
María Eugenia Clouet.
En casi cualquier comité de dirección, hoy la conversación gira en torno a lo mismo: qué tareas automatizar, qué herramienta de Inteligencia Artificial implantar, cómo no quedarse atrás. Son preguntas legítimas. Pero, hace unas semanas, el papa León XIV publicó la encíclica Magnifica humanitas y, leyéndola, caí en la cuenta de que casi nunca nos hacemos la pregunta anterior, la que de verdad importa: ¿Para qué? ¿Y al servicio de quién?
La encíclica no es un texto sobre tecnología; es un texto sobre personas en tiempos de tecnología. Y parte de una idea incómoda para cualquiera que dirija: la técnica no es neutral. Toma el rostro de quien la concibe, la financia y la usa. Más poderoso, advierte el papa, no significa necesariamente mejor. Una herramienta puede multiplicar la eficiencia y, al mismo tiempo, desespecializar a quien trabaja, vigilarlo o reducirlo a un dato. Por eso, la pregunta decisiva no es si una tecnología funciona, sino si hace nuestra vida y la de quienes trabajan con nosotros más humana.
Y aquí es donde creo que Navarra parte con una ventaja que no siempre valoramos. Una comunidad foral es, en el fondo, una comunidad acostumbrada a decidir cerca: a gobernarse desde lo próximo, a sostener un tejido espeso de empresas familiares, cooperativas, fundaciones y asociaciones. La encíclica tiene un nombre para eso: subsidiariedad. Lo que pueden hacer las personas, las familias y las comunidades locales no debería ser absorbido por instancias lejanas. Y añade un matiz muy de hoy: esa instancia lejana ya no es solo el Estado, son también las grandes plataformas tecnológicas que, desde fuera, fijan las reglas, las condiciones de acceso y hasta lo que resulta visible. Frente a esa concentración de poder, la cercanía no es folclore: es una fortaleza.
Pero toda fortaleza tiene su sombra. La misma comunidad que cuida lo suyo puede caer en la tentación de encerrarse, de confundir el arraigo con la autosuficiencia. La encíclica recurre a una imagen potente: Babel, la torre que se levanta para «hacerse un nombre» y acaba en incomunicación. Frente a ella, la reconstrucción paciente de Jerusalén, hecha entre todos y con las puertas abiertas. La diferencia entre una y otra no está en la altura de lo que se construye, sino en si se mira hacia dentro o se alza la mirada. Esta misma semana, ante el Congreso, el papa lo dijo de otro modo: alzar la mirada no es mirar lejos, sino mirar más hondo. Cuidar a los nuestros y, a la vez, abrirnos a quien llega: ese es el examen.
Y llegamos a lo que más me importa, porque es donde con más facilidad nos engañamos. Poner a la persona en el centro no es una declaración. Es un hecho o no es nada. La propia encíclica lo dice casi con dureza: no basta afirmar con palabras la dignidad o la igualdad; hace falta que se traduzca en decisiones concretas, en el acceso al trabajo, en las condiciones reales. Lo veo cada semana acompañando a empresas: la distancia entre lo que una organización declara en su web y lo que vive de verdad en su día a día. A esa distancia la llamo brecha de coherencia. Y la era de la Inteligencia Artificial la va a hacer más visible, no menos, porque cada decisión sobre automatizar, contratar o supervisar dejará un rastro de hechos que ninguna memoria de sostenibilidad podrá maquillar.
¿Qué sería, entonces, usar bien esta tecnología desde aquí? La encíclica ofrece pistas que cualquier empresario reconoce: que toda automatización venga acompañada de medidas reales de protección y recualificación de quien trabaja; que las decisiones que afectan a una persona (su crédito, su contratación, su reputación) sigan siendo comprensibles y se puedan recurrir, y no se escondan tras un algoritmo que nadie gobierna; que la dignidad del trabajo cuente como un indicador de éxito, y no solo el margen. ¿Y si midiéramos nuestras decisiones no por lo que nos permiten ahorrar, sino por lo que dejan a la persona?
No tengo una respuesta cerrada, ni creo que exista un modelo único. Pero sí una intuición: que esta tierra, precisamente por su manera de entender la comunidad, tiene algo que aportar en una época que tiende a alejar las decisiones de las personas. La IA nos pedirá, una y otra vez, elegir entre levantar nuestra pequeña Babel, más eficiente, más cerrada, más impersonal, o seguir reconstruyendo, ladrillo a ladrillo y entre todos, una forma de trabajar que no pierda de vista el rostro. Navarra sabe hacer lo segundo. La pregunta es si querremos seguir haciéndolo cuando resulte más caro, más lento y menos rentable que lo primero.
María Eugenia Clouet
CEO y fundadora de Involved












