Las lámparas del salón se convertían en focos. Su familia, a la que seleccionaba como público, apenas alcanzaba a acomodarse cuando ella aparecía en escena con una sonrisa de oreja a oreja. Silencio. El espectáculo estaba a punto de comenzar. Un, dos, tres y su cuerpo dibujaba coreografías hipnóticas mientras inventaba canciones. Así, de pronto, convertía su casa en un pequeño teatro. Diva pop, actriz dramática, presentadora de televisión… Todo ocurría en la misma función. Todo ocurría dentro de ella. Mientras otros niños jugaban a ser grandes, Ana Carolina Garmendia jugaba a ser inolvidable.

"Me encantaba inventarme shows. Quería ser actriz o bailarina, pero hasta los trece años no tuve la oportunidad de apuntarme a un curso de ballet", relata a ValoresTOP. Se formó en el Estudio de Danza Antoinette, en Puebla, y todavía recuerda su primer día de clase: "Entré siendo totalmente novata. Sentía cosquillitas por este mundillo y sabía que me encantaba, pero no tenía ni idea de técnica. Trece años son muchos para empezar porque a esa edad la gente ya está muy avanzada. Pero yo tenía mucho amor por el ballet y, sinceramente, solo con eso me valía".

La primera vez que pisó un escenario bailó El Quijote. Recuerda los nervios agitándole el estómago y esa mezcla extraña de miedo y euforia que aparece segundos antes de que se abra el telón. "Tenía catorce años y lloré", rememora entre risas.

DE MÉXICO A PAMPLONA

Estudió en la Royal Academy of Dance y, después de ejercer como maestra de danza en Puebla, decidió formarse en un ámbito que también le causaba un interés especial: la filosofía. "La oratoria, los debates y la escritura me encantan. Una profesora me habló de la Universidad de Navarra y me lancé a la aventura. Aunque el cambio de aires fue duro, estoy feliz. Pamplona me encanta", sonríe esta joven de 23 años.

Sin embargo, la danza nunca dejó de acompañarla. Durante la carrera, compaginó las clases, los trabajos y los exámenes con largas horas de ensayo en distintos centros de danza de la capital navarra. Las mañanas podían estar llenas de Aristóteles y Kant; las tardes, de giros y zapatillas desgastadas. Dos mundos aparentemente distintos que, para ella, siempre han hablado el mismo idioma: el de la disciplina, la sensibilidad y la búsqueda constante de algo más.

Poco a poco comenzó a imaginar una posibilidad que hasta entonces parecía lejana. ¿Y si en lugar de adaptarse a espacios ajenos creaba uno propio? ¿Y si construía un lugar donde pudiera enseñar la danza que tanto amaba? La idea empezó siendo un pensamiento recurrente. Después se convirtió en un proyecto. Y finalmente, en una dirección concreta: el número 37 de la calle de Iturrama. "Encontré un local en una buena zona y aposté por él. Antiguamente, aquí había una perfumería", apunta.

Nuestra protagonista se adentró en el mundo del 'ballet' cuando tenía trece años.

Nuestra protagonista se adentró en el mundo del 'ballet' cuando tenía trece años.

El espacio suma 105 metros cuadrados y sus obras se extenderán hasta septiembre, que será la fecha en la que nuestra protagonista abra las puertas de Galur. "Ga viene de Garmendia, mi apellido, y 'Lur' significa 'tierra' en euskera. Quería que el nombre tuviera raíces de allí y de aquí. Además, concibo la tierra como punto de partida del movimiento", explica.

En concreto, impartirá clases de ballet clásico, pilates y barre. La ubicación del estudio tampoco es casual. En los alrededores apenas existen centros con una oferta similar: uno al otro lado de la avenida de Zaragoza, otro en la calle Abejeras y un tercero en Barañáin.

Durante los últimos meses ha contado con la ayuda constante de amigos y familiares, que se han volcado en una aventura que sienten casi como propia: "Estoy muy agradecida. Hay mucho trabajo detrás y mucha gente apoyándome. Sentir ese respaldo hace que todo sea más llevadero. Estoy materializando un sueño que llevaba mucho tiempo bailando en mi cabeza".