Pañuelos confeccionados con tejidos locales y bordados a la carta, pantalones que se pueden personalizar con pinzas o gomas, alpargatas artesanales que buscan garantizar la comodidad a niños y mayores… Pamplona ha perdido más de 500 comercios en los últimos doce años, mientras la moda low cost de las grandes marcas sigue abriéndose paso en la ciudad de forma constante. Pero el corazón de la ciudad aún conserva un puñado de tiendas que resisten apostando por la diferenciación y la cercanía.
Texartu, Numancia y Zapatillera son tres de ellas. Cuando se acercan los Sanfermines, lucen su amplia gama de productos de calidad. Y aunque es una época en la que normalmente aumenta la actividad, no todos se muestran satisfechos con la marcha de las ventas.
Carolina Aragón, de 44 años, lleva trece «caminando sola» al frente de la tienda Zapatillera, ubicada en el número 17 de la calle Mayor. Asumió el negocio tras haber trabajado otros catorce con los anteriores dueños. Hoy, su escaparate está lleno de alpargatas blancas y rojas, aunque ella no se muestra muy animada. Y es que ha notado una bajada «brutal» de pedidos, sobre todo para los más pequeños. «De normal tengo trabajo, pero este año ha habido un cambio. No sé si será porque cada vez más gente se va de vacaciones en estas fechas…», valora.

Carlos Ollo ha seguido las riendas de Numancia tras la jubilación de su tía Inmaculada Martínez.
Aragón reivindica la originalidad y la calidad de sus artículos, pero al mismo tiempo parece preocupada por el futuro del establecimiento: «Uno de los puntos a nuestro favor es que vendemos calzados que no tiene nadie. Son cómodos, y eso no es algo fácil de encontrar. Pero dudo mucho que haya un relevo generacional para mí. La gente solo compra por internet. Pero, durante este tiempo, he mantenido una clientela y a muchas personas las he visto crecer. Eso es muy bonito».
El sentir de Aragón parece extenderse por la zona, donde los comerciantes viven con «vértigo y pena» los cierres de míticos locales como Gutiérrez u Ortega, entre otros. Carlos Ollo, de 54 años y representante de la tercera generación de Numancia, situada en el número 1 de la calle San Antón, ve prácticamente inviable que alguien le suceda en el comercio: «Cuando veo el fin de ciertos locales, lo que hago es trabajar más. Pero no creo que nadie me releve. Seré yo quien la cierre», comenta mientras rememora cómo el establecimiento lleva en pie desde 1949. «Abrimos cuando se empezó a vestir de blanco en Sanfermines. Y, desde entonces, nuestro producto estrella son los pantalones blancos de caballero que se pueden personalizar con pinzas o gomas».
Y eso que, en su caso, está viendo cómo los clientes que acuden a su comercio con motivo de las fiestas «van a más y les gusta venir aquí». «Además, tenemos clientes de toda la vida. Creo que nos diferencia el gran volumen de ropa que manejamos y, sobre todo, el trato y la profesionalidad. Mi tía decía que hacemos de mostrador», bromea Ollo.
En Texartu también son conscientes de las dificultades que entraña competir con las grandes firmas. Pero ponen en valor la autenticidad de su género. Su joven propietaria, Irati Azkoiti, de 27 años, relevó hace un año a los anteriores dueños del negocio, ubicado en el número 10 de la calle San Francisco. El comercio, que inició su andadura hace veintiséis años como un taller hasta que evolucionó hacia la ropa de San Fermín y los trajes de euskal jantziak, tiene una especialidad muy concreta: los pañuelicos personalizados para las peñas, niños, cuadrillas…
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«Los clientes apuestan por los bordados hechos aquí. Competir con las grandes marcas es difícil, pero muchas personas comparten nuestros valores y mantenemos la clientela. Llevamos dos meses sin parar, con encargos de hasta 200 o 400 pañuelos«, sostiene Azkoiti, que aprendió el oficio junto a los expropietarios.
LA IMPORTANCIA DE LA IDENTIDAD
Los tres comerciantes reivindican la trayectoria e identidad de sus respectivos negocios, mientras ven como muchos compañeros bajan la persiana y cada vez son más los locales del casco Viejo que se quedan vacíos. «Tenemos el recorrido de más de veinticinco años que hicieron los anteriores dueños. Gracias al nombre que ha ido haciéndose la tienda, los clientes saben qué pueden comprar aquí», resalta Leire Garijo de 29 años y trabajadora de Texartu.
Lo cierto es que el «boca a boca» es fundamental para garantizar la supervivencia de este tipo de negocios. Así lo remarcan tanto la propia Garijo como Aragón, quienes también están apostando por promocionar sus establecimientos en las redes sociales. Esta última tiene a un aliado muy especial para ampliar el impacto de su contenido: su hijo Egan, de seis años. «Me preocupa que estemos dejando morir a la ciudad. Pero sigo al pie del cañón y con ganas», remata la dueña de Zapatillera.


























