Los granos de cacao despiertan de su letargo con un crujido. Proceden de Costa de Marfil y Ghana, y aterrizan en este rincón de Navarra ya derretidos, transformados en una masa espesa. Un aroma dulzón se despliega por el obrador. Se cuela en cada esquina, pegajoso y suave, como un recuerdo que se niega a desaparecer, y deja en el aire una certeza: el chocolate es un milagro que habla directo al alma. Los donostiarras Javier Blázquez e Igor Martin observan el proceso sin perder detalle, siguiendo con la mirada el baile lento de la mezcla, conscientes de que en cada instante, por pequeño que sea, se encierra un universo entero.
«Corría el año 1847 cuando se fundó Casa Pedro Mayo en Ochagavía. Además de chocolatería, era una cerería. Con el tiempo se fusionó con Orbea, cuya sede se ubicaba en la Rochapea. Hace 35 años, mi aita, Francisco Martin, cogió las riendas de la firma, que se llama Chocolates de Navarra y engloba tres marcas: Leyre, Orbea y Casa Pedro Mayo. Desde hace más de una década, Javier y yo somos los gerentes», concreta Igor segundos antes de viajar a su infancia.
Su padre iba siempre de aquí para allá con un maletín repleto de muestras. Como director de Ventas, recorría pueblos para compartir sabores, y a veces él lo acompañaba, caminando a su lado. El maletín se abría con un discreto clac y un aroma exquisito pronto lo envolvía todo. Cada tableta construía un puente entre el pasado y el presente, y el olor, denso y dulce, parecía susurrarle que algunas cosas se disfrutan mejor si se viven con los sentidos despiertos.
1.500 KILOS DE CHOCOLATE DIARIOS
El cacao derretido se vierte en grandes cubas de acero, y poco a poco se mezcla con el azúcar, que ha sido molido hasta alcanzar la finura del glass. El polvo blanco cae y levita en el aire antes de desaparecer en la masa. «La mezcla debe permanecer aquí doce horas para transformarse en nuestro chocolate. Después la pasamos a la atemperadora. Viene de estar a unos 50 grados, y aquí la bajamos a 30 más o menos», detalla Javier.

La empresa familiar elabora unas veinte referencias de chocolates, también sin gluten.
Hoy, el equipo de la compañía, formado por más de media docena de trabajadores, está elaborando chocolate blanco. «Al día, producimos alrededor de 8.000 tabletas en total. Eso se traduce en unos 1.500 kilos de chocolate diarios. Fernando, David, Carlos, Aimar, Jokin, Ana… Sin nuestros compañeros, la empresa no estaría donde está. Aquí todos somos importantes», desvela Igor lanzando una mirada cómplice al personal.
Con sede en Aizoáin y un catálogo que suma aproximadamente veinte referencias, recientemente la firma ha invertido en una nueva línea para elaborar productos sin gluten. «Intentamos innovar cada año y atender todas las demandas que tiene el mercado. En este sentido, también tratamos de lanzar cada año una nueva referencia», explica Javier al tiempo que menciona el chocolate con mojito, con pipas o con cereza.
¿EL OBJETIVO? CRECER
Presente en toda España, uno de los principales objetivos de Chocolates de Navarra es aumentar el consumo de sus productos a nivel nacional. Para ello, el apoyo de Eroski es fundamental: «Fue de nuestros primeros clientes, llevamos con ellos prácticamente toda la vida. Siempre hemos tenido sinergias muy buenas, vemos que se involucra en nuestro proyecto, que se enfoca en lo local y que quiere vernos crecer dándonos la mano».
Lo cierto es que la cooperativa ha sido una «compañera comprometida» desde el primer día: «Es importante contar con personas y empresas que compartan tu visión para crear relaciones duraderas y de confianza. Cuando trabajas con alguien que apuesta por tu negocio como si fuera suyo, todo se mueve con más sentido y más alegría».
De cara al futuro, la compañía navarra, que posee los sellos de Reyno Gourmet y Artesanos de Navarra, también planea dar un salto en su internacionalización. «Ya exportamos algo a Reino Unido, pero queremos expandirnos por toda Europa y tal vez, por cuestión de cercanía, comenzar por Francia. Estamos asentando las bases para conseguirlo», puntualiza Igor.

Javier (dcha.) e Igor (segundo por la izda.), dirigen un equipo formado por más de media docena de empleados.
Mientras corroboran que los procesos marchan según lo previsto, Igor y Javier sonríen. El chocolate gira en sus respectivos recipientes como un río lento y espeso. Se remangan y echan una mano a sus compañeros para rellenar moldes y empaquetar tabletas. El zumbido constante de la maquinaria se mezcla con voces y risas. Aquí nadie se guarda las manos en los bolsillos: el trabajo se comparte, se conversa y se celebra con la sencillez de quien sabe que los pequeños gestos también sostienen una historia: «Realmente, creemos que lo que más nos diferencia es que trabajamos con mucho mimo y cariño. Y eso, al final, se nota».













