Contemplaba a su hermano mayor ensimismado. Destornillador en mano, se agachaba sobre la mesa para abrir las tripas de su viejo ordenador. Más que un informático, parecía un mago. "Placa base", "fuente de alimentación", "RAM"... El pequeño Franklin Malavert escuchaba sus balbuceos muy atento. Aquellas palabras, que todavía no comprendía, caían como hechizos sobre un campo de batalla electrónico. Cautivado, comenzó a imitarle. Su primer objetivo fueron sus propios juguetes, a los que, con una curiosidad insaciable, pronto comenzó a desarmar. "Quería ver sus componentes internos. Un poco más tarde empecé a reparar cables y ventiladores. Una noche, mi madre tuvo un sueño en el que veía una nave industrial llena de robots dirigida por mí. En cierto modo, su visión terminó siendo profética", relata segundos antes de anunciar que hace apenas un mes decidió fundar su propia empresa. 

Rodeado de árboles frutales, solía construir casas colgantes y tirolinas en el jardín de su casa, en Honduras. Los palos, las piedras y las cuerdas se convirtieron en sus herramientas favoritas. Mientras otros niños jugaban con consolas, Franklin diseñaba fortalezas aéreas entre ramas. "Quería fabricar cosas que funcionasen. Si algo se rompía, yo lo arreglaba. Ahí comenzó todo", rememora con cierta nostalgia. 

ATERRIZAJE EN NAVARRA

Sus primeros pasos en el mundo laboral comenzaron cuando apenas tenía catorce años, en un taller de mecánica automotriz. Aquel fue un punto de inflexión: "Lo tenía claro, quería formarme en mecánica industrial. Me preparé y trabajé en sectores como el alimentario o el textil desde el ámbito mecánico. Después, opté por volar a Navarra, a la que concebía como la cuna de la industria en España".

Volkswagen, Gurpea Group, Loxin, Between Technology… Desde que aterrizó en la Comunidad foral, no ha dejado de sumar experiencias en empresas punteras del sector industrial y tecnológico. En esta última, tuvo la oportunidad de viajar a India para poner en marcha un equipo de maquinaria automatizado. "La idea era instalar 74 máquinas y combinarlas entre sí para fabricar paneles solares. Mi reto era rebajar el tiempo de ciclo, que rondaba los 125 segundos. Logramos reducir el tiempo de fabricación de los paneles a 85 segundos. Los programas estaban en chino y fue un desafío difícil, pero lo conseguimos. Y de paso, aprendí algo de chino", ríe a sus 33 años.

Entonces, llegó el momento de fundar su propio negocio: "Tenía las herramientas, la experiencia y la convicción. Emprender es un acto de fe". Bajo el nombre Malavert Automation, Franklin ofrece soluciones de programación y robótica industrial para todo tipo de compañías. Alimentación, química, automoción, energías renovables, calzado… "El abanico es muy amplio. También colaboramos con consultoras como Hays o Kliper. Nuestra misión es crear desde cero un software para cada cliente, acudir a las instalaciones y volcarlo en la maquinaria. Estamos empezando, pero muchos robots ya poseen nuestra tecnología", puntualiza. 

Aunque actualmente trabaja en remoto, en un futuro proyecta crear un departamento de I+D+i y adquirir una nave industrial con el objetivo de diseñar "proyectos a medida" y ampliar su horizonte: "Me gustaría desarrollar proyectos de investigación, por ejemplo, con la Universidad de Buenos Aires. Malavert Automotion tendrá proyección internacional", sostiene, consciente de que está cumpliendo la meta que de niño imaginaba: dedicar su vida a entender cómo funciona el mundo para luego transformarlo.