábamos así, pero todos sabíamos cuándo alguien se había enamorado. Entonces, la cuadrilla mutaba en agencia de espionaje: seguimientos, informes en voz baja, vigilancia de bancos y esquinas. Cada beso robado era motivo de celebración o de envidia, y las confidencias fluían al ritmo de la brisa nocturna.
Hoy, muchos de esos juegos han quedado arrinconados por las pantallas. Los niños siguen jugando, claro, pero a menudo desde la distancia, detrás de un móvil o una consola. Ya no se oyen gritos en la plaza ni carreras entre farolas. Quizás por eso, cada vez que uno recuerda aquellos veranos, lo hace con una sonrisa cálida y un pellizco de melancolía.
Porque puede que el tiempo pase, pero quien fue niño o niña de pueblo o de urbanización en verano, lo será para siempre. Aunque ahora nos pille el móvil… y no el de la araña.













