viernes, 12 junio 2026

De Londres a diseñar talleres de fotografía, arte e inglés con su hija en Pamplona

Alberto Arzoz heredó de su padre la pasión por la fotografía y, hace más de tres décadas, decidió volar a Londres para desarrollar allí su trayectoria profesional. Después de trabajar como limpiador y cuidador, fue ayudante del fotógrafo James Morris y realizó proyectos para instituciones como London Transport Museum, Royal Academy of Arts, Horniman Museum y Cameron Mackintosh Theatres, entre otras. También impartió clases en la Sybil Elgar School, la primera escuela del mundo dedicada al autismo. La pandemia y el Brexit motivaron su regreso a Pamplona junto a su hija Bonnie, donde ambos han ideado un original proyecto.


Pamplona - 20 abril, 2026 - 23:00

Próximamente, Alberto Arzoz lanzará junto a su hija Bonnie talleres creativos en inglés. (Foto: Maite H. Mateo)

Creció bajo la sombra luminosa de su padre, de quien heredó no solo el nombre, sino también su faceta más artística. Caminaba de aquí para allá con una cámara analógica bajo el brazo para capturar fragmentos del mundo con una precisión casi poética. «Nació con una sola mano y, aun así, escribía rapidísimo a máquina. Trabajaba como inspector de Hacienda, pero era un rebelde. Siempre me animó a que me dedicara a algo relacionado con el arte. Él plantó la semilla de lo que soy hoy», expresa Alberto Arzoz a sus 61 años.

Pasea por las calles de su Pamplona natal junto a su hija, Bonnie. Han transcurrido más de tres décadas desde que se marchó al extranjero, y siente que Navarra ha estado esperando su regreso sin prisa. Sus pasos lo conducen hasta el rincón de Caballo Blanco, donde la muralla se abre al paisaje. Desde allí, la ciudad se despliega en una calma que contrasta con la memoria del ruido. A lo lejos, el paisaje verde se derrama hacia el horizonte y el cielo parece sostenerlo todo con delicadeza. Nuestro protagonista abraza a su hija y observa el escenario en silencio. «¡Qué bien sienta volver a casa!», suspira.

RUMBO A LONDRES

Durante un tiempo, pensó que su camino estaría en la música. Pero un accidente en una mano truncó su sueño de dedicarse a la guitarra. Lejos de rendirse, tomó otra senda y estudió Magisterio, quizá sin saber aún que la enseñanza también podía ser una forma de crear.

Por aquel entonces, un amigo suyo regentaba una academia de inglés. La idea era sencilla: aprender el idioma, empaparse bien de él y con el tiempo incorporarse como profesor. Eso hizo. Hasta que un día tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida: «Me voy a Londres».

«Me subí a un autobús con apenas 300 euros en el bolsillo. Al llegar allí, me robaron todo. Fue una bienvenida un poco hostil», rememora entre risas. Sin embargo, no dio un paso atrás. Trabajó de lo que pudo: limpiando, cuidando a un señor mayor, encadenando distintos oficios… Pronto, el interés por la fotografía comenzó a calar hondo en su interior. Y así empezó a formarse con varios cursos. En uno de ellos apareció una figura clave: un fotógrafo llamado James Morris. Supo ver algo en él, quizá una forma distinta de observar el mundo. «Me propuso algo que marcó un antes y un después en mi vida: convertirme en su ayudante», evoca.

PASIÓN POR LA ARQUITECTURA

Se especializó en fotografía de arquitectura y diseño interior, justo cuando Londres vivía un auténtico boom de la edificación. Infinitas grúas trepaban hasta el cielo, los andamios se multiplicaban como esqueletos de futuros edificios y la ciudad parecía reinventarse a un ritmo vertiginoso. Hizo trabajos para instituciones como London Transport Museum, Royal Academy of Arts, Horniman Museum y Cameron Mackintosh Theatres, entre otras.

En paralelo, surgió una oportunidad inesperada que ampliaría aún más su camino. Le propusieron impartir clases de fotografía en la Sybil Elgar School, la primera escuela del mundo dedicada al autismo. Allí, la cámara dejó de ser solo una herramienta estética para convertirse también en un puente: una forma de expresión, comunicación y descubrimiento para sus alumnos. Después vendrían más colegios, más aulas, más rostros. Durante años, compaginó la enseñanza con su trabajo como fotógrafo, equilibrando encargos profesionales con la vocación de compartir lo aprendido. «La creatividad es una chispa que abre el corazón y la mente. Eso es algo que he entendido siendo profesor. Además, a la vez he tenido la suerte de viajar, conocer y fotografiar a tribus en Filipinas, Estados Unidos y África. Eso también me ha nutrido mucho a la hora de ejercer como maestro», detalla.

En aquella etapa, su vida personal también echó raíces. Se casó y, poco después, nació su hija Bonnie, que hoy tiene 20 años. Creció rodeada de imágenes, cámaras y conversaciones sobre luz y encuadre. Alberto la ayudaba con los deberes del colegio, sobre todo cuando tocaba dibujar: se sentaban juntos, compartiendo lápices y silencios, mientras las ideas iban tomando forma sobre el papel. «A veces venía a ayudarme en algunas sesiones de fotos. Una vez se quedó dormida debajo del trípode», recuerdan entre carcajadas.

VUELTA A CASA

A raíz de la pandemia, comenzaron a plantearse la posibilidad de regresar a España. Poco después, el Brexit terminó de inclinar la balanza. Tras más de tres décadas allí, había llegado el momento de cerrar aquella etapa, y Pamplona volvió a aparecer como destino. «El Brexit fue una catálisis, todo colapsó de manera horrorosa. Había mucha incertidumbre y, sobre todo, mucho caos. En su momento, Londres se benefició de la Unión Europea. Muchas empresas pusieron su sede allí para prosperar, pero el Brexit lo cambió todo. He vivido el inicio y el fin de la ciudad», relata segundos antes de recalcar que, desde entonces, se ha vuelto «mucho más peligrosa».

Así, hicieron las maletas y tomaron un vuelo a Navarra. Apenas unos meses después de instalarse y debido a las dificultades para encontrar trabajo, decidieron emprender juntos. De esta forma nació BNA Audiovisuals, un proyecto que une experiencia y frescura, pasado y presente, padre e hija. «Vídeos, narrativas visuales, fotos… También somos pilotos de drones y podemos explorar distintas perspectivas», concreta Bonnie para recalcar acto seguido que, próximamente, lanzarán unos talleres creativos en inglés. «Aunque todavía estamos cerrando la propuesta, la idea es unir fotografía, inglés y arte. En Pamplona, cada día hay más personas que quieren aprender idiomas y creemos que podemos hacernos un hueco en ese mundillo», agrega.

Ambos anhelan recuperar esa dimensión pedagógica que siempre ha guiado su camino y crear un espacio abierto a personas de todas las edades. A su manera de ver, la cámara puede ser «una buena excusa» para narrar historias y descubrir otras maneras de expresarse. «El arte cobra vida cuando se transmite y se comparte con otros. Es una forma de conexión con nosotros mismos, con los demás y con lo que nos rodea. Además, en Pamplona cada vez hay más personas que quieren aprender inglés. Creemos que nuestro proyecto es la combinación perfecta», concluyen.

Esta entrevista forma parte de la Estrategia NEXT del Gobierno de Navarra.

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