
Marta González.
Cada mes de marzo, el foco se posa sobre la presencia de mujeres en el ámbito emprendedor y empresarial. Navarra no es una excepción y en estas fechas proliferan eventos, encuentros y noticias que visibilizan la labor de las mujeres en el ecosistema económico de la Comunidad foral.
La visibilidad es positiva, pero quizá el siguiente paso sea mirar más allá del escaparate y preguntarnos qué hay detrás de las cifras. En este contexto hay un dato que merece ser reconocido: la participación de mujeres en el emprendimiento es hoy una realidad en Navarra. De hecho, emprenden más mujeres que hombres.
El informe GEM Navarra señala que el 57 % de las iniciativas emprendedoras en la región están lideradas por mujeres, frente al 43 % dirigidas por hombres. Se trata de un dato especialmente relevante porque contrasta con la realidad nacional, donde esta proporción suele inclinarse en sentido contrario.
No estamos ante un fenómeno puntual o anecdótico. Según los datos del propio informe, esta tendencia se repite de forma sostenida desde 2019, con la única excepción de 2022, cuando la participación de hombres y mujeres fue prácticamente igual.
Las mujeres forman parte activa y mayoritaria de las iniciativas emprendedoras en Navarra. Es un avance incuestionable y podemos quedarnos en la superficie o plantearnos cuestiones más profundas. Quizá la pregunta relevante ya no sea cuántas mujeres emprenden, sino en qué condiciones lo hacen.
Si ampliamos el foco, aparece un dato llamativo. A pesar de que las mujeres navarras lideran la mayoría de iniciativas emprendedoras, esta tendencia se invierte cuando observamos las empresas ya consolidadas, es decir, aquellas con más de tres años y medio de vida. En este caso, el 53 % de las empresas consolidadas están lideradas por hombres, frente al 47 % dirigidas por mujeres.
La pregunta es inevitable: ¿Qué ocurre en ese tránsito entre la creación de la empresa y su consolidación? Para responder a esta cuestión, es necesario ir más allá de la tasa de actividad emprendedora y observar otros factores como el capital inicial, las motivaciones para emprender o el potencial de crecimiento de los proyectos.
Aquí el análisis se vuelve más complejo, en parte porque los datos regionales desglosados por sexo son limitados. Sin embargo, el informe GEM nacional ofrece algunas pistas relevantes. Una de ellas tiene que ver con el capital inicial de los proyectos. En los proyectos de más de 100.000 euros de capital, el porcentaje de iniciativas lideradas por hombres prácticamente duplica al de las mujeres, siendo de un 19 % frente a un 10 %.
Por otro lado, el 75 % de las iniciativas lideradas por mujeres arrancan con menos de 30.000 euros, porcentaje que baja al 58 % en el caso de los hombres. La conclusión es clara: las mujeres emprenden con un capital significativamente inferior al de los hombres. Puede parecer un dato sin importancia, pero en realidad tiene implicaciones profundas.
El capital condiciona desde el primer día la capacidad tecnológica del proyecto, su ritmo de crecimiento o su potencial de contratación. No determina el talento ni la calidad de la idea, pero sí el margen de maniobra con el que un proyecto comienza a competir.
Considerando esta brecha económica, tampoco resulta casual que existan diferencias en las motivaciones para emprender. Según los datos del informe GEM nacional, son menos las mujeres que mencionan la creación de riqueza o la obtención de rentas elevadas como motivo principal para iniciar un negocio. En cambio, es más frecuente que emprendan porque consideran que las oportunidades de empleo son limitadas.
No es necesariamente una cuestión de aspiraciones ni de capacidad. En buena medida, responde a factores estructurales que siguen influyendo en las decisiones y oportunidades disponibles para las mujeres.
Llegados a este punto, la cuestión no debería formularse en términos subjetivos ni de estereotipos de género, sino desde el análisis de los datos: ¿Estamos ante una diferencia de preferencias o ante un entorno que sigue condicionando el acceso a recursos, financiación y redes empresariales?
Navarra puede celebrar la presencia relevante de mujeres en el emprendimiento pero, si quiere fortalecer su ecosistema empresarial a medio y largo plazo, también debe preguntarse si las condiciones de partida son realmente equivalentes.
Hablar de emprendimiento liderado por mujeres implica bajar al barro de los datos y no limitarse a contabilizar proyectos, sino analizar en qué medida las condiciones en las que nacen estos proyectos permiten que puedan desarrollarse, crecer, innovar y generar empleo sostenible.
Existe, además, un elemento cultural que merece atención. Durante años, el relato del emprendimiento de éxito se ha asociado casi exclusivamente a modelos de alto crecimiento, fuerte componente tecnológico y rápida expansión: la startup. Cuando observamos el ecosistema startup, la presencia de mujeres es significativamente menor. Según el Mapa del Emprendimiento 2025 de South Summit, solo el 17,5 % de las startups en España están lideradas por mujeres, una cifra incluso inferior a la de años anteriores y con una tendencia descendente preocupante.
Esto plantea una doble reflexión. Por un lado, cuando medimos el éxito emprendedor únicamente con métricas asociadas al crecimiento acelerado o la tecnología, corremos el riesgo de invisibilizar otros modelos empresariales igualmente válidos.
Y, por otro lado, también debemos preguntarnos si estamos normalizando diferencias estructurales sin cuestionarlas, justificándose en términos de preferencias o elección cuando realmente existen barreras reales de acceso a financiación y a sectores estratégicos para una parte importante de la población.
No se trata de defender que los proyectos liderados por mujeres deban parecerse a otros modelos ni de forzar homogeneidades. Tampoco de caer en el victimismo. Se trata de asegurar que las reglas de juego (acceso a capital, redes de apoyo, visibilidad y oportunidades de crecimiento) no estén condicionadas de partida.
Superar etiquetas y estereotipos implica entender de dónde surgen determinadas diferencias y qué consecuencias tienen en términos económicos y sociales.
Si los proyectos liderados por mujeres parten con menos capital, si se concentran en sectores con menor escalabilidad o si el contexto condiciona sus expectativas de crecimiento, el conjunto del ecosistema será menos competitivo y sostenible como reflejo de esas limitaciones.
Navarra ha demostrado durante décadas su capacidad para construir un tejido empresarial sólido y estable. El siguiente paso no es solo mantener esa estabilidad, sino poner atención a las condiciones que permitan que cualquier proyecto, con independencia de quién lo lidere, pueda desarrollarse plenamente. No es solo una cuestión de igualdad. Es también una cuestión de justicia social y desarrollo económico.
Porque, más allá de las cifras, el verdadero indicador de madurez de un ecosistema emprendedor no es cuántas personas deciden emprender, sino en qué condiciones lo hacen y hasta dónde pueden llegar.
Marta González
Mentora de negocios en Atenea Táctica y Estrategia












