Sus veranos transcurrían al ritmo pausado de la huerta. Contemplaba el mundo desde la altura de las rodillas de sus abuelos y, con una sonrisa infinita, les ayudaba a plantar lechugas. Los observaba podar, cavar, regar y esperar. Fue precisamente así como Esteban Calahorra recibió sus primeras lecciones sobre el esfuerzo, la constancia y el respeto por la tierra. «Llevaré esos valores siempre conmigo», suspira hoy a sus 56 años.
Cuando terminaban las tareas del campo, el verano se abría ante él como un territorio sin límites. El río se transformaba entonces en una promesa de aventuras: sus tardes transcurrían entre chapuzones, carreras y risas compartidas con amigos. El tiempo parecía detenerse en aquellas aguas que reflejaban el cielo inmenso de Villafranca, como si la infancia hubiera encontrado allí un escondite secreto para no marcharse nunca. «También recuerdo con cariño las fiestas. Me lo pasaba genial», relata. La euforia recorría las calles y el pueblo cambiaba entonces de piel. Las plazas se llenaban de voces, la música se escapaba por las esquinas y las vaquillas añadían una dosis de emoción. Esteban las recuerda como quien evoca una vieja fotografía iluminada por la nostalgia: los nervios compartidos con los vecinos, el bullicio, las carreras, la sensación de que el mundo entero cabía dentro de aquellos días…
PASIÓN POR LA NATURALEZA
Más allá de moldear sus recuerdos, aquellos paisajes terminaron orientando su futuro. No resulta extraño que, llegado el momento de elegir un camino, se decantara por estudiar Ingeniería Agrónoma en la Universidad Pública de Navarra (UPNA). De alguna manera, nuestro protagonista no hizo más que seguir el rastro de aquellas manos pequeñas hundidas en la tierra junto a los consejos sabios de sus abuelos. Quería comprender aquello que de niño había aprendido a amar.
Fue en la universidad donde el destino le cruzó con Javier Beorlegui. Entre apuntes, prácticas y conversaciones interminables, nació una amistad que sobreviviría al paso de los años y que acabaría convirtiéndose también en una aventura empresarial compartida. Pero antes de llegar a ese futuro de proyectos comunes, Esteban ya comenzaba a construir su propio camino. Mientras estudiaba, encontró en la jardinería una forma de seguir cerca de aquello que siempre había sentido como suyo. Podaba, cuidaba jardines y recorría las calles de Cizur Menor, llevando de casa en casa esa misma pasión por el verde que había heredado de su familia. «No tenía coche y bajaba en bici, con una mochila grande donde llevaba las herramientas. Me gustaba aprovechar ratos libres para trabajar», rememora.
Al finalizar su formación, dio un paso adelante y creó Agrotécnica del Norte, una empresa dedicada a los servicios agropecuarios que puso en marcha junto a su socio, Eduardo Martínez, en Alfaro. «Asesorábamos y vendíamos productos a agricultores y bodegas en La Rioja y la Ribera navarra. Estuvimos siete años en la compañía», detalla.
DE LA AMISTAD AL EMPRENDIMIENTO
Por aquel entonces, Javier Beorlegui, con quien había forjado una amistad en la universidad, trabajaba como ingeniero agrónomo en la Cooperativa Cerealista de Urroz Villa. La vida, que a veces parece guardar los encuentros importantes para el momento preciso, volvió a cruzar sus caminos. Los dos amigos se reencontraron y comenzaron a compartir algo más que recuerdos de aquellos años universitarios. Hablaron de sus inquietudes, de sus ganas de evolucionar y de la necesidad de buscar nuevos horizontes. Poco a poco, entre conversaciones, surgió una idea: cambiar de rumbo, dar un nuevo sentido a sus trayectorias profesionales y emprender juntos una nueva etapa. «Queríamos reorientar nuestro futuro y enfrentarnos a un nuevo reto profesional», apunta Esteban, que espera paciente a que Javier entre en la oficina y participe en la conversación. Sonríen. A todos nos gusta revivir recuerdos bonitos.

A10 Inmobiliaria, fundada en 2003, suma unos 40 trabajadores y gestiona cientos de operaciones al año.
Aquel encuentro fue mucho más que una charla entre dos antiguos compañeros. Ambos sabían que el camino no sería sencillo, pero compartían la misma mirada: la de quienes habían crecido entendiendo que la tierra exige paciencia, esfuerzo y confianza. Así comenzó a tomar forma un nuevo proyecto: A10 Inmobiliaria.
«Decidimos adentrarnos en el sector inmobiliario porque percibimos oportunidades de crecer ahí. Fuimos a Madrid, nos informamos, conocimos distintos modelos de negocio y nos pusimos a trabajar en una oficina en Burlada«, relatan segundos antes de resaltar que el nombre de A10 también guarda una historia curiosa. Cuando comenzaron pensaban que, con suerte, algún día llegarían a ser diez personas en el equipo. Aquella cifra les pareció una meta ambiciosa y terminó dando nombre a la empresa. Más de dos décadas después, la realidad ha superado con creces aquellas expectativas: «Hoy somos unas 40 personas».
Pero detrás de ese «cuarenta» hay algo más que una cifra: hay una manera de entender el oficio. Quien aprendió de niño que la tierra solo devuelve lo que se cuida ha trasladado esa misma lógica a su propio equipo. En A10, insisten sus fundadores, a las personas se las acompaña como se acompaña al producto de la huerta: con paciencia, buenas condiciones y la certeza de que, si crecen ellas, crece todo lo demás: «Queremos que esta sea la mejor casa para un comercial. Aquí no está solo, tiene una estructura detrás que se ocupa del papeleo y del marketing para que él pueda centrarse en lo que de verdad importa: acompañar a las personas. Y eso se nota: gana más y mejor, con formación continua y un equipo que se cuida entre sí». Para ellos, la cultura interna es la raíz de la que brota lo demás.
A10 Inmobiliaria está presente a lo largo y ancho de toda la Comunidad foral, aunque es en Pamplona donde se concentra buena parte del mercado. «Es la segunda o tercera ciudad de España con más compradores de vivienda», aseguran Esteban y Javier, que durante estos años han vivido de cerca la evolución del sector inmobiliario navarro.
MUCHA DEMANDA, POCA OFERTA
«Estamos llegando a un punto de inflexión. El mercado lleva siendo alcista desde 2015, hay poca oferta y mucha demanda y eso es difícil de equilibrar. Existe un déficit estructural porque en la última década se ha promovido menos vivienda de la necesaria y eso ha generado escasez», precisa nuestro protagonista para acto seguido subrayar que la solución que podría «desatascar» este cuello de botella es que se construyan más viviendas de obra nueva.
La firma navarra, que posee oficinas en el número 9 de la avenida Baja Navarra de Pamplona y en el número 35 de la calle Mayor de Burlada, atiende tanto alquiler como compra, aunque la venta supone el 90 % de su negocio: «Gestionamos unas 400 operaciones al año en cuanto a venta de viviendas de segunda mano. Algún año hemos llegado a las 600».
Detrás de esas cifras hay también una forma concreta de trabajar. Javier y Esteban comparten la gerencia de A10 Inmobiliaria, una sociedad que ha crecido con ellos y que mantiene la esencia de aquel primer proyecto que imaginaron juntos. Dos antiguos compañeros de universidad que, con los años, pasaron de compartir apuntes y conversaciones a compartir decisiones, retos y la responsabilidad de dirigir un equipo que hoy multiplica con creces aquel sueño inicial de llegar a ser diez personas.












