A toda velocidad, varios niños deshacen los nudos de sus cordones y corren descalzos hacia la bestia de colores que ruge en medio de la plaza del pueblo. No posee dientes o garras, pero se infla como un dragón dormido. En lo alto, dando forma a un castillo de lo más original, unos torreones de goma ondean al sol. Las primeras pisadas suenan como tamborazos. Alguien tropieza, se levanta, ríe. La lona los absorbe: primero los pies, luego las rodillas y, después, la risa que sale disparada de la garganta con el primer salto. Y entonces ya no hay tierra, solo aire y la certeza innegable de que el suelo puede convertirse en nube. Desde las alturas, sonríen a sus padres, que contemplan la escena con la serenidad de quien ya vivió ese tipo de júbilo y lo guarda, desordenado y borroso, en algún rincón del pecho. Observan a sus hijos con entusiasmo. Han cumplido la promesa de volar sin alas.

Los hermanos Javier, Jesús y Miguel Tomé, de 22, 24 y 27 años, anhelaban crear un proyecto juntos. Pero no les bastaba con una simple idea de negocio, buscaban una iniciativa bonita y especial. Algo que naciera del recuerdo, del juego, de ese rincón luminoso de la infancia al que solo se puede regresar con los ojos cerrados. "Se nos ocurrió fundar Triad Astrad, una empresa de hinchables infantiles. Principalmente, lo que hacemos es contactar con diferentes ayuntamientos con el objetivo de participar en sus fiestas patronales", detalla Javier para acto seguido remarcar que recientemente acudieron a Ujué, Pitillas y Orkoien

EMPRENDER JUNTOS

"Nuestra relación como hermanos es muy fuerte y llevábamos tiempo pensando que trabajar juntos sería lo mejor para estar unidos", expresa el pequeño de la familia, licenciado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos por la Universidad Pública de Navarra (UPNA) y con un claro espíritu emprendedor. De hecho, su primer "intento de negocio" se remonta unos años atrás, cuando trató de lanzar al mercado su propia marca de ropa junto con dos amigos. "Emprender es así, a veces sale bien y a veces no. Lo importante es intentarlo y, si es en familia, mejor. Estamos muy ilusionados", apostilla. 

"Pasamos un presupuesto a los diferentes ayuntamientos y, después, nos ponemos manos a la obra y montamos todo"

Desde niño, Miguel ha dedicado su vida al fútbol. Hace un par de años, LaLiga le concedió una beca para marcharse a Estados Unidos y jugar en el Missouri State Bears. Después fichó por el Subiza y, actualmente, es centrocampista en el Club Atlético Cirbonero. Pasión que, desde hace cuatro meses, combina con el nuevo negocio familiar. "Desde pequeños teníamos claro que queríamos crear algo los tres", sonríe dirigiendo una mirada cómplice a sus hermanos. 

Por su parte, Jesús acumula experiencia en el sector del ocio, ya que ha trabajado en la sala Totem de Villava y en estos momentos ejerce como encargado en el Varúu Club de Pamplona. Aunque en contextos distintos, de alguna manera u otra su trayectoria continúa ligada al entretenimiento: los hinchables también forman parte de un universo que busca generar experiencias memorables.

TODO TIPO DE EVENTOS

En su catálogo, la familia Tomé ofrece pasatiempos pensados para todo tipo de eventos, desde fiestas patronales hasta cumpleaños, bodas e incluso eventos corporativos. Entre los favoritos del público se encuentra el "palo loco", una plataforma en cuyo centro hay un brazo que da vueltas de manera horizontal. A este le sigue el "pulpo azul", que posee un tobogán acuático con piscina y chapuzón garantizado.

"De cara al año que viene, planeamos aterrizar en muchos puntos de la geografía navarra. También tenemos servicio de pintacaras y personal para supervisión, en caso de que sea necesario. Pasamos un presupuesto a los ayuntamientos y, después, nos ponemos manos a la obra y montamos todo", aclara Javier que, a pesar de una fatídica experiencia que vivió de niño, muestra una clara simpatía hacia los hinchables.

"Lo más gracioso de todo esto es que, cuando cursaba segundo de Primaria, me rompí el brazo. Estábamos en un hinchable, había que lanzarse por una rampa, y yo me lancé… ¡Pero mi cuerpo no tocó esa rampa, volé por los aires!", recuerda entre carcajadas al tiempo que se encoge de hombros, como quien acepta que algunas historias, aunque empiecen mal, acaban bien. "Fue una buena torta, sí, pero también una gran lección: hay que saber caer… ¡Y volver a subir!".