Hoy, viernes, cumple 28 años. Lo pienso mientras cruzo el campus de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) rumbo a nuestro encuentro. Camino con una sensación extraña: ciertos lugares guardan las historias de quienes los habitan. Aquí estudió, aquí aprendió a hacerse preguntas y aquí regresa ahora cada mañana, ya no como alumna, sino como investigadora. Hemos quedado en uno de esos rincones donde el tiempo parece doblarse sobre sí mismo: las mismas fachadas, los mismos pasillos, pero una vida distinta. Ella llega con la naturalidad de quien conoce cada metro de este lugar y, al verla acercarse, me pregunto cuántas versiones de Sara León habrán caminado antes por estas mismas baldosas. La estudiante, la compañera, la científica… El campus respira una calma luminosa y, por un instante, parece que la universidad también celebra su cumpleaños.
«¡Una entrevista, qué buen regalo!», bromea risueña segundos antes de viajar al pasado para compartir algunos recuerdos de su infancia. Aunque nació en Pamplona, sus veranos transcurrían en Olóriz. Allí jugaba a frontenis con su hermano y su primo, una pequeña pandilla inseparable que convertía cualquier tarde en una aventura. La bicicleta era su medio de transporte y también una forma de libertad: sobre dos ruedas recorrían caminos, enlazaban planes improvisados y sentían que el mundo se extendía infinito ante ellos. Mudarse a la casa del pueblo era, sin duda, el momento más esperado del año. La cuenta atrás comenzaba mucho antes de que llegaran las vacaciones y, cuando por fin cruzaban la puerta, el tiempo parecía avanzar de otra manera. Los días se estiraban entre partidos, paseos, meriendas al aire libre y largas horas de juego.
«Tenía una mente inquieta y era muy curiosa. Sabía que quería estudiar ingeniería, pero no tenía claro qué apellido de la ingeniería me atraía más. En una jornada de puertas abiertas de la universidad sentí un flash muy claro, se me encendió la bombilla y me decanté por la agrónoma», relata. Recuerda aquel momento casi como una revelación. Y acertó. «Me esperaba mucha gente, pero llegué a clase el primer día y solo éramos cuatro en clase de Física. Era como recibir pequeñas tutorías», apostilla.
CONOCER OTRAS FORMAS DE TRABAJAR
Al finalizar la carrera, realizó el Máster en Ingeniería Agronómica y el Doctorado en Agroalimentación, también en la UPNA. Sus investigaciones se centran en evaluar la calidad y autenticidad de los alimentos a través de tecnologías basadas en espectroscopía: «Cuando un producto interactúa con luz infrarroja cercana, sus moléculas vibran. Gracias a eso podemos capturar su respuesta espectral para obtener algoritmos. El objetivo es autentificar productos alimentarios en función de su origen y la alimentación que se le ha proporcionado al ganado, entre otros parámetros. Así podemos ver el contenido en proteínas, grasas… Principalmente trabajamos con carne de ternera».
A raíz de sus estudios, Sara ha tenido la oportunidad de ampliar horizontes y cruzar fronteras. La investigación le llevó primero a Bélgica y después a Canadá, dos experiencias que recuerda con enorme cariño y que marcaron su trayectoria tanto profesional como personal. «Los dos sitios me encantaron», asegura. Sin embargo, Canadá ocupa un lugar especial en su memoria. Allí descubrió otras formas de trabajar y de entender la investigación, nuevas dinámicas de equipo y enfoques diferentes que enriquecieron su manera de ver la ciencia. «También tuve tiempo para explorar paisajes preciosos y hacer esquí. ¡Incluso vi un oso!», rememora entre risas.
Actualmente, trabaja en el Área de Ingeniería Agroforestal de la UPNA. Habla de su profesión con un entusiasmo sincero: disfruta realmente con lo que hace. «Lo que más me gusta es que cada día es diferente. Un día estoy en el campo recogiendo datos, otro analizando esos datos o redactando informes… Utilizamos imágenes espectrales para medir, por ejemplo, el estrés hídrico de viñedos y predecir si van a desarrollar enfermedades antes de tener síntomas visibles», detalla.
Fruto de su trayectoria, fue incluida recientemente por el Basque Culinary Center entre los 100 Jóvenes Talentos de la Gastronomía. Hito que le ilusiona especialmente: «No me lo esperaba para nada. Este tipo de premios son muy necesarios para reconocer el trabajo invisible que los jóvenes hacemos cada día. Esfuerzo, resistencia y persistencia son tres valores que siempre están ahí, aunque no se vean».

Recientemente, Sara fue incluida por el Basque Culinary Center entre los 100 Jóvenes Talentos de la Gastronomía.
Más allá de los reconocimientos, Sara transmite la sensación de encontrarse en un momento vital en el que sigue acumulando experiencias con la misma ilusión con la que emprendió sus primeras aventuras académicas. Y si la investigación le ha permitido viajar por motivos profesionales, también ha alimentado otra de sus grandes pasiones: descubrir mundo. Las estancias en Bélgica y Canadá le demostraron que cambiar de país permite convivir con otras culturas. Desde entonces, ha recorrido destinos como Grecia, Albania, República Checa, Hungría, Austria, Irlanda o Reino Unido, siempre con la curiosidad de quien disfruta tanto del camino como del lugar de llegada. Y, aunque el mapa empieza a llenarse de destinos visitados, todavía hay uno que sobresale por encima del resto. Japón ocupa desde hace tiempo el primer lugar en su lista de sueños viajeros. Después de escucharla hablar de todo lo que ha descubierto hasta ahora, cuesta imaginar que tarde mucho en emprender esa aventura: «Viajar te abre la mente. Te enseña a entender otras formas de vivir. Creo que eso es lo más valioso que me llevo de cada trayecto».













