martes, 16 agosto 2022

Adriana y Beatriz Ochoa, cuatro manos que miman una bodega

Asumieron la dirección de las históricas Bodegas Ochoa cuando se jubilaron sus padres, Javier Ochoa y Mariví Alemán. Tras un relevo plácido y un reparto de las responsabilidades que se ajusta a sus preferencias, han sabido combinar el respeto a la tradición con las novedades que van introduciendo tanto en los vinos como en la gestión de un patrimonio que quieren dar a conocer con iniciativas como su proyecto enoturístico, que ayer pusieron en marcha.

Miguel Bidegain
Olite - 25 junio, 2022

Beatriz y Adriana Ochoa dirigen la bodega familiar desde hace 7 años. (Fotos Maite H. Mateo)

La bodega forma parte de sus vidas desde que eran pequeñas, de hecho su casa estaba encima, “decimos que en Ochoa vivimos el vino, para nosotros es uno más de la familia”, comentan Adriana y Beatriz, que recuerdan sus juegos entre barricas y palés. “¿Y la traspaleta?” apunta Beatriz, a lo que su hermana agrega que “era un patinete estupendo” antes de prorrumpir ambas en una carcajada que Beatriz interrumpe para señalar que “también nos tocaba trabajar de vez en cuando al volver del colegio, coger el teléfono, poner cápsulas a las botellas…”.

Cabe pensar que estaban predestinadas a ser la sexta generación que se hacía cargo de la bodega familiar. Así era en el caso de Adriana, “me gustaba todo esto del vino por lo que veíamos en casa, pero en mi caso la parte de la producción, lo que hacía nuestra madre en la oficina no me iba. A los 18 años tenía que elegir y dudé, me tiraba el periodismo, la radio, pero nada, me fui a Francia a estudiar enología. Bueno, que llegué… ¡y me pusieron a vendimiar! Allí comprendí que esto era lo mío y supe que me iba a quedar en la bodega”.

Las hermanas Ochoa examinan la vid en una finca próxima a la bodega.

“Yo no”, confiesa Beatriz, “a los 18 creía que ya había estado suficiente junto a mi padre y mi hermana, quería volar, jajaja. Estudié LADE bilingüe en la Universidad de Navarra y me fui dos años al Reino Unido, hice algún escarceo con el vino porque la bodega ya vendía allá y papá fue investido en la Orden de Caballeros del Vino del Reino Unido, así que cuando iba a Londres a catas o eventos me llevaba, otras veces me pedía que fuera en nombre de la familia. Como no me dedicaba a eso hice un curso para saber algo más, poco a poco me fui metiendo en este mundo”. Tuvo que volver a Olite porque la empresa en la que trabajaba no iba bien, “aprendí lo que hacíamos en casa… y ya no me fui”.

“Decimos que en Ochoa vivimos el vino, para nosotros es uno más de la familia”.

En su caso prefería la parte comercial, “es la que conocí en Londres, me gustó y va más con mi personalidad”, de modo que se complementaban a la perfección, porque su hermana prefiere estar en el campo y en la bodega, “pues yo voy a la bodega cuando me mandan, mi sitio está en el mercado”, insiste Beatriz, que apunta que así “está muy bien dividida la responsabilidad” y que eso no sería posible sin la confianza que la una tiene en la otra.

Fue en 2004 cuando Adriana empezó a trabajar en Bodegas Ochoa, “hice una vendimia y dije: me voy antes de que me enganchen, fui a Australia, hice allí otra vendimia y en septiembre de 2005 ya volví para quedarme definitivamente”. También pasó por un par de chateaux franceses y Bodegas Torres, “es que en función del clima y otros factores ligados al territorio los vinos son muy diferentes, eso quería verlo, cómo era la viticultura en otras partes. Fueron unas experiencias muy buenas”. “Queremos que nuestros vinos te hagan viajar a través de una copa”, continúa, dando muestras de su visión comercial, Beatriz, que entró a formar parte de la bodega en enero de 2010.

El relevo se produjo pronto, en 2006 Javier Ochoa entregó las llaves a Adriana: “Me dijo que la bodega era para mí y que él se iba al campo, que era lo que le gustaba, andar entre la uva. Vaya, las gestiono yo, pero le decimos que es como si fuera el guardián de las viñas, ahí hace lo que le apetece”. Hace 7 años, cuando cumplió 70, se jubiló y toda la responsabilidad quedó en manos de sus hijas. Beatriz cursó un MBA en ESIC antes de que se jubilara también su madre, Mariví Alemán, en 2016, algo que le vino muy bien a Adriana porque ese año nació su segundo hijo, Javier, y pudo contar con su apoyo en casa.

Adriana Ochoa es enóloga.

Suponemos que Javier Ochoa seguirá acudiendo cada día, o casi, a la bodega, pero nos equivocamos. “Viene poco, cuando tengo algún vino para catar…”, dice Adriana,  “ya, pero últimamente te dice tráemelo a casa”, añade Beatriz, quien vuelve a indicarnos que es más fácil verlo entre la vid. En el caso de Bodegas Ochoa el relevo generacional no ha sido problemático, en absoluto, al contrario de lo que ha ocurrido en alguna empresa familiar. “Nos han dejado hacer”, “tienen mucha confianza en nosotras”, “hemos tenido mucha suerte en eso”, dicen las dos superponiendo sus voces, y eso que Adriana tenía cierto temor, “¡es que tengo tantas cosas en común con mi padre…! Como era su sustituta en la bodega yo pensaba ya verás, vamos a acabar riñendo… y al revés, siempre hemos tenido muy buena relación. Lo más que me decía en alguna ocasión era que me estaba equivocando, pero bueno, equivócate y ya lo verás, no pasaba de ahí la cosa”.

“Nuestros padres nos han dejado hacer, han confiado en nosotras, hemos tenido mucha suerte en eso”.

El primer vino que elaboró Adriana fue un graciano, ante el escepticismo de Javier Ochoa que entendía que no iba a ser comercial, replicó que “bueno, ya, pero a mí me gusta, quiero sacarlo. No puso ningún problema, pero puso la condición de que lo firmara yo, y a día de hoy seguimos haciendo ese vino”. “Y tiene éxito”, confirma la responsable del área comercial. Ellas también han puesto de su parte para facilitar la transición, “somos muy respetuosas con lo que ellos han hecho, estamos aquí gracias a nuestros padres”.

NOVEDADES

La pandemia ha trastocado algo sus proyectos pero ya han introducido cambios en una bodega en la que debe preservarse la tradición, no en vano fue fundada en 1845. “Nos hemos certificado en el cultivo ecológico del viñedo, en realidad nuestro padre ya lo hacía así pero sin certificación”, explica Beatriz, “y también apostamos por el enoturismo, nuestras puertas están abiertas y encantadas de recibir gente en la bodega, por eso organizamos catas, visitas…” De hecho, desde ayer y hasta el 31 de agosto los viernes y sábados se podrá tardear en sus instalaciones y, de paso, “tomarte un vuelo de vino”. Por lo visto no hemos sabido disimular nuestra sorpresa porque Beatriz pregunta “¿no sabéis lo que es un vuelo de vino? Pues es una degustación de tres, en formato mini, para apreciar diferencias, captar matices, probar vinos que no son los que más hemos potenciado en el mercado… va a haber hasta música en directo”. También realizan visitas guiadas, todos los días.

“En el viñedo también ha habido cambios sustanciales, éramos sostenibles pero desde 2010 estamos de lleno en el cambio a ecológico”, remacha Adriana, que comenta que “a veces hay que mirar hacia atrás para aprender y poder avanzar, por ejemplo recuperando clones antiguos o métodos que se abandonaron hace muchos años dejaron y hoy parecen una novedad”. Algo así han hecho al montar la sala que han preparado para su proyecto enoturístico en la que tiene lugar la entrevista. La han decorado con muebles y utensilios antiguos de la familia, incluido un piano. “¿Decís que queréis modernizar y ponéis muebles viejos?, nos decían nuestros padres, y nosotras: ¡Sí sí sí. Es importante poner en valor la historia de la bodega y de la familia!”.

Eso también tiene su reflejo en los vinos. Los firmados por Javier Ochoa, el moscatel, el tempranillo, los rosados de lágrima, el reserva… siguen siendo los más vendidos, “pero Adriana ha sacado la serie 8A con cosas muy novedosas, un blanco de viognier, un graciano, un moscato, que conviven con los de nuestro padre, y también el Maitena, un rosado pálido de 200 clones diferentes de garnachas ancestrales de Navarra con un poquito de crianza, el rosado es muy querido en esta casa”, informa su hermana sin poder evitar el toque de marketing. “En Francia el vino bueno es el que se puede guardar, y eso se puede aplicar también a blancos y rosados. La viña con la que hicimos la recuperación clonal, era perfecta en ese sentido, buah, y la siguiente es hacer el Maitena pero en tinto”, precisa Adriana en el momento en el que Javier Ochoa entra y nos saluda sonriente. Acto seguido se ausenta para dejarnos seguir trabajando con el compromiso de que nos veamos al terminar.

“Al principio teníamos que ir por la vida demostrando que podíamos hacerlo, pero más por juventud que por ser mujeres”.

Beatriz sigue repasando vinos y comenta que para el 175 aniversario de la bodega, que se cumplió en plena pandemia, hicieron dos vinos con uvas procedentes de las fincas Montijo y Secadero para homenajear a sus padres. “El Corazón de Finca Montijo lo dedicamos a nuestro padre porque si la bodega late es gracias a él, y el Alma de Finca Secadero es el de nuestra madre, que ha estado más en la retaguardia pero es el alma, la que pone el último detalle”.

Beatriz Ochoa se encarga de la gestión comercial de los vinos Ochoa.

“Vamos, que siempre tenemos proyectos nuevos, unos se materializan en vinos y otros en mejoras generales”, comenta Adriana como para cerrar ese capítulo, lo que nos viene muy bien para interesarnos por otras cuestiones. ¿A cuántos países llegan los vinos Ochoa? “A treinta, sobre todo América del Norte, en latinoamérica son tres o cuatro. Europa, es muy importante aunque con esto de la guerra de Ucrania están bajando las ventas, Reino Unido, y luego en Asia Japón, Corea y China, que con el tema covid está muy parada, muy inestable”, dicen superponiendo voces y datos, “son tiempos inciertos, la subida de las materias primas…” apunta Beatriz, y Adriana disipa la pesadumbre con un chiste que nos hace reír a todos: “Nosotros, al menos, tenemos vino para pasar el mal trago”.

EN LA VIÑA

Hablando de incertidumbres, ahí está la generada por el cambio climático, que les afecta de lleno. Mientras posaban para la fotógrafa entre las viñas comentaban que hasta abril el crecimiento de las plantas iba con diez días de retraso, pero tras los calores de mayo y junio ha pasado a ser un adelanto de unos veinte días, “eso no es bueno, y además está la sequía”. Disponen de herramientas naturales para paliar los efectos del cambio climático, “el riego es una herramienta maravillosa para equilibrar los vinos, la gente piensa que es para hacer más kilos de uva y no es así. A partir de 35 grados la viña se bloquea, no funciona, con el riego eso se evita”, explica la Ochoa enóloga, que alude a las levaduras seleccionadas de su propio viñedo que les ayudan a conseguir unos vinos más frescos o una graduación alcohólica algo más baja, en definitiva a equilibrarlos.

Son dos mujeres en un ambiente tradicionalmente masculino, ¿eso les supone alguna dificultad? Dicen que no, que ya son muchas en el mundo del vino y que, quizás, causaban más extrañeza porque cuando empezaron eran muy jóvenes, “teníamos que ir por la vida demostrando que podíamos hacerlo, pero más por juventud que por otra cosa”. Adriana nos hace sonrojar un poco al mostrar su deseo de que llegue el momento en el que los periodistas no hagamos ese tipo de preguntas cuando entrevistamos a una mujer, y no es la primera que nos lo dice, de modo que para escabullimos nos interesamos por las personas que trabajan en Bodegas Ochoa, que resultan ser una quincena, procuran contratar gente de la zona pero “lo importante es el talento, al resto de factores tienes que estar abierto, lo que cuenta no es que seas de aquí o de allá, de un sexo o de otro, no es algo nuevo que haya mujeres en el sector”, insisten. No hemos conseguido salir del tema, al contrario: “Además si la agricultura existe es gracias a las mujeres, los hombres se iban a cazar o a la guerra, luego con la industrialización a las fábricas. Y ha habido grandes bodegueras a lo largo de la historia, la viuda Clicquot, en Hungría el Tokay lo creó una condesa…”

Damos por terminada la charla y, como había prometido, reaparece Javier Ochoa, que nos cuenta anécdotas a partir de fotografías suyas que decoran la bodega. Y nos habla con ilusión de los próximos Sanfermines, le chispean los ojos cuando dice a la fotógrafa que unos amigos le acogerán para que pueda captar imágenes del encierro desde un balcón próximo a la curva de Mercaderes.

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